noviembre 16, 2018 7:51 am


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Sobre la autonomía universitaria: Agostino Abate – Nov/18

Por: Padre Agostino Abate, en El Quindiano //

La autonomía universitaria es una versión de la libertad que permite el autogobierno y que promueve tanto el libre pensamiento como el de las ideas. Es la exigencia de la razón de conocer, comprender y preguntar siempre. La filosofía y la ciencia, igual que la poesía y el arte, nacen del asombro. De allí que la autonomía siempre termine amenazada, fundamentalmente desde el poder, sea éste político, económico o religioso, porque el poder tiende siempre a avasallar, controlar o mediatizar a la universidad. No importa cuan grande sea su crisis, siempre continuará de manera natural a buscar y servir la verdad, a sabiendas que la verdad es la única posibilidad real de libertad. La universidad es libertad y verdad, todo lo demás se le subordina y sólo la autonomía posibilita esta doble vocación.

Con propiedad podemos hablar de un principio que vincula orgánicamente autonomía y democracia, y toda amenaza a la autonomía termina amenazando a la propia democracia, y evidentemente cuando la democracia desaparece, desaparece la autonomía.

La amenaza del poder a las universidades siempre ha estado presente pues están sometidas al drama permanente de la dependencia financiera con respecto al estado. La autonomía y la antiautonomía forman parte de una dialéctica que convierte a menudo los recintos universitarios en un campo de batalla ideológico de la sociedad que trata de definir sus auténticos espacios de libertad y democracia.

Los antecedentes lejanos de la autonomía universitaria encuentran sus orígenes en la universidad medieval. Fue un privilegio otorgado a las universidades para garantizarles el logro de sus fines específicos que hemos enunciado. Actualmente, la autonomía, al no poder ser eliminada, trata de ser domesticada progresivamente gracias a la casi total dependencia económica con respecto al presupuesto nacional.

Poder y cultura son antagónicos por definición, el primero existe para reprimir, controlar y administrar, mientras que la cultura por definición es libertaria, creadora y necesariamente crítica y utópica: mientras el poder administra y se beneficia del presente, las universidades y la cultura crean el futuro y posibilitan la utopía.

La universidad en sus orígenes tenía un modelo y una estructura supra-nacional porque sus fundadores eran conscientes que el saber no podía conocer fronteras. De allí el término “licencia” que daba una universidad a sus laureados para poder enseñar en cualquiera otra universidad. Luego adquirió un horizonte nacional que representó la antítesis del antiguo saber ecuménico.

De acuerdo a la Asociación Internacional de Universidades, la autonomía estaría definida:

Por el derecho de las universidades a seleccionar su personal a todos los niveles: profesores, empleados y obreros.

Por la selección de sus estudiantes, con criterios libres y amplios.

Por la autonomía curricular, docente y administrativa así como por el otorgamiento de títulos.

Por la capacidad plena para determinar el tipo de investigación que se quiere hacer.

Por la autonomía para distribuir y administrar los recursos financieros y de cualquier otro tipo.

De acuerdo a lo anterior, la autonomía implica el autogobierno y una amplia independencia académica y administrativa. No se puede dar una comprensión de la autonomía universitaria sin tomar en cuenta su historicidad, el tipo de universidad que se pretende y el modelo de sociedad que somos y que queremos llegar a ser.

Es cierto que el mundo contemporáneo está presentando un crecimiento continuo, prodigioso, de intercambios y comunicaciones fruto de la globalización; sin embargo también resulta que mientras se están reorganizando las estructuras universitarias crece cada vez más la intervención del estado y del poder público en la organización de los estudios y cada universidad se está “cerrando”, perdiendo la autonomía dentro de los límites de las leyes de cada país.

La universidad debe ser autónoma para no desdibujarse, desvirtuarse, para no perder su razón de ser. De esta manera tendrá la posibilidad de ser una voz crítica, libre, frente al poder que cambia después de cada elección.

La universidad debe construirse permanentemente como un proyecto que trascienda la cotidianidad. En este sentido la universidad abstrae y se abstrae de la realidad, pero no para olvidarse de ella, sino para ayudar a modificarla, adecuarla y a configurar una nueva.

Para realizar lo anterior, debe ser autónoma de cualquier evaluación externa por esto existe la auto acreditación. Toda evaluación carece de sentido porque quien es profesor en el alma mater debe ser libre para proponer atrevidas construcciones que se logran únicamente mediante la liberación de la creatividad. La sociedad debe entender que sus profesores no son evaluables si se utilizan los patrones corrientes de la producción industrial o los de la rentabilidad financiera.

Naturalmente la persona llamada por la universidad y no por el poder político a ser docente o investigadora en ella, debe poseer todas aquellas cualidades éticas y todos aquellos requisitos de ciencia que el saber actual exige. Éstas características únicamente la universidad en su autonomía y saber, está capacitada para descubrirlas en quien solicita hacer parte de ella.

Una universidad debe brindar alternativas políticas, ideológicas y programáticas a los problemas de la sociedad y con ello diseñar el futuro. Lo anterior se cumple si es libre en el pensamiento, libre en la investigación y libre en la cátedra, porque si no existe autonomía se vuelve a-crítica y con la perdida de la criticidad pierde la parte más importante de su misión.