A formar e investigar con animales de felpa: los políticos

José Luis Barragán Duarte analiza los impactos del proyecto de Ley que prohíbe la experimentación científica con animales

A Aristóteles no solo se le debe la expresión el hombre es un animal político sino que en su extensa obra se incluye Historia de los animales, en la que se refirió a las partes, el movimiento y el progreso de estas especies, entre otros asuntos tratados. En su quehacer investigativo, el Estagirita diseccionó varios ejemplares para establecer sus diferencias.

En la Edad Media, pese a su prohibición, pensadores como Leonardo Da Vinci empleó el corte de animales en su análisis de anatomía comparada entre perros y gatos. Al italiano, le atribuye Kevin Dolan en Ethics, animals and science, la sentencia de que en el futuro las disecciones y vivisecciones se juzgarían como crímenes.

La literatura está llena de escritos de autores que trataron el tema como Jean Antoine Gleïzès, en Thalysie, en el que defiende el vegetarianismo, Charles Darwin, en el Origen de las Especies, Peter Singer, ya en el siglo XX, con Liberación Animal y la Declaración de los Derechos de los Animales en 1977. Todos dieron sus puntos de vista acerca de un tema que en la actualidad causa controversia.

Son varios los actores de la sociedad civil entrelazados en esta discusión que ronda los espacios de la ética y bioética. De un lado se encuentran los defensores de los animales, que promueven normas para la prohibición de su uso en cualquier espacio y de otro, los investigadores y académicos, que defienden su actividad formativa y científica en áreas como la biología, medicina y sicología, entre otras muchas.

Las cifras dejan ver la dimensión del fenómeno. Según la Nufield Council on Bioethics, en The ethics of research involving animals, anualmente se emplean en el mundo entre 50 y 100 millones de animales en actividades investigativas y científicas.

Pero, de otro lado, la postura de los académicos es defendida desde el pasado por Charles Darwin, en The Life and Letters of Charles Darwin: “Me has preguntado mi opinión sobre la vivisección. Estoy de acuerdo con su uso para investigación real en fisiología es justificable; pero no por mera condenable y detestable curiosidad. Es un asunto que me llena de horror, así que no diré ni una palabra más sobre el asunto, o no dormiré esta noche.”

En Colombia, la Ley 84 de 1999 regula el trato entre los hombres y los animales e impuso las reglas de juego que hoy están vigentes en esta interacción. Sin embargo, como paradójico resulta que en su artículo 6 expuso 28 casos en los que se tipificaba la crueldad con los animales, dejando por fuera actividades como el coleo, las corridas de toros, las riñas de gallos, la muerte para consumo humano y la caza y pesca deportivas entre otras.

Un grupo de congresistas liderado por el representante Jorge Londoño, del Partido Verde, radicó el año pasado un proyecto de Ley, el número 165 de 2011, que busca defender la integridad de los animales en el país, lo que me parece necesario cuando hay muchos escenarios en los que se les maltrata, pero que, sin embargo, causa incertidumbre entre la comunidad científica y académica en todos los niveles, especialmente en las universidades, por sus implicaciones en la formación, la investigación y la producción de nuevo conocimiento en este campo.

En primera instancia, el proyecto de ley señala: “A partir de la promulgación de la presente ley, queda prohibido a profesores y estudiantes de todas las instituciones  educativas del país en los niveles preescolar, básica, secundaria, media y superior utilizar animales en sus actividades de enseñanza”.

Hay revuelo en las universidades ante este contenido y los académicos tratan de hacer frente común para tratar de revertir la situación. Uno de los líderes de este movimiento es el profesor Germán Gutiérrez, director del Departamento de Sicología de la Universidad Nacional de Colombia y presidente de las Facultades de Sicología del país. En diálogo con el académico este expresó su inquietud por el impacto de esta proyecto de ley en diferentes áreas del saber, incluyendo la suya, en la que el uso de animales es común, en actividades como, por ejemplo, entrenar a los futuros analistas de la conducta humana en su capacidad de observar con claridad lo que pasa a su alrededor.

“La observación de animales en múltiples circunstancias, incluyendo contextos controlados de laboratorio ha sido una fuente de gran valor para la comprensión de la naturaleza. Productos de todo orden, adaptaciones aplicadas en ingeniería y las áreas biológicas, la psicología, etc. Esto no es una historia del pasado. Recientemente, la cardióloga Bárbara Natterson (UCLA) publicó un libro titulado Zoobicuidad, en que muestra con multitud de ejemplos que todo tipo de enfermedades humanas tienen análogos en otras especies, sean estas silvestres o animales que viven entre los humanos. Y argumenta además, que estudiar a dichas especies puede ser esencial para encontrar respuestas a los problemas de salud física y mental en los humanos y viceversa”, explica.

La normatividad plantea opciones que poco ayudan en opinión del académico. “Se deberán buscar e implementar modelos alternativos al uso del animal, conociendo y aplicando alternativas de reducción, reemplazo y refinamiento; privilegiando el remplazo absoluto, como imperativo técnico y ético”. En este punto, aunque el mercado de la tecnología provee programas que ayudan y se acercan al objetivo, claramente, según el profesor Gutiérrez, se “quedan cortos”.

Ante este panorama, los académicos han solicitado espacios de concertación con los legisladores para discutir el contenido del proyecto, aunque todavía nos los reciben. Este tema resulta fundamental en la enseñanza y en el futuro mismo de los animales, porque no se concibe la formación e investigación en las facultades de Zootecnia y Veterinaria del país con la utilización de programas de computación y de hasta animales de felpa.

Es fundamental promover códigos de conducta y autorregulación en el uso de los animales en las actividades académicas y científicas y de imponer sanciones al interior de las instituciones y penales, si es del caso, para quienes infrinjan las normas, pero la prohibición del uso de animales en la actividad investigativa y formativa es un paso atrás.

En otras palabras, como lo señala el Decano, “renunciar a la investigación científica es riesgoso. Es entregar nuestro destino a quienes tienen claro que la producción de conocimiento es vital para ser autónomos y para pensar mejor nuestro futuro. Cuando se prohíbe o se entorpece todo un conjunto de disciplinas científicas, en lugar de regular sus acciones conforme a estándares éticos, una respuesta extrema como esta, solo le hace el juego a visiones igualmente extremistas que con frecuencia solo se alimentan de la ignorancia y a su vez promueven la ignorancia y las decisiones puramente ideológicas”.

Comentarios, sugerencias y propuestas de temas también en: @jlbarragand y jlbarragand@gmail.com. Tomado de blogs Revista Semana

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