El exrector de la Universidad Nacional de Colombia, Moisés Wasserman, hace un recuento de cómo ha evolucionado, como ente gubernamental, Colciencias y los hechos que han llevado a que la ciencia y tecnología no respondan realmente a la snecesidades del país. Opinión en El Tiempo, titulada ¿Quo Vadis, Colciencias?.
Colciencias fue creado en 1968. Al tiempo surgieron organismos similares en Latinoamérica con nombres como Conacyt, Concitec y Conicet y años antes, en Brasil, el CNPq. Esas siglas corresponden a consejos nacionales de ciencia y tecnología, y se originaron por la percepción creciente del papel que el conocimiento juega en el desarrollo de las naciones. La función principal de esos organismos es la de servir de entes rectores de la ciencia y, en muchos casos, de operar como fondos públicos para su financiamiento.
Colciencias fue inicialmente un fondo; después, un instituto adscrito al Ministerio de Educación; posteriormente, uno adscrito a Planeación Nacional y en la Ley 1286 del 2009 se convirtió en un departamento administrativo de la Presidencia. Esto para mantener su visión transversal sobre todos los ministerios, y para que estuviera presente en los altos foros de discusión y en los ámbitos de decisión política.
Infortunadamente ha carecido de fondos suficientes, desde su inicio hasta hoy, cuando es departamento administrativo. Eso se hace evidente en la bajísima inversión del país en ciencia y tecnología (el 0,2 por ciento del PIB, criticado por la Ocde en su informe).
A pesar de eso, Colciencias ha tenido éxitos innegables. El número de grupos de investigación y de investigadores se multiplicó por más de diez en los últimos veinte años. La presencia internacional y el número de publicaciones indexadas aumentaron en esa misma proporción y los doctorados nacionales se hicieron realidad. En alguna medida, el éxito se debió al manejo juicioso de sus recursos y a tres préstamos del BID. También se debió a la voluntad de muchos colombianos y de instituciones de educación superior y de investigación, que vieron en la ciencia una importante opción de desarrollo.
La ley del 2009 generó grandes esperanzas. Infortunadamente, eventos recientes no solo están lejos de hacerlas realidad, sino que, por el contrario, producen desconcierto y preocupación. En los últimos cuatro años, Colciencias ha tenido cinco directores. El primero de ellos renunció, aduciendo que ni el Presidente ni el Ministro de Hacienda lo recibían.
Hace un par de años, por primera vez en su historia, se entregó la institución como cuota a un partido político. Independientemente de las personas nombradas (que han sido buenas y capaces), ese hecho atenta contra la independencia y la autonomía, que se han demostrado indispensables para el éxito de la ciencia en todos aquellos países que se la toman en serio.
Por otro lado, múltiples iniciativas han generado una desinstitucionalización grave del sistema y unos paralelismos de difícil manejo. Las regalías para ciencia, tecnología e innovación son manejadas por un cuerpo (Ocad) altamente politizado, que en tres años no ha generado un documento de política científica ni una orientación, ni siquiera ha planteado su visión. La innovación se puso en manos de cuerpos diferentes, como Innova y algunos ministerios y comités públicos y privados de competitividad. Los actores del sistema están disgregados, como si la innovación, la empresa y la ciencia no se necesitaran mutuamente.
Hay países que efectivamente tienen múltiples mecanismos para la promoción y la financiación de la investigación. Esa puede ser una estrategia adecuada, siempre y cuando haya un organismo inteligente que proponga una política nacional y transversal y que coordine y oriente las diferentes iniciativas (funciones que hoy debería cumplir Colciencias).
Pareciera que decidimos darle a nuestra ciencia un sistema parasimpático que mantiene sus funciones básicas y un sistema simpático que reacciona a estímulos locales. Infortunadamente, con acciones improvisadas, estamos descartando el cerebro.
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