El populismo y el ataque a las universidades: Claudio Ferraz – mayo / 19

Por: Claudio Ferraz, professor de Economía de  PUC -Brasil- y  director científico de JPAL (Poverty Action Lab) para América Latina. Tomado de https://www.nexojornal.com.br

El anti-intelectualismo es típico de gobiernos autoritarios que se sienten amenazados por la libertad de pensamiento. El presidente Jair Bolsonaro y su ministro de Educación, Abraham Weintraub, abrieron una guerra a la investigación y las universidades brasileñas.

La confrontación comenzó con Bolsonaro diciendo que el MEC (Ministerio de Educación) pretende reducir las inversiones en cursos de filosofía y sociología (humanas) y enfocarse en “áreas que generen retorno inmediato al contribuyente como: veterinaria, ingeniería y medicina“. Después de eso, tuvimos la declaración del ministro de Educación apuntando a un recorte de fondos de universidades federales por “balbúrdia” (revuletas, desórdenes) con foco en la UNB (Universidad de Brasilia), UFF (Universidad Federal Fluminense) y UFBA (Universidad Federal de Bahía). El ministro dijo que “la universidad que en vez de intentar mejorar el desempeño académico, está haciendo balbúdia, tendrá un presupuesto reducido”. Después de muchas reclamaciones y presión de la sociedad civil, el MEC volvió atrás y decidió, en lugar de castigar a las universidades por balbúrdia, recortar el 30% de los fondos de todas las universidades federales. Muchas bolsas de investigación del CNPq (Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico) están atrasadas y hay rumores de que sean cortadas de forma significativa.

Pero detrás de ese movimiento hay una creencia de que las universidades federales brasileñas son antros del marxismo cultural y que hay que combatirlo urgentemente. Este tipo de ataque a las universidades, y el anti-intelectualismo, es típico de gobiernos autoritarios que llegan al poder por vías populistas y se sienten amenazados por la libertad de pensamiento universitario. Un artículo reciente en la revista Slate describe el caso de Hungría, donde el primer ministro, Viktor Orbán, redujo los recursos y privatizó a las mejores universidades, censuró diversas conferencias con temas que no eran de su agrado, y obligó a una de las mejores – la Center European University – a dejar el país. Este tipo de fenómeno también está sucediendo en países como Polonia y Turquía.

Pero no es la primera vez que los ataques se dirigen a académicos y científicos. En la Alemania nazi, profesores judíos fueron perseguidos y expulsados. Fabian Waldinger, de la Universidad de Múnich, muestra en su trabajo “Quality Matters: La Expulsión de Profesores y las Consecuencias para PhD Student Outcomes in Nazi Germany”, publicado en el Journal of Political Economy. Señaló que, entre 1933 y 1934, aproximadamente el 18% de los profesores de matemáticas de universidades alemanas fueron expulsados. En algunos departamentos ese número llegó al 50%, incluyendo figuras famosas como John von Neumann, Richard Courant, y Richard von Mises. Estas expulsiones tuvieron graves consecuencias en términos de calidad de tesis escritas, trabajos publicados por alumnos de PhD y sus carreras a largo plazo. En los Estados Unidos, en la época del Macartismo, en los años 1950, varios profesores fueron perseguidos y acusados ​​de comunismo. El problema central de la visión anti-intelectual es la falta de comprensión de lo que es una universidad y para qué sirve. Los profesores deben tener la libertad de buscar la verdad y divulgar sus hallazgos y conocimientos sin restricciones o censura dentro y fuera de la universidad. Esto no quiere decir que ellos puedan hacer cualquier cosa, sobre todo si son profesores e investigadores de universidades públicas pagadas por el dinero del contribuyente. Ellos deben enseñar y hacer una investigación de calidad.

Pero el objetivo final de una universidad no es simplemente producir personas calificadas para el mercado de trabajo, como parecen creer el presidente y el ministro de Educación. Tan importante como esto es generar nuevo conocimiento que pueda ser utilizado de una forma u otra por la sociedad, aun cuando ese conocimiento es abstracto como en las matemáticas. El mayor ejemplo de ello en Brasil es el Impa (Instituto de Matemáticas Pura y Aplicada). Por las palabras del presidente Jair Bolsonaro y del ministro de Educación, ellos deben creer que el Impa no sirve para nada ya que mucha gente con una maestría del Impa tendría un salario relativamente bajo en el mercado de trabajo. Se trata, sin embargo, de uno de los institutos de matemáticas más respetados del mundo y recientemente dio a Brasil la medalla Fields, el equivalente al premio Nobel de las matemáticas. A pesar de ser conocimiento abstracto, los descubrimientos de las matemáticas para la física, la ingeniería y otras aplicaciones prácticas son enormes. ¿Y las ciencias humanas, para qué sirven? ¿Para qué necesitamos filosofía, antropología, y sociología por ejemplo? “La investigación de las ciencias sociales y humanas responde preguntas sobre quiénes somos como seres humanos, lo que necesitamos para prosperar, en tiempos complejos y hacia donde vamos en los próximos años. Aumenta nuestra habilidad para entender y responder de forma creativa a cuestiones individuales, sociales, culturales y económicas. Sin pensamiento crítico sobre la existencia y el comportamiento del ser humano, tanto de forma individual y en sociedad, será muy difícil tener una sociedad justa, donde la gente sea feliz. No es casual que las mejores universidades del mundo como Cambridge, Harvard, Oxford o Stanford ofrecen cursos excelentes de ingeniería y ciencias de la computación, pero también de ciencias sociales y humanas. No basta con generar algoritmos y pensar en cómo hacer que las empresas se vuelvan más productivas con “Big Data”, tenemos que pensar también en el futuro y en la ética de las máquinas tomando decisiones por los hombres y cuáles serán las implicaciones de eso para nuestra sociedad. Cosas que parecen abstractas en las discusiones del aula pueden tener una utilidad enorme en el día de mañana.

Con mis argumentos de arriba, no quiero decir que las universidades federales brasileñas funcionen perfectamente y que no debemos ser críticos, muy al contrario. Hay muchas cosas equivocadas en la gestión de universidades federales y en el financiamiento de la ciencia en Brasil. Los salarios de profesores son idénticos independientemente de la productividad y las promociones son generalmente por tiempo de carrera, no por mérito. La burocracia para recibir recursos y gastarlos es inmensa haciendo que los investigadores pierdan un tiempo enorme con papel en el lugar de investigación. Hay pocos recursos para recién doctores e investigadores juveniles como investigadores senior, muchos que no publican, continúan recibiendo sus becas. La clasificación de las publicaciones periódicas – los famosos Qualis -es ridículo y fomenta la mediocridad según lo publicado en las mejores revistas del mundo vale poco más de post aquí en portugués. Los rankings de universidades no tienen en cuenta el factor de impacto de las encuestas y cuentan números de maestros y doctores sin tener en cuenta las cualidades de las tesis. Hay cuotas regionales de recursos que son independientes de productividad. Hay una inmensa dificultad para hacer alianzas con el sector privado y muchas veces éstas se ven como “privatización de la universidad”. Todos estos son problemas reales que debían debatir y discutir. No producimos más investigación de punta por los motivos citados arriba y no porque nuestros científicos sean marxistas disfrazados haciendo lavados cerebrales mientras sus alumnos desfilan desnudos por las universidades. Debemos parar de perseguir molinos de viento y enfocarnos en lo que realmente importa para mejorar la producción de conocimiento en Brasil. Sólo así podremos generar mejores profesionales que piensen en el futuro del país, mejores líderes para los sectores público y privado y mejores invenciones que contribuyan al desarrollo económico y social de largo plazo.