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Jorge Yarce, Presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo, director de www.laetica.com, y del programa de Liderazgo DIrectivo Universitario LDU, reflexiona sobre la necesidad de contar urgentemente con directivos univesitarios éticos y líderes, para enfrentar los retos y cambios de la universidad moderna. |
I. La urgencia del liderazgo directivo universitario
Pienso que la universidad vive de espaldas a la sociedad. Por ejemplo, su papel en el proceso de paz es insignificante. Ella se quedó a la zaga de la sociedad y su liderazgo es muy pobre. Los gremios, los empresarios, los medios, los grupos políticos…tienen una influencia más decisiva. Mientras tanto, buena parte de nuestros jóvenes estudiantes están dormidos, aletargados y pasivos. No les interesa la política, pero tampoco se deciden por servir de veras a la sociedad. A la hora de la verdad las instituciones han preferido la cantidad a la calidad. A la vista de lo que constatamos que pasa en la sociedad –individualismo, insolidaridad, violencia, anarquía y predominio del consumismo- tenemos argumentos para interrogar a sus directivos sobre si cumplen bien o no su misión.
Los directivos universitarios tienen la posibilidad de ejercer un liderazgo decisivo en conducir sus instituciones para que sean impulsoras de un cambio significativo. Si no lo hacen, las generaciones que vienen detrás les van a pasar una factura bien alta por una omisión grave. Hay quienes afirman que los muchachos de hoy sólo piensan en la rumba, que no creen en nada, que van detrás del confort y del consumo, que no tienen ideales, que no se comprometen, que no tienen sueños, que no les importan los pobres, ni la situación del país, ni la paz, que no estudian en serio, que se olvidaron de Dios… Yo no puedo creer todas esas cosas sin pensar en que muchos de ellos son universitarios que estudian en “instituciones de educación para lo superior”, comprometidas con formar ante todo ciudadanos de bien que van a hacer, desde su profesión, un aporte a la sociedad que los ha educado. ¿Será eso verdad? ¿O será parte de un ideario desueto?
La juventud, promesa de la patria, está en sus manos. Muy preocupante si ella no se cumplen las expectativas que hay sobre ella cuando pasan por la universidad y forman parte de la muchedumbre solitaria y confusa de nuestra sociedad. Basta ver casi todos los días las licoreras y discotecas atiborradas de muchachos en plan de rumba, en un país ahíto de pobreza, miseria y violencia (parece que fueran de la mano la violencia del placer y el placer de la violencia). En una de las paredes de Bogotá vi un graffiti aterrador: “Diviértete y deja un cadáver bello”. Si esto lo pintó un estudiante, ¡que anti paradigma tan terrible frente a lo que debe ser la educación superior! Es un grito estentóreo del consumismo, del hedonismo y del individualismo que corroen la sociedad y las instituciones. Es un doloroso modo de pensar si la educación forma personas que no sólo vivan para sí mismas, sino que sepan vivir con los otros y para los otros persiguiendo un fin compartido. Esto solo es posible con una educación gobernada por directivos líderes.
Lord Acton, un inglés lleno de sabiduría, decía que mientras más los hombres nos empeñamos en hacer de la tierra un paraíso, más se parece a un infierno. Este infierno que vivimos cuando predominan el yo y la búsqueda del éxito económico y material, no la plenitud de vida, que sólo se logra con riqueza interior, con disciplina intelectual, con control emocional y con autoestima pero con valoración de la presencia de los demás. El infierno del egoísmo que deriva en violencia y en un relativismo moral donde todo da lo mismo y cada uno es dueño de su propia manera de concebir el bien, al margen de principios fundamentales que garanticen la convivencia de todos. No podemos permanecer pasivos ante lo que vemos alrededor: dolor, enfermedad, hambre, desesperación de los sin trabajo y de los sin esperanza porque andan sin rumbo por la calle. Ni ser indiferentes ante quienes hacen fraude fiscal o dañan los bienes públicos, o simplemente no pagan el transporte o viven habitualmente de espaldas al bien común.
¿No será todo esto una buena oportunidad para pensar en la responsabilidad de los directivos universitarios y de todas las instituciones de educación para recomponer la sociedad colombiana tan descuadernada? Oportunidad de liderazgo, de influir en los jóvenes para que aprendan a ser, a hacer, a aprender, a emprender y a trascender en sus vidas. Y que ese liderazgo de los directivos contribuya específicamente a la elevación del nivel ético y a una educación de calidad y pertinente con la sociedad colombiana.
II. Liderazgo directivo universitario para el cambio
“No se puede afirmar que hay una crisis de liderazgo y después que el liderazgo está exento de valores” (R. Heifetz). Casi podríamos invertir la frase y darle un significado igualmente válido. Cuando hablo de la oportunidad de liderazgo me refiero no al liderazgo de rutina, de personajes carismáticos o dotados de excepcional capacidad de mando, influencia o persuasión, sino al liderazgo que puede poner en práctica quien tiene unos determinados valores y quiere ponerlos al servicio de los demás. Al liderazgo de quien tiene la responsabilidad de influir en los acontecimientos de la sociedad para que estos vayan por el camino del bien común, no del bien particular o del éxito de los poderosos o de quienes usan el bien común en provecho propio.
Me inclino más por pensar que nuestros universitarios tienen un potencial humano y de servicio acumulado en su mente, en su corazón. Tenemos, entre todos, hay que desatar ese potencial y hacer que produzca resultados, y así habrá resultados y seguidores e impulsadores de la tarea. Las cosas generales no mueven a la acción. Lo que mueve es la ejemplaridad de la conducta, en este caso de quienes orientan las instituciones de educación superior, que deben ser la “inteligencia social” del país. Pensemos en los directivos universitarios como líderes para buscar ahí la fuerza escondida que necesitamos desencadenar, que supere el fracaso de la educación, la crisis de la economía, la decadencia social, la corrupción política… El directivo líder como una persona cuya capacidad se comprueba sobre todo en los momentos críticos para la sociedad.
Crítica significa discernimiento, juicio, distinción adecuada de lo que conviene o no conviene hacer al sector universitario para ayudar a construir una Colombia diferente. Con ciudadanos con valores y con comunidades solidarias que se enfrente con éxito al ejército de los corruptos para contrarrestar el consumismo, el individualismo y el relativismo ético, los tres cánceres que tienen enferma de gravedad a nuestra sociedad. Nuestros índices de corrupción e inequidad social están entre los más altos del mundo, mientras los gobiernos se regocijan con los índices del crecimiento económico o la gente se alegra con estadísticas que dicen que Colombia es uno de los países más felices del mundo (entiéndase a base de consumismo, de telenovelas de goles y de papayeras en los entierros).
“El liderazgo requiere inevitablemente el uso del poder para influir en los pensamientos y en las acciones de otras personas”(A. Zaleznik). Pero mencionar la palabra poder no es sinónimo de referirse inmediatamente al poder político. Me refiero, sobre todo, a esa capacidad de hacer que el futuro sea diferente desde nuestro propio campo de acción, en este caso la universidad. De promover valores que penetren una nueva concepción de la educación al servicio de la sociedad. La capacidad de hacer la más pacífica de las revoluciones, el liderazgo con valores.
Tenemos por delante un reto magnífico, el de repensar el verdadero papel de la universidad en la construcción social, en una cultura de la legalidad y la integridad que lleve a los estudiantes como ciudadanos a fortalecer primero que todo su propio ámbito personal, desarrollándose como personas, luego a vivir con autenticidad en el ámbito de la familia, a proteger y respetar el ámbito de la naturaleza, a ser factores decisivos –líderes- en el ámbito de la organización –la universidad ahora y luego la empresa o entidad a la que sirvan- y a servir y trascender en el ámbito de su comunidad.
Hace falta una base de legalidad como adhesión a la ley como fuerza coactiva reguladora de la convivencia social, pero hace falta más todavía hacer que esa legalidad se viva como un valor moral indispensable. Y junto a él los demás valores éticos necesarios para el cambio personal e institucional: respeto, comprensión y tolerancia, confianza, lealtad, credibilidad y transparencia, trascendencia, servicio, bien común y liderazgo. Es decir, líderes con valores fundamentales para un cambio social, para plan hacer realidad un proyecto de nación.
Necesitamos que las universidades sean “fortalezas éticas”, no para defender y defenderse sino para atacar los males de la sociedad, para avanzar en la formación de universitarios –directivos, profesores, estudiantes- que sean ciudadanos ejemplares, motores de cambio a partir de sí mismos, motores de cambio en sus familias, motores de cambio en las organizaciones a las que pertenezcan y motores de cambio en la sociedad. Así caminaremos hacia un “futuro que no está en ninguna parte y nos toca construirlo con nuestras propias manos” (J. Attali).
III. Liderazgo ético del directivo universitario
El ser personal estaría incompleto sino no estuviera destinado a construir la sociedad, lo que implica una reiterada práctica de las dimensiones participativas y de convivencia. Pero, en último termino, la base de ese cambio es el auto liderazgo de cada uno de los directivos de cada institución educativa superior. Su primer deber y su tarea más constante es hacer de sí mismo una personalidad consistente, coherente, con unidad de vida, que entusiasme, que comunique convicciones, siendo a la vez, sencillo y sincero, accesible y positivo, alegre y esperanzador. Que piense que no trabaja con vocación de profeta de desgracias sino de líder constructor de realidades nuevas para el bien de la sociedad. Desde sí mismo está llamado a trascender, como decía antes, en su familia, en su institución y en su comunidad. Pero para cumplir a cabalidad esa misión necesita algo capital: la entrega incondicionada, los principios que inspiran la conducta, y los valores personales.
“Vivimos en un ambiente moral contaminado” declaraba Vaclav Havel, el dramaturgo presidente de la nueva República checa, pero añadía: “Actuar sobre las causas tiene mucho más sentido que reaccionar simplemente ante las consecuencias”. Y eso, pienso, es lo que deberíamos hacer respecto al liderazgo de los directivos universitarios: ver cómo andan las cosas por dentro, empezar el cambio por cada uno y por su institución, y luego hacer de vaso comunicante de cambio de cara a la sociedad. “Un índice infalible de la salud de una comunidad es su moral” (J. Martineau). Ella se refleja de modo patente en la universidad, para quien es decisiva la actitud ética de sus directivos y la ética que infunden y viven sus profesores o que dejan de infundir y vivir si se entregan al relativismo moral imperante en la sociedad. Relativismo en el que todo da lo mismo, o todo vale, sin un punto de referencia estable. Todo fluye en torno a realidades cambiantes, a falta de convicciones profundas, a ausencia de un temple de alma, que sólo se puede superar con la práctica de una ética realista y forjadora de realidades que trasciendan la esfera cerrada del individuo y abran a la trascendencia, a la participación, al servir al bien común y a la solidaridad.
Pensar sinceramente para qué se educa y después cómo se educa. Pensar menos en los edificios y campus, en la informática y el inglés, en los estadios y escenarios deportivos, y mucho más en la formación de personas, en profesores bien preparados y bien remunerados que transformen primero su conducta para ser ejemplo de vida y de compromiso, que practiquen y enseñen una ética centrada en hacer el bien, para sí y para los demás que pasa por el corazón y se convierte en hábito.
El liderazgo ético supone un proceso de maduración intelectual y emocional, racional y afectivo, porque tenemos delante inteligencias sentientes y corazones inteligentes. Es formación para conquistar la libertad y la responsabilidad, al nivel de la voluntad, del querer, de la razón. La educación siempre apela a la libertad, pero resulta que muchas veces la libertad de las nuevas generaciones está herida, confundida, falseada, reducida a la elección y al arbitrio. Dispersa en muchas cosas que distraen de lo fundamental. Se habla de todo pero hay un silencio sobre lo esencial: el amor, el trabajo, la libertad, la justicia, la fe.
Hay directivos y profesores que se dejan arrastrar por los procesos y por los medios y se olvidan de los fines. Hay una pérdida indolora de los valores morales y una promoción de los antivalores, y a veces triunfa al mal y nos quedamos tan tranquilos. Acabamos, con ayuda de los medios, indiferentes a la ética, o le restamos importancia a su papel medular en la educación superior o la reducimos a discusión de teorías, mientras los universitarios viven desorientados y confusos. Y allá en el fondo de todo, surge una especie de cobardía generalizada frente al saqueo sistemático de los valores, cívicos, patrios, religiosos, morales, en el altar del culto al dinero.
Liderazgo ético para ayudar a profesores y estudiantes a construir un proyecto educativo personal, a partir del propio ejemplo, para poder promover que se viva una ética trascendente que busca hacer realidad la búsqueda de la felicidad, el logro de una vida buena, que conjuga el nosotros de la comunidad. Cambiar una ética basada en la plata, el poder y el placer por una ética basada en el ser, en el servir y en el ser solidario, una ética impulsada por la libertad personal, que no se reduce a escoger para sí lo mejor y lo más confortable, sino libertad para construir con los demás, para contribuir a una sociedad mejor.
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