Los siete retos de la educación superior

Creado en Miércoles, 12 Marzo 2014

Análisis del director de Planeación de la Universidad Nacional de Colombia, Carlos Alberto Garzón, quien ha representado al rector Ignacio Mantilla en el Consejo Nacional de Educación Superior, en la discusión de política pública para los próximos 20 años, sobre los temas que deben ser considerados por el sistema en la revisión de su estructura y operación. Publicado en UN Periódico.

En medio de las dispersas reflexiones y discusiones sobre el sistema de educación superior en Colombia, pueden estarse imponiendo “agendas ocultas”. Por eso, es preciso dejar explícitos los principales retos del sistema: mejorar la calidad, ampliar la cobertura, avanzar en equidad social, gestionar eficazmente el conocimiento, dar prevalencia a lo estatal y lo público en garantía del derecho a la educación, hacer coherente el sistema, y desarrollar la autonomía y la gobernabilidad.

En medio de las dispersas reflexiones, diálogos y discusiones sobre el sistema de educación superior en Colombia, característicos de los últimos dos años, pueden estarse imponiendo “agendas ocultas” de diversos sectores, actores y líderes. Por eso, es preciso dejar explícitos los siete principales retos del sistema para los próximos años, a saber, mejorar la calidad; ampliar la cobertura; avanzar en equidad social; gestionar eficazmente el conocimiento, desde su generación hasta su uso; prevalecer lo Estatal y lo público en la garantía y el ejercicio del derecho a la educación; hacer coherente el sistema; y desarrollar la autonomía y la gobernabilidad.

 

El primer gran reto es la calidad de la formación, la cual se mejora con estrategias que abarquen desde el preescolar hasta los posdoctorados. Fallas en la base de la pirámide indudablemente afectan toda la vida de las personas, su desempeño cognitivo, laboral y social.

La calidad está directamente relacionada con la formación y experiencia de los profesores, con la naturaleza de los procesos de enseñanza-aprendizaje, con la actualidad y profundidad de los contenidos y con el conocimiento contextualizado derivado de actividades intensas de investigación e innovación. Estas últimas han de crecer en intensidad a medida que se asciende en la formación.

También se debe tener en cuenta el aspecto tecnológico para fomentar la interacción, la simulación, el modelamiento y el amor por la experimentación en la búsqueda permanente de la verdad. Además, habrá que facilitar el estado del arte en cada campo del conocimiento, poner a disposición de los estudiantes y profesores la cultura y el saber universal, las buenas prácticas, los referentes intelectuales que inspiran y la misma realidad nacional.

Así, la educación ha de constituirse en una herramienta para construir y consolidar redes de conocimiento, de capital relacional nacional e internacional y  en canal de difusión de nuestra cultura. 

Cambiar la estrategia 

La formación de profesores es otro aspecto crucial en el sistema universitario, pero se observa que el crecimiento de la cobertura se soporta principalmente en profesores con formación profesional y no con magister y doctores (véase gráfica).

Ese descenso se debe, posiblemente, al énfasis que ha tenido la cobertura a nivel de educación técnica y tecnológica. Al considerar los costos tan altos de la formación a nivel de posgrado, lo que queda en evidencia es que si no se exige el título de máster o de doctor como condición de entrada a las universidades, se seguirá cargando al propio sistema los costos de calificación de sus profesores, un valor que podría se externalizado.

En el tema de calidad también hay que destacar que solo 30 de las 286 instituciones de educación superior del país (el 10%) tienen acreditación de alta calidad. En cuanto a los programas académicos, el panorama es más crítico, solo 798 de 10.253 cuentan con la certificación de la Comisión Nacional de Acreditación (el 8%).

Aunque las cifras, de todas formas, reflejan un arduo trabajo de mejoramiento de las instituciones, el país está lejos de lograr niveles satisfactorios de calidad. Sorprende que sea en matemáticas y ciencias naturales donde se concentren los peores avances. Si este es el resultado de cerca de veinte años de trabajo, tal vez ha llegado el momento de saltar de lo voluntario a lo obligatorio en los procesos de aseguramiento y concentrar los estímulos exclusivamente en instituciones acreditadas.

En cuanto a cobertura bruta, esta debe aumentar a mayor ritmo si se quiere incluir a más jóvenes en el sistema; asimismo las metas tienen que ser ambiciosas pensando en el escenario posible de la paz. La apuesta debería ser duplicar la capacidad actual de oferta de cupos en los próximos veinte años, lo cual implica crear nuevas instituciones, transformar otras y garantizar fuentes fijas de recursos para soportar el crecimiento.

Por supuesto, hay que doblar la inversión. Así, lograr una tasa de cobertura del 79% implica crear cerca de 1’650.000 nuevos cupos; esto traerá como consecuencia una mayor inversión pública y privada y el rediseño general del sistema. 

Trabajar para crear más acceso 

El tercer gran reto es el de la equidad, la cual implica que se vayan superando progresivamente las inequidades interregionales, el abandono estatal de las fronteras y la inserción precaria de la población pobre e indigente, normalmente excluida del sistema.

La inequidad menos reconocida, social y estatalmente, es aquella derivada del acceso diferencial de los jóvenes a la calidad, un derecho que debería considerarse superior al mismo acceso. Es completamente condenable, para una sociedad, que sus jóvenes tengan que decidir el nivel de formación al que aspiran, no por sus gustos o expectativas de vida sino determinados casi que exclusivamente por el nivel de ingresos de sus familias.

En ese sentido, los datos sobre cobertura neta en la educación superior en Colombia muestran que en el 2001 solo el 7,9% del quintil más pobre de la población podía acceder al sistema, mientras que el 40,6% más rico tenía acceso. En el 2010 la relación fue de 9,5% para el primero y  52% para el segundo. Esto significa que el crecimiento de cobertura para los de menos recursos fue solo del 1,6%, mientras para los más acomodados fue del 11,4%.

Esta correlación ejemplifica con crudeza el efecto de ser pobre en Colombia, esto sin entrar a comparar las diversas dimensiones de desigualdad e inequidad regional entre los departamentos. La mala calidad también excluye y la perversión de este tipo de exclusión engaña, crea falsas expectativas y una frustración inmensa.

Otra dimensión de inequidad que es políticamente premeditada es pretender retornos individuales de la inversión estatal en las personas. Está ampliamente demostrado que la educación superior paga y que la productividad social e individual, así como el ingreso crecen a medida que los individuos avanzan en el sistema de formación.

Por eso, no tiene sentido generar nuevas inequidades, como si la culpa de la exclusión fuera de cada persona y no el resultado del diseño social construido intergeneracionalmente. Una sociedad formada compensará muchas veces lo que esa misma sociedad hace por los individuos que en algún momento de su vida requieren acciones afirmativas.

Esta política de retornos diferenciados, aunque a simple vista puede parecer justa, podría ser considerada como una “revictimización”. Es como si a un secuestrado, que es liberado por una operación militar exitosa, le llegara al siguiente fin de mes una factura para que comience a pagar los costos de dicha operación. En nuestro caso, el joven está secuestrado en sus propias dotaciones iniciales limitadas y en su escaso capital cultural previo, ambos productos sociales. 

La innovación es indispensable 

La gestión del conocimiento colectivo y la cultura también deben ser uno de los fines supremos del proceso de formación social. La investigación, el desarrollo, la innovación tecnológica y social deben caracterizar el sistema; no se trata de que todos hagan lo mismo sino que se permitan los flujos de conocimiento apropiados, las relaciones intensas entre las partes en sus diferentes niveles y modalidades y la difusión y uso social de los resultados de la investigación. Sin consolidar una capacidad propia para la innovación, las sociedades serán eternamente dependientes y, si se descuidan, serán no viables autónomamente.

Consolidar la capacidad creativa del sistema pasa necesariamente por una relación estrecha entre el sistema de educación superior y el sistema nacional de innovación. Dicha relación tiene que estar marcada por políticas, estrategias, desarrollo de proyectos y acciones conjuntas. Esta es otra dimensión de inequidad entre regiones, pues las capacidades de innovación están altamente concentradas.

Por otro lado, el reto de mantener la prevalencia de lo Estatal y de lo Público debe ser otra condición de sostenibilidad a largo plazo, lo cual implica que la construcción de políticas y estrategias así como su evaluación, monitoreo y control de calidad sean monopolio del Estado, procesos soportados en capacidades internas de él mismo. Una política digna en una Nación digna no se puede hacer por outsourcing; tampoco se puede delegar en terceros privados la garantía del aseguramiento de la calidad de la educación, uno de los asuntos más complejos y multidimensionales de la vida.

De esta manera es responsabilidad del Estado la sostenibilidad del sistema y la garantía de su coherencia y equidad. Para lograrlo deberá orientar y fomentar con inversiones, estímulos y con su propio ejemplo y autoridad lo que ha de caracterizar el modelo de educación superior que desea.

Todo lo anterior conlleva a que la Nación mantenga y garantice una oferta de calidad mayoritariamente Estatal, financiada correctamente al emplear un esquema de asignaciones de recursos públicos objetiva y que fomente el crecimiento de cobertura. Para ello hay que mantener un amplio consenso de rechazo al ánimo de lucro y a la prevalencia del interés colectivo sobre el individual. 

Líderes para la universidad 

Garantizar la coherencia y articulación del sistema es un reto mayor, pues requiere, en primer lugar, que todos los actores compartan una visión no solo del sistema en sí, sino de la Nación que construiremos juntos. En segundo lugar, demanda un gobierno con capacidad de generar orden, de liderar y conducir el sistema hacia la excelencia apoyado en instituciones internas.

También, exige una estructura en la que haya proporcionalidad de cobertura en sus niveles y diversidad en sus modalidades, resolviendo las limitaciones con calidad. Pero, a su vez, hay que consolidar las capacidades de investigación, desarrollo e innovación en las partes superiores del sistema, en donde se forman los talentos humanos al más alto nivel y donde se impacta en el desarrollo económico y social.

Y como se ha mencionado varias veces, la coherencia se construye con la interrelación, los flujos interinstitucionales y la eficacia en todos los niveles de formación. Todas las instituciones y la formación que imparten han de ser de la mejor calidad, actualizadas, contextualizadas, vigentes, referenciadas y reconocidas internacionalmente.

El último reto es el de la autonomía y la gobernabilidad y aquí hay que recordar que la primera es multidimensional, que nace en el dominio y generación del conocimiento relacionado con la investigación y se soporta en la coexistencia deliberada de corrientes de pensamiento diversas e incluso divergentes.

Esa diversidad se deriva del propio carácter universal de la institución que genera, protege, conserva y difunde conocimiento y cultura y en el hecho de que constituye un producto social en permanente surgimiento y cambio. De igual forma, es una institucionalidad social que ha de permanecer dinámica por sobre los intereses de grupos, por fuera de los vaivenes de los poderes efímeros internos y externos, una institución que es necesario preservar como conciencia colectiva de la Nación. La autonomía, por tanto no es una dádiva ¡hay que merecerla!

Entre tanto, la gobernabilidad es la garantía y a la vez prueba de que la autonomía es viable y conveniente. El gobierno universitario debe ser hecho de lo mejor que surge del liderazgo académico, de la acumulación de experiencias y del aprendizaje colectivo de los académicos. Esta instancia es la dirección institucional y no puede ser concebida ni convertida, como lo pretenden muchos, en la escuela de formación de líderes para los partidos políticos.

El logro de estos retos requiere liderazgo eficaz, visión compartida, la superación de muchos modelos mentales hoy presentes en el mundo universitario, la primacía de lo público, mucho trabajo en equipo y soporte estatal sostenido y basado en capacidades propias.