Universidad: Saberes de vida en el Postconflicto

Creado en Lunes, 12 Septiembre 2016

El exvicerrector académico de la Universidad Distrital, Borys Bustamante Bohórquez, evalúa los retos que tienen las IES en un escenario de postconflicto a la luz de su responsabilidad pública y social. Y evalúa el rol de su Universidad, la Distrital.

Si entendemos la reforma universitaria como reforma educacional, descubrimos como primer objetivo el de hacer una Universidad que constituya un centro de formación del hombre.
José Luis Romero

En el marco de las actuales condiciones por las que discurren los diálogos sobre el proceso de Paz en Colombia el término “postconflicto” se presenta como un escenario del que supuestamente se tendría ya una visión clara y definida. En este ensayo se plantea, en cambio, la necesidad de aclarar el sentido de dicho término como premisa para abordar posteriormente lo que podría ser el papel de la universidad en tal escenario.

Entendemos el postconflicto como aquellos momentos de grandes reformas sociales que resultarían en el país a raíz de la protocolización de los acuerdos de paz que se establecería entre el gobierno y los actores armados. Esto sería apenas el inicio a partir del cual deben fijarse las condiciones en las que opere una sana convivencia social, respaldada por el conjunto de principios político-institucionales y los necesarios consensos sociales. En ese marco es de suponer que existan las políticas públicas de Estado que abarquen los diferentes órdenes, económicos, sociales, políticos y culturales que muestren una proyección y un ejercicio de acción de democracia verdaderamente social e incluyente, condición sin la cual no sería factible pensar que el postconflicto equivalga a un escenario diferente del que actualmente conocemos.

El postconflicto, entendido en los términos señalado, tiene como requisito fundamental la participación mayoritaria de la sociedad en todo los niveles, tanto a partir de la refrendación de la paz mediante el referéndum constitucional, así como en la expresión viva en cuanto a los contenidos de los acuerdos y la formulación de los principios, políticas y proyectos sobre los cuales se realice el consenso nacional para cambiar y ampliar las actuales limitaciones de todo tipo que hacen inviable una democracia efectivamente participativa. No basta el voto directo en este caso ya que se requieren criterios marcos y acciones sociales operativas que reflejen las aspiraciones y soluciones impulsadas por los sectores mayoritarios de la población a fin de garantizar la justicia de las medidas y la equidad sociales y económicas. Sobra decir que los actuales poderes públicos deben transformarse para ser canales propios de la participación, la toma de decisiones, las negociaciones alrededor de lo público y los compromisos de medio y largo plazo que hagan viable el despegue de una nueva vida democrática, legitimado por el respaldo y la participación popular. Solo así, inicialmente, el postconflicto inaugurará una transformación histórica en el país.

De acuerdo a lo consignado, resulta claro que, como se viene planteando a través de múltiples campañas e iniciativas, este es el momento de pensar, imaginar y comenzar a construir las condiciones que hagan viable la nueva esfera social requerida para ambientar los cambios y transformaciones inherentes al proceso de paz. Y es en este sentido que a la Universidad le corresponde asumir el papel de primer orden, por su vocación y naturaleza como institución orientadora y formadora que genere conocimiento y propicie experiencias e iniciativas encaminadas a materializar las nuevas mentalidades, los nuevos sujetos y actores sociales y políticos que a través de sus prácticas cotidianas muestren las dinámicas de un sistema social, político y cultural auténticamente democrático.

La tarea de impulsar consensos nacionales acerca de las grandes y diversas problemáticas que afectan al país y al conjunto de la sociedad pasa necesariamente por la recuperación y el redimensionamiento de la voz pública que debe encarnar la Universidad colombiana. Somos conscientes de que en circunstancias como las que atraviesa el proceso de paz y el desarrollo del conflicto en el país se requiere audacia intelectual y vocación y compromiso con el presente y el futuro de la Nación, y por esto asumimos que los pilares de ese reto residen en la Universidad y deben ser movilizados de forma que impulse todo su poderío para beneficio de la sociedad. Si pensamos en algunos de los inmensos lunares que ensombrecen el acontecer del país, como por ejemplo las exclusiones y vejaciones recurrentes contra los sectores menos favorecidos y grupos minoritarios; las alianzas entre sectores militares, la clase económica alta y política con fuerzas oscuras y desestructuradoras del precario orden institucional; la corrupción generalizada y rampante en el manejo de los recursos y desprecio por lo social y lo público; el descredito y la falta de representatividad de los partidos y organizaciones políticas tradicionales; la criminalización de la protesta social; los asesinatos selectivos y violación de los derechos humanos; la apatía e indiferencia de amplios sectores de la sociedad frente al desenvolviendo del conflicto armado; todo esto nos indica la necesidad ya señalada, de hacer de la educación y la universidad los principales espacios para comenzar a consolidar la nueva mentalidad ciudadana, las actitudes y conductas comprometidas con el cambio y el ejercicio de la crítica pública, las nuevas sensibilidades sociales y políticas incapaces de la resignación, la indiferencia o el escepticismo frente al hecho de sentir cada colombiano ser sujeto de reconocimiento y actor de las decisiones que conduzcan al nuevo ordenamiento social de la Nación.

En esta perspectiva la Universidad misma y el sistema educativo colombiano requieren ser objeto de su propia y radical reforma y transformación para recuperar su capacidad de conectarse y comunicarse con la sociedad, con el país real, de cara al postconflicto y con miras a organizar una sociedad cuyas gentes, instituciones y proyectos generacionales construyan la textura y el tejido social de la democracia soñada y sentida. Es claro que la política pública educativa requiere dar un paso colosal para implementar las transformaciones científicas, académicas, curriculares y tecnológicas que subviertan la escuela, rompan las cadenas del autoritarismo y el control burocrático para que educandos y docentes propugnen la creatividad, la imaginación, la capacidad de descubrimiento y la osadía de usar los saberes de vida a partir de las necesidades concretas. Una universidad y una educación que dignifiquen la condición humana sin distingos de clases, razas, credos etc. Una universidad cuyos valores sigan siguiendo la de una institución social y pública del conocimiento edificada sobre la base del uso argumentativo para la reflexión, la deliberación y la discusión de ideas, pensamientos y teorías, constitutivos éstos de la ciencia y de los diálogos de saberes en la formación de sujetos de humanidad. Es así como ella será digna de respeto y reconocimiento y un baluarte para orientar e incidir la nueva vida de la sociedad.

Universidad Distrital: compromiso con una ciudad-región de dignificación de vida.

En el caso concreto de la universidad Distrital, por su carácter público, su vocación social, y su trascendental compromiso con las transformaciones reales que apremia la ciudad-región, requiere exteriorizar su discurso académico y sus prácticas investigativas y pedagógicas hacia los diferentes sectores y comunidades urbanas, de manera que la capital pueda contar efectivamente con un Alma Mater aliada, responsable y comprometida con la innovación de la urbe. La educación siempre tiene una dimensión política y social, pero esta dimensión tiene que ir más allá de las aulas, en este caso de las aulas universitarias, y salir a interactuar con las comunidades y colectivos que participan del quehacer público y privado en la ciudad. Otro tanto puede decirse de la investigación; la política y proyectos institucionales de la Universidad en el orden de programas investigativos por el estudio y el análisis de los grandes problemas de Bogotá: inseguridad, inequidad, movilidad, inclusión social, cultura ciudadana, saneamiento ambiental y territorialidad saludables; estas y otras problemáticas deben visibilizarse en el aula, en el currículo, en la investigación y la proyección social , en los medios de comunicación, en la producción intelectual y deben ligarse al necesario debate público que, a su vez alimente a la administración distrital y a las ciudadanías en su calidad de depositarias en el ejercicio crítico de la veeduría.

Es tarea obligada del Alma Mater, a través del ser y el deber de sus estudiantes, docentes y funcionarios, participar en el desarrollo de la cultura ciudadana - de la que Bogotá sigue estando huérfana- en todos los aspectos esenciales de la vida. Entendemos la cultura más como una cuestión de prácticas, de acciones y usos sociales diferenciados que como un arrume de discursos y teorías. Los principios y valores de la cultura ciudadana que necesita Bogotá deben de estar al alcance de todos sus habitantes y no demandan grandes tratados ni cursos especializados, demandan sí voluntad política expresa por parte de la institución para proponer y liderar alianzas estratégicas con la administración de la ciudad y los sectores públicos y privados, de organizaciones y comunidades sociales y culturales, de modo que esta cuestión se torne prioritaria para la afirmación de sus gentes, para la humanización de sus espacios, procesos cotidianos e instituciones de gobierno, para el ejercicio de una convivencia sana y respetuosa frente a lo que es diferente y diverso, aspectos esenciales en una nueva alianza social.

Es principio fundamental orientar y caracterizar la Universidad, concretamente la Universidad Distrital, para la formación humanista de la persona, en la que se convierta cada uno de sus miembros en artífice para la dignificación de la vida, es lo que debe ocurrir en el interior del Alma Mater de manera permanente y consuetudinariamente; pero es al mismo tiempo condición para el “cultivo de la humanidad”, algo que no solamente ha de ocurrir en la Universidad sino que se refleje en su accionar, en su interactuar con la ciudad, pensada como espacio fecundo en el que se enriquece y dinamiza la proyección de la Universidad entre sus moradores. La Universidad es portadora de lo que podemos denominar la “sabiduría de vida”, en esto reside su esencia, su misión formadora de seres humanos, de ciudadanos que fecunden dicho espíritu entre todos los que integramos la Nación y la Ciudad.

En un país como Colombia que se enfrenta al reto de transformar definitivamente un legado histórico atravesado todo el tiempo por diferentes clases de conflictos sociales, políticos, económicos, de los cuales proviene una profunda crisis humanitaria, ante la cual lo único que caben son soluciones humanas reales, sociales, prácticas, solidarias, efectivas; en la universidad el ejercicio del saber adquiere la dimensión social que lo orienta para poner siempre como premisa de cualquier tipo de actividad teórica, práctica, cotidiana la consolidación de una sociedad de vida en paz, de una convivencia en la diferencia y el respeto mutuo; saberes volcados en pro de una pedagogía pública o ciudadana para la superación del conflicto armado y la violencia –lo que implica el reconocimiento y el respeto sagrado del otro como otro humano- es condición para una vida mejor. Por eso las grandes reformas del saber que se requieren en la universidad guardan directa conexión con las transformaciones que se requieren en el país y en la ciudad para hacer digna la vida de las gentes: ciencias y tecnologías nunca neutrales y siempre ligadas al cuidado del hombre y su entorno, es decir, ciencias y tecnologías humanizadas; saberes sociales, artísticos y culturales para el enriquecimiento de las potencialidades humanas en cada individuo y comunidad; saberes específicos sobre los ecosistemas ambientales y preservación de la naturaleza que hacen parte de la propia existencia humana; saberes desde la educación y la pedagogía para la formación de sujetos y ciudadanías que ejerciten la autonomía, el cuidado de la vida propia y la vida de los otros. Estos principios, re-orientadores del cultivo de los saberes y conocimientos en la Universidad, se corresponden con los principios éticos, estéticos y políticos y la idea de humanismo; con la concepción de las ciencias y las tecnologías en cuanto condiciones indispensables en Colombia para acabar con la guerra y edificar el Bien Social como exigencia de vida. Esto implica una reforma de los saberes y conocimientos, de una cultura pública institucional de sus comunidades y de la gestión y proyección social administrativa.

Finalmente, la labor orientadora que identificamos para la Universidad en el escenario del postconflicto, es decir en las actuales condiciones de la ciudad y el país conlleva una clara exigencia de disponer de presupuestos y recursos fiscales y administrativos sólidos al tamaño de la gigantesca tarea y responsabilidad que está en mora de asumir. Esto no puede sujetarse exclusivamente a la voluntad del gobierno de turno ni programas coyunturales; demanda, por el contrario, un consenso desde la comunidad universitaria para erguirse como sujeto histórico y exigir, nítidamente, la disponibilidad de los recursos sostenibles inherentes al proyecto educativo social y cultural de la Universidad Distrital frente a Bogotá y al país y de cara a las nuevas necesidades y reformas que nos reta una sociedad de vida y dignificación (postconflicto) en nuestra Nación.

BORYS BUSTAMANTE BOHORQUEZ
Profesor Titular
Vicerrector Académico (2012-2014)
Universidad Distrital Francisco José de Caldas.