Por fuera de las credenciales universitarias: Pablo Londoño – junio/19

Pablo Londoño se define como reclutador ejecutivo, speaker, Coach de Carrera y experto en marca personal, y parte de la frase de Justin Kan, fundador y presidente de Justin.Tv, según la cual “Me importa un xxxx a qué universidad fuiste mientras seas talentoso”.

Kan simplemente alimentó recientemente una discusión que se ha vuelto candente en el mercado norteamericano sobre el valor real de reclutar estudiantes talentosos de las llamadas Ivy league (mejores universidades) versus el costo y la garantía que esto implica.

El tema, mirado hoy desde la perspectiva del estudiante y su familia es cada vez más complejo como quiera que cuatro años en una universidad top cuesta alrededor de US$200.000 que se recuperaban relativamente rápido, pero que en tiempos de vacas flacas deja de ser una garantía. Sin embargo la perspectiva de Kan no es la del estudiante sino la del empleador, y nutre una muy interesante discusión alrededor de las ventajas o desventajas de atraer este tipo de talento.

Kan, reconocido iconoclasta cuando de reclutamiento se trata, ha ido contracorriente en relación a los pergaminos académicos, atrayendo talento de muy diverso origen (incluso sin titulo universitario)  siendo la “pasión”  y el “hambre” los  elementos en común de sus reclutados. Si bien ha aceptado recientemente que usa esta estrategia en etapas de emprendimiento primarias, y que ha empezado a mirar talento experimentado (no necesariamente de universidades AAA), para delegar en ellos roles de procesos maduros, la nómina de Kan se nutre de talento de la más diversa índole.

En el país no nos escapamos a esta discusión. Aunque desafortunadamente nuestro sistema universitario, incluso el latinoamericano, no se incluye en el ranking de las mejores 150 universidades del mundo, nuestro Ivy League local existe, así como el  paradigma en los reclutadores dentro del mundo corporativo, que demandan “idealmente” jóvenes de las mejores universidades.

Este paradigma se extiende a ejecutivos senior, y en muchos casos, incluso frente a carreras técnicas, se vuelve difícil convencer a nuestros clientes el entrevistar a ejecutivos con pregrados de universidades consideradas “de media tabla”, lo que ha promovido sin duda el que muchos ejecutivos traten de adicionarle a sus curriculums diplomados o especializaciones de universidades consideradas de primera línea, con la esperanza de ser mirados.

Si bien coinciden los expertos en que las Ivy Leagues (incluidas las locales) ofrecen como su mejor activo una red de contactos más calificada, que abre oportunidades futuras; la realidad es que, sigue siendo la experiencia laboral, el carácter y el hambre por triunfar, unido a cualidades personales que no las pule necesariamente una universidad premium, los ingredientes que hacen de un talento, el adecuado para asegurar el éxito de la estrategia empresarial.

Al igual que Mr Kan, y sin demeritar el esfuerzo que implica entrar y subsistir en una gran universidad, hay que mirar con cuidado los paradigmas con los que operamos.

Una de las grandes ventajas del mundo moderno es que tenemos el conocimiento a un clic de distancia, que va en consonancia con el reto enorme de tener que operar en una economía en donde el conocimiento nos lo derogan permanentemente.

Esta realidad impone reclutar talento que tenga como una de sus principales habilidades el aprender a aprender estimulado por una permanente curiosidad intelectual que es crítica de cara a los retos futuros para mantener vigentes nuestros conocimientos.

Hay que alentar la discusión. Seguimos conviviendo con un paradigma en donde se recluta por más por títulos y menos por experiencia y habilidades blandas que son absolutamente necesarias. Mantenerse en el modelo antiguo, no solo nos priva de la oportunidad de contar con un talento espectacular que muchas veces no tiene los pergaminos académicos requeridos pero sí con la experiencia relevante.

Pudiéramos estar dejando pasar a nuestro próximo Steve Jobs, desertor de Reed College, no precisamente una Ivy League.

Fuente: Revista Dinero