Ranking Shanghái: Ese no es el espejo para mirarnos

Creado en Sábado, 02 Septiembre 2017

Enrique Batista, exsecretario de Educación y Cultura de Medellín, confronta los criterios de evaluación del ranking de Shangái versus la problemática realidad de nuestro sistema de educación superior, en su escrito en Juanpaz.net.

Salió el ranking de universidades del mundo conocido como el Shanghai Ranking’s Academic Ranking of World Universities. Este se hace desde 2003 liderado por la universidad china Jiao Tong de esa ciudad. Su propósito inicial era de interés exclusivo de los chinos. Ellos querían, en su camino para consolidarse como potencia mundial, compararse en el desarrollo de la investigación científica con los Estados Unidos y otros países de alto desarrollo. El propósito inicial se desbordó y el ranking fue asumido en lugares del mundo como indicador de la “calidad académica” de las universidades en ámbito global. Hoy es el ranking más usado.

De las más de 17.000 universidades que hay en el mundo se seleccionan unas 2000 y se clasifican 500 (que en 2017 se ampliaron hasta 800). La clasificación se hace con base en los siguientes criterios e indicadores:

- Calidad de la docencia: Exalumnos con premios Nobel y medallas Fields.

- Calidad del profesorado: Profesores que han obtenido premios Nobel y Medallas Fields, e investigadores con alto índice de citación en diversas materias.

- Producción investigadora: Artículos publicados en las revistas Nature y Science, y artículos indizados en Science Citation Index – Expanded, y Social Science Citation Index.

- Rendimiento per cápita: Éste se obtiene con los cinco indicadores anteriores dividido entre el número de profesores de tiempo completo equivalente.

Los Science Citation Index y Social Science Citation Index son bases de datos que cubren revistas académicas indizadas de todos los países. Las revistas que no son en inglés están muy mal representadas en esas bases de datos.

Las medallas Fields se entregan cada cuatro años desde 1936 por logros destacados en el campo de las matemáticas. De las 56 medallas otorgadas desde entonces sólo hay una para un latinoamericano, el profesor Artur Ávila del Instituto Nacional de Matemática Pura y Aplicada del Brasil. El desbalance geográfico de impacto en el ranking se observa al ver que 27 medallas han sido para matemáticos de Estados Unidos, 11 de Francia, y 5 de Rusia (o sea, el 77% en tres países). Ninguno de España. Es notoria la ausencia de Alemania, Corea del Sur y China. El galardonado no puede tener más de 40 años, lo que excluye a muchos de los más connotados en este campo.

En el ranking quedan excluidas contribuciones importantes en muchas ciencias, en especial de las sociales. Si una universidad es fuerte en el campo de los estudios y la investigación social sus posibilidades de estar en el ranking se reducen a valores cercanos a cero. Si la investigación científica es de alta pertinencia para la solución específica de problemas de una comunidad particular y contribuye a su mejoramiento, no tiene cabida en la clasificación.

Los tres componentes referidos a publicaciones científicas cubren el 60% del peso para la clasificación, y los Nobel y medallas Fields el 30%. O sea, que el 90 % se refiere de manera directa a la investigación científica. Pero, aún más, el Rendimiento per cápita, con algún nivel de redundancia, combina los demás. No hay nada en los criterios del ranking que establezca si los profesores son buenos maestros, formadores de buenos profesionales y ciudadanos responsables, ajenos a los rampantes ambientes de alta corrupción aquí y allá. No pueden las sociedades olvidar al buen maestro, el mismo que ocultan este ranking y otros más. El escritor, el músico, el literato, el poeta, el ensayista, el escritor de de buenos manuales o textos didácticos, el que construye cultura local y nacional, son barridos por esta clase de rankings, que distorsionan la naturaleza y fines de la universidad y de los distintos modos de conocer e investigar que no son sólo los de las ciencias positivas.

O sea, el de Shanghái es una clasificación de universidades basadas en la producción científica de determinada índole, con exclusión de muchos otros campos de la indagación científica y de los medios distintos y altamente válidos para la diseminación de la producción científica. Es una clasificación centrada principalmente en ciencias exactas y naturales, más allá de los que quepan en el criterio editorial de las revistas Nature y Science y de los índices mencionados.

Entonces, no es un ranking que mide la “calidad académica” de las universidades. Se centra en sólo una de sus funciones misionales, la investigación. Deja por fuera a otras dos, igual o más importantes que son: la buena enseñanza en la preparación de profesionales como personas solidarias y socialmente productivas, y la extensión o proyección social de la universidad para ayudar a superar apremiantes problemas locales, regionales o nacionales como pobreza generalizada, desempleo, inequidad y exclusión social, deterioro medio ambiental, u otros como calidad de la educación, profundización de la democracia o superación de la violencia y conflictos armados.

Una porción significativa de la producción científica en los índices anotados es investigación con intereses corporativos de industrias como las de alimentos, metalúrgicas, químicas y petroquímicas, farmacéuticas, agrícolas, de fertilizantes, armamentistas, y otras que con sus aportes monetarios enmarcarán en la investigación sus interese económicos. Existe un movimiento que promueve una ciencia para un planeta saludable y un mundo más seguro y muestra como las corporaciones multi y transnacionales corrompen la ciencia a expensas del público., (véase, a http://www.ucsusa.org/).

La tasa de aceptación de artículos científicos en las revistas objeto de análisis para el ranking no supera el 10%. Se quedan sin aceptar buenos artículos científicos que no pasan el estrecho margen mental de los editores. No se ha encontrado evidencia de que la alta tasa de rechazo aumente el posible impacto de lo que se acepta para publicación. De otra parte, publicar un sólo artículo en esas revistas puede costar hasta US$10.000 (¡cerca de $30 millones de pesos!). Hay un negocio editorial mundial, “un gran negocio”, señalan distintos análisis. Las revistas científicas, impresas o en formato digital, tiene un alto costo para las universidades. Se estima que este año las ganancias superan los US$ 10.000 millones, con un lucro por artículo de US$ 5.000. Con razón se ha dicho que los autores y revisores de artículos trabajan gratis, y sí saben para quién trabajan.

Los chinos crearon este ranking para mirarse en el espejo de USA. Pero a los que les va bien fuera de China validan los sesgados criterios de clasificación, mal denominada indicador de la “calidad académica”. Otros, quieren mirarse, con alto sentido de ilusión, en ese espejo, sin reconocer que no estamos invitados a ese convite.

Una conocida revista del país tituló: “Colombia se raja en el ranking de Shanghái 2017” como si fuese un examen que debiéramos rendir anualmente. Y un periódico destacó como titular: “Ninguna universidad colombiana figura entre las 500 mejores en el Ránking [sic] de Shanghái”, con algún deje de angustia o reclamo, como si preexistieran condiciones para satisfacer los viciados criterios mencionados.

¡Ah! Y para añadir, una ex directora de Colciencias, el organismo estatal para promoción y financiación de la investigación científica en Colombia dijo: “Colciencias va a tener que cerrarse por falta de presupuesto”.