¿Doctores o tecnólogos?

Jaime Arias Ramírez – La República

Se entiende que durante los dos siglos anteriores haya existido el anhelo de muchas familias por tener uno o varios doctores en casa ya que las profesiones liberales eran muy demandadas y otorgaban prestigio social. Esos tiempos ya han pasado, la mayoría de las profesiones están saturadas y las necesidades de la sociedad tecnológica son otras. Ahora están en auge la cocina, la hotelería, la producción de TV, las asesorías en sistemas y comunicaciones y muchas actividades nuevas que antes eran consideradas trabajos de segunda categoría. A pesar de ello, continúa arraigada la idea del señorío, que nos viene de la vieja España, y muchos jóvenes se encantan con el título pomposo de doctor, con el cual no se superan las dificultades para conseguir un empleo modesto. No es extraño encontrarse con un taxista abogado, que ha perdido sus ilusiones profesionales y termina recorriendo la ciudad de día a noche para garantizarse un ingreso bajo pero seguro.

Las mismas universidades tienen muchas dudas cuando se trata de ofrecer programas tecnológicos porque podrían mermar su prestigio académico y porque la demanda es baja. Además, se trata de programas costosos y exigentes que hacen énfasis en las prácticas y los laboratorios, para lo cual se necesitan equipos de demostración actualizados, maquinaria especializada con fines didácticos, materiales e insumos de alto costo y profesores con sentido práctico que no ignoren las bases teóricas y científicas de la tecnología. Son contadas las entidades que pueden darse el lujo de tener salones de práctica dotados con la tecnología de punta que demandan nuestros tiempos; tal vez el Sena sea una excepción, pues tiene a su disposición billonarios presupuestos, fruto de las contribuciones parafiscales exigidas a los empleadores.

Desde hace muchos años el Ministerio de Educación viene hablando de la importancia de movernos con determinación hacia la enseñanza técnica y tecnológica, permitiendo por ejemplo que los egresados de programas técnicos puedan ascender a la capacitación tecnológica y de allí a la profesional en lo que se denomina educación propedéutica, en niveles ascendentes.

Tal vez pueda ser el momento de estimular las asociaciones entre universidades y Sena, ya que en la práctica esta institución está muy cerca de alcanzar el nivel universitario en sus cursos y podría verse reforzada con el apoyo conceptual y teórico que ofrecen las universidades. Otra asociación necesaria es la de universidades con empresas debido a que muchos estudiantes en el nivel tecnológico ya trabajan en Pymes, en empresas familiares o en la gran industria fabril y tienen requerimientos específicos para mejorar su capacidad actual en áreas concretas.

La productividad de la mano de obra ha aumentado mucho en los países de mayor desarrollo y en los emergentes gracias a los estímulos a la capacitación vocacional y a la valoración que se da a los trabajadores técnicos y tecnológicos. Ejemplo de ello son los Estados Unidos, Alemania, Japón y otros países asiáticos, en donde desde hace más de un siglo los tecnólogos son tan respetados como los doctores y suelen tener mejores ingresos.

Cuando hablamos de tecnologías avanzadas no estamos pensando solo en áreas de ingeniería como la robótica, la nanología o la electrónica, para citar algunos campos, sino en disciplinas relacionadas con la administración, la contaduría, la medicina y muchas más. Colombia necesita una educación pertinente, que responda a los desafíos del presente y el futuro, que se adecue a las demandas de la industria, los servicios y el comercio, que sea financiable y llegue a grandes contingentes de personas de diferentes edades y condiciones. Esta educación puede ser la técnica y tecnológica.

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