¿Dónde se educaron?

Creado en Miércoles, 31 Mayo 2017

Carlos Gómez, en el Diario Vanguardia, de Bucaramanga, reflexiona sobre las responsabilidad de las IES en la formación de profesionales íntegros.

Hace unas semanas, el Observatorio de la Universidad Colombiana publicó una información sobre corruptos y criminales, y las universidades donde se formaron. Resulta simplista hacer una correlación directa entre instituciones educativas y comportamiento de las personas, queriendo poner todas las culpas en una sola instancia para explicar el fenómeno de la inmoralidad o la criminalidad. No obstante, tampoco pueden diluirse las responsabilidades y permanecer inalterados. Colegios y universidades deben hacer siempre una reflexión profunda y una autocrítica para mirar el fenómeno con seriedad y tomar acciones al respecto. En el fondo, se trata de una sociedad que pide cuentas: “¿Dónde se educaron?”, es la cuestión que gravita en el ambiente: pregunta justa y pertinente. Si los corruptos fueron a la universidad –estatal o privada-, gravísimo, porque ambas cumplen una función social y pública, y un país tiene derecho a pedir a quienes tuvieron más oportunidades comportamientos acordes con su formación.

 

Seguramente la mayoría de instituciones revisaron el informe y encontraron “ilustres” en el listado; posiblemente no se encontraron o se compararon con otras que tenían más en el deshonroso ranking. Nadie puede ser tan ingenuo de creer que en una lista tal, están todos los que son y son todos los que están. Suena tranquilizador, pero no conveniente ni convincente; justificador pero hipócrita. Todas las instituciones educativas expresan que educan en valores.

 

El sentido común nos permite comprender que la educación tiene muchas responsabilidades, pero sin duda, la formación ética es una de las esenciales. Ella debe continuar una labor realizada previamente en la familia donde se beben los valores que informarán el criterio y marcarán el carácter. De lo que vimos y oímos de nuestros mayores se aprenden lecciones imperecederas. Acaso una permanente reflexión ética dentro de nuestras familias, escuelas, universidades, medios de comunicación, ayudaría.

 

El autoexamen y el control social son imprescindibles; las corruptas son las personas, no las instituciones. En todo caso, este es un tema vertebral de nuestros procesos educativos colombianos; algo para pensar siempre, evaluar frecuentemente y encontrar nuevos caminos para la formación ética cívica, camino indispensable para curar el cáncer de la corrupción y, también, para honrar la verdad y ayudar a resignificarla, como nos lo demanda el momento actual de nuestra historia.