La libertad académica

Creado en Martes, 20 Junio 2017

Para Santiago Montenegro, en El Espectador, la libertad académica no es un privilegio, sino un derecho que las universidades se han ganado cuando se sirve a la verdad, al conocimiento y a las sociedades en las que están inmersas.

Desde que leí su biografía de Isaiah Berlin, he seguido con mucho interés a Michael Ignatieff, controversial por sus tesis sobre los derechos humanos, la tortura y, más recientemente, sobre la población desplazada. Canadiense de nacimiento, descendiente de nobles rusos, algunos de ellos ministros del último zar, ha escrito numerosos libros, ha sido profesor de Harvard, conductor de un programa muy exitoso de la BBC, diputado al Parlamento del Canadá, líder del partido liberal de ese país y, ahora, a sus 69 años, rector de la Universidad Central Europea (CEU, en inglés), localizada en Budapest, la capital de Hungría. Ignatieff ha vuelto a ser referente de atención internacional porque su universidad está a punto de ser clausurada por el gobierno autoritario y populista de ese país. Su defensa ha logrado el apoyo de 650 universidades y asociaciones profesionales de todo el mundo, el de 24 premios Nobel y el de 100.000 ciudadanos húngaros que marcharon hace poco por las calles de Budapest contra la legislación que, de ser aplicada, cerrará la universidad.

En medio de esta cruzada, y consistente con su liderazgo intelectual, ha escrito una reflexión sobre el significado de la libertad académica, con especial referencia a las universidades privadas, que debe ser una lectura obligada para todos los interesados en la educación superior (Project Syndicate, Junio 2, 2017). Ignatieff es tajante cuando afirma que la libertad académica y la libertad de todos los ciudadanos van juntas, que la libertad académica no es un privilegio, sino un derecho que las universidades se han ganado cuando se sirve a la verdad, al conocimiento y a las sociedades en las que están inmersas.

Cuando se cierne una grave amenaza externa sobre su universidad, quizá lo más llamativo de su ensayo es reconocer las amenazas que, desde adentro de las mismas universidades, atentan contra las libertades. Así, critica la intolerancia que se ha visto recientemente en muchas universidades de los Estados Unidos y de Europa en contra de pensadores conservadores. Defiende el tenure, las posiciones a perpetuidad, como un derecho de los académicos a hacer investigación impopular y a expresar ideas impopulares, pero también argumenta sobre sus peligros y abusos, sobre la necesidad de responder a las críticas externas y a conectar con los problemas reales de los ciudadanos.

Es descarnado cuando afirma que el Estado no es la única fuente de presión sobre las universidades, pues, para ser realmente libres, las administraciones de las instituciones deben también ser independientes de sus benefactores (George Soros es el gran benefactor de la CEU). De esta forma, argumenta que para que exista libertad académica debe haber independencia de todo interés privado y, por ello, se deben diversificar las fuentes de financiamiento, recordando que las universidades no son empresas comerciales, sino entidades independientes sin ánimo de lucro.

En últimas, dice, la libertad académica depende de la salud de las instituciones de la democracia y, para sobrevivir, las universidades deben hacer todo lo posible para fortalecer esa democracia, pero también tienen que ganarse la credibilidad y la solidaridad de las sociedades a las que deben servir.

En otras palabras, todas las universidades deben constantemente sacudirse y renovarse, estar alertas a las amenazas externas e internas, a la autocomplacencia, a la intolerancia, y no sólo exigir la defensa de las libertades cuando las amenazas vienen de fuera, sino ser ejemplares en su cumplimiento interno.