agosto 18, 2018 5:48 pm


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La renovada condición del profesor universitario: Ser Ocasional

Por PIEDAD ORTEGA VALENCIA. Profesora Asociada Universidad Pedagógica Nacional – julio 2018

“La gente ya ha interiorizado lo que debe hacer para sobrevivir: Callarse”.

Reyes Mate (2008).  

La condición de profesores “mal llamados ocasionales”, significa que son contingentes, eventuales, circunstanciales, coyunturales, intermitentes. Adjetivaciones que les han colgado y les entregan en un formato con un salario decorativo porque no les alcanza sino para 8 meses de vida laboral al año. Es decir 4 meses quedan desempleados estructurales. Esta condición los está situando en un estado de precariedad y precarización de sus formas de vida. La precarización produce profesores bonsái. Profesores empequeñecidos, disminuidos, relegados a una gotica de agua al mes. Se asumen como mera decoración para las retóricas del buen gobierno en torno a la excelencia y la calidad educativa.

Se legisla con políticas “democráticas con una fuerte tonalidad repulsiva”, agenciadas por el Ministerio de Educación Nacional y las “altas direcciones de las universidades”, que asumen a los profesores como servidores de una cooperativa asociada, cuyo fin es reproducir una infraestructura basada en la díada enseñanza- aprendizaje, teniendo como soporte una racionalidad del servicio educativo basado en la eficacia y en la rentabilidad.

Estamos ante la presencia de procesos de exclusión de gran envergadura, profundidad y consistencia, ligados con los efectos que están generando los mecanismos instaurados de la inequidad social visibilizados en los contratos de los profesores eufemísticamente nombrados “ocasionales”.

Profesores que no cuentan con las garantías salariales y de protección social, porque su inserción en el mercado universitario se inscribe hoy en la categoría de excedente laboral. Ejemplificado en los cuatro meses que “sobran en la universidad”, “están por fuera”. No existen simbólica ni materialmente en las estadísticas, en el juego de la democracia, en las agendas educativas, en el inventario de recursos, etc.

Es decir, excluidos son nuestros colegas con contratos ocasionales que, dadas las transformaciones en el mercado laboral universitario, se están convirtiendo en sub-empleados en condiciones precarias; auto empleados en situaciones de miseria; técnicos en estándares y competencias, en suma, en desempleados crónicos. La educación, afirma Cullen (2004) es actualmente un fuerte factor de segmentación social y cultural, y no precisamente un factor índice de criterios de equidad en la distribución de los bienes sociales. La educación aparece hoy como acentuadamente funcional a las necesidades de un mercado de competitividad salvaje y excluyente, y es casi impotente para resistir las formas de vida que impone una sociedad sin derechos laborales y sin solidaridad.

La exclusión a la que están siendo sometidos nuestros colegas “ocasionales” en la totalidad de las universidades públicas, se visibiliza en las desigualdades severas que padecen en sus trayectorias de trabajo académico a lo cual se suma su expulsión de los procesos democráticos. Por eso las condiciones materiales bajo las cuales trabajan los profesores no les posibilitan asumir y asumirse en el decálogo de las configuraciones que han producido los baluartes del movimiento pedagógico sobre “los otros”. Hago referencia a los profesores como productores de saber pedagógico, trabajadores de la cultura, sujetos políticos, intelectuales de la educación y la pedagogía. No hay corporeidad que sostenga estas configuraciones. Hoy es preciso leerlas como excesos de significación.

El nombramiento de un profesor ocasional significa que no es importante para un Consejo Académico o un Consejo Superior, para las Oficinas de Desarrollo y Planeación.  No vale en las dinámicas y en las ecologías propias de una universidad. Puede ser reemplazado permanentemente. Un profesor ocasional juega en la planeación semanal entre 20 y 30 horas directas de docencia, sobrecargados de responsabilidades educativas, pues deben atender los ejes misionales de docencia, investigación y extensión o proyección social, al que se le agrega los requerimientos permanentes de atender los procesos de evaluaciones y acreditaciones institucionales. Sumado a esto padecen la incertidumbre de no contar con la certeza de ser vinculado nuevamente para el siguiente periodo académico.

La “ocasionalidad” del profesor se expresa también en su orfandad, en la desvalorización de su trabajo. Asfixiado por las legislaciones y en las prescripciones permanentes sobre su práctica pedagógica. Un profesional ocasional es un profesor desterritorializado, pues se le excluye simbólica y materialmente de la comunidad académica universitaria. Es un profesor que está en la intemperie.

Entonces,  

¿Qué decir frente a tanto desprecio por los profesores ocasionales en las universidades?  

¿Cuál es el semblante de autoridad que se le reconoce a un profesor ocasional?

¿Qué mundo cultural les ofrece y les garantiza la universidad? ¿Qué educación para la paz es posible agenciar con profesores a los cuales no se les garantiza sus derechos laborales?

¿Cómo otorgarle potencia a los procesos de negociación de los sindicatos con los gobiernos universitarios que garanticen la dignificación del trabajo de los profesores?

¿Desde dónde asumir acciones de solidaridad y no quedarnos como intelectuales del pórtico, inmunizados frente al contexto universitario con una amplia dosis de reflexividad, pero distantes de nuestros colegas ocasionales?

¿Cómo quedarnos en el jardín o en el balcón construyendo sendos análisis pedagógicos refugiados en redes y plataformas educativas hablando sobre políticas de formación de profesores?

¿Qué decirle a estas generaciones de nuevos profesores que estamos formando (nombro a la Universidad donde trabajo: La Universidad Pedagógica Nacional) ante la pulverización de unos referentes de dignidad de sus profesores formadores?

Eso sí, contamos con un despliegue de poéticas, investigaciones y textos argumentativos envueltos en tramas retóricas hacia el trabajo del profesor, pero sin gestos de responsabilidad y compromiso que posibilite contar con condiciones de vida digna para los cientos de profesores existentes en las universidades públicas.

¿Cómo se sostiene entonces, un proceso de formación ante la situación tan humillante a la que son sometidos nuestros colegas con contratos de ocasionalidad?