La ministra merece una oportunidad

El rector de la Universidad de Cundinamarca, Adolfo Polo Solano, expresa sus expectativas en la gestión de la nueva ministra de Educación, María Fernanda Campo (análisis en El Tiempo).

Para los que llevamos muchos años de la vida dedicados a la educación, fue una verdadera sorpresa el nombramiento de María Fernanda Campo como ministra de Educación, porque el país la conocía y reconocía como una dirigente del comercio organizado de Bogotá, quizá más preocupada de la capacitación en habilidades productivas que de la educación como proceso informativo y formativo, con visión sistémica. Administrar la educación en las sociedades modernas requiere del conocimiento de las complejidades inherentes a ese sector, pero también de audacia para intentar fórmulas nuevas que propongan reformas necesarias para mantener la actividad educativa actualizada, pertinente y con calidad, “a la altura de los tiempos”, como diría Ortega y Gasset.

Entendemos la impaciencia de muchos colombianos, acostumbrados a pensar que cada cambio de gobierno es la fórmula mágica para la solución de los múltiples y complicados problemas de nuestra sociedad, pero creemos que diseñar una política educativa para un nuevo gobierno, que tenga en cuenta los avances logrados hasta ahora y proponga cambios necesarios para alcanzar metas importantes, requiere tiempo y equipos de trabajo conformados con especialistas en los diferentes aspectos que componen una propuesta de tal magnitud. Y conocemos que en el Ministerio de Educación existen los profesionales capaces para abordar, con el éxito posible, esa tarea, y si la Ministra mantiene el perfil técnico que la ha caracterizado hasta hoy, y no cede a los cantos de sirena de la politiquería, debiera mantenerlos y reforzarlos, para generar los cambios que requiere el sistema educativo colombiano.

Mientras el país y sus gobiernos no acepten que el desarrollo de la sociedad se construye, entre otros pilares, desde la educación, y se vuelva una prioridad en los planes de gobierno y en los esfuerzos fiscales de la nación, progresaremos muy lentamente porque, por ejemplo, en los indicadores de desarrollo de las sociedades de hoy el acceso de los ciudadanos a la educación superior es un factor muy importante.

La ministra Campo merece una oportunidad para mostrar su capacidad para conocer el sector educativo, y coordinar los equipos necesarios, capaces de proponer y ejecutar una política educativa  que funcione como una locomotora del crecimiento, pese a que el presidente Santos no haya considerado a la educación como una de las locomotoras en su plan de gobierno.
Queremos pensar que para el Presidente, la educación es un eje transversal a todo su programa de gobierno, pues sería muy costoso para el desarrollo del país regresar a los tiempos en que el Ministerio de Educación era una ficha política en el ajedrez de la gobernabilidad en Colombia, con su consecuentes costos para el desarrollo que hemos vivido durante tantos años. El esfuerzo del gobierno anterior, con todas las críticas y falencias que se le endilguen, fue un avance en materia del diseño de una política educativa, que aunque privilegió la cobertura sobre la calidad, se le debe reconocer el intento de formular un plan de desarrollo educativo en el mediano y largo plazo, estemos de acuerdo o no con los postulados filosóficos de tal plan.

Por eso, la formulación del plan educativo del gobierno del presidente Santos, al dar prioridad a la calidad, debe prever que la calidad cuesta plata y que el país tendrá que hacer un esfuerzo fiscal, igual o mayor al que se ha hecho para acabar a la subversión, para que la prosperidad democrática tenga como telón de fondo la seguridad educativa. De lo contrario, la paz, fruto de la equidad, el bienestar y el desarrollo, no tendrá raíces en la sociedad colombiana.

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