Profesores de medicina, humanistas por excelencia: Carlos Juan Antonio Toro – junio/19

Los verdaderos aprendizajes, aquellos que perduran, que quedan impresos en el ser humano, se logran comenzando por el ejemplo y luego haciéndose parte integral mediante la propia experiencia. El ejemplo: de padres, maestros, profesores, jefes, compañeros, discípulos. La experiencia de quien al ver el acto que ellos hacen, conduce a desear imitarlos, hasta apropiar el conocimiento, la conducta, el hábito. No es en vano que la humanidad a través de todas sus eras, por milenios, ha ido transmitiendo los oficios de dicha forma. Nada remplaza el ver a alguien practicar un arte como la medicina, para querer emularlo.

Si queremos rescatar el humanismo en la medicina, los profesores universitarios deben ser –humanistas- por excelencia. Ojalá fuera requisito indispensable el comprobar la calidez humana, al aplicar como profesor de medicina en una universidad. Ciertamente los ejemplos están a la orden del día, hoy en día.

Fábulas de Esopo, utilizadas por un docente en la Universidad del Magdalena. Frases humanistas, que despiertan nuestra sensibilidad, utilizadas al principio de cada clase por otro docente en la Universidad Cooperativa de Colombia, sede Santa Marta. Y sobre todo su actitud humana –sin actitud, el discurso no sirve-, repito su actitud humana como fue el observar como conocían los nombres de cada uno de los alumnos, siendo uno de los grupos de 90 estudiantes. Tuve el privilegio de vivirlo en días pasados. ¡Bravo por ellos! La mirada franca, la escucha atenta, sigue identificando a estos seres humanistas.

Me conducen a recordar mis antiguos pabellones “Ragonezi”, “Manrique”, entre muchos otros, en el Hospital San José de Bogotá, mi alma mater por allá a inicios de los 70, cuando sin duda, nuestros profesores nos inculcaron el humanismo en esas hileras de camas, hasta 30, en un solo ambiente, sin divisiones, donde cada ser humano, o sea cada paciente, debía ser llamado por su nombre (no por la enfermedad, como mucho se acostumbra ahora) y a quien se respetaba su privacidad en el examen médico o los procedimientos al poner biombos divisorios. El acercamiento amoroso del fonendoscopio al pecho del “señor Álvarez”, era la regla, en aquel entonces.

El humanismo entra por casa. Casa es: el director del hospital; el jefe del servicio de urgencias; el cirujano en el quirófano; cada médico en su consultorio. La casa está en cada ambiente y el ejemplo debe venir de la cumbre en la escala de cada sitio. No es delegable dejar el humanismo para un comité, o para un equipo de trabajo formado a dedo. El humanismo es presencia viva y para el caso de esta columna, el rector, el decano, el director académico son los primeros a abanderar esta cruzada.

Ya que la enseñanza médica continúa a lo largo de la vida en reuniones y congresos, en ellos debería exigirse a cada conferencista el mostrar este compromiso humanista con su profesión. No como sucede ahora que brilla por casi su ausencia este componente o se relega a un pequeño módulo dentro de las conferencias científicas que siguen viendo al cuerpo como máquina, hecho que sin dudas a conducido a la tan mentada deshumanización de la medicina.

No sé si el humanismo se aprende luego de años de ejercicio, o si viene de cuna, o ambas. Sí ratifico que es la base sine quanon, para un amable y gratificante ejercicio de la profesión.

Nuevamente mi reconocimiento y gratitud a todos los docentes que son humanistas, al unísono con lo académico, científico y social.

PD: por favor señor paciente, si no siente una atención humanizada, háblelo con su médico. Si no se resuelve, pida cambio, el sistema lo permite.

Tomado de Las Dos Orillas