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Carlos Arturo Soto Lombana, columnista de El Mundo (de Medellín) cuesiona la obsesión de la ministra de Educación de tener posicionadas universidades colombianas en los rankings internacionales. A su forma de ver, esto no garantiza nada. |
La ministra de Educación considera que al paso que avanza el escalafonamiento de las universidades colombianas en el ranking QS (QS World University Rankings) a Colombia le tomará 11 años ubicar al menos una de sus universidades dentro de las primeras 100. En su columna publicada este fin de semana en El Tiempo la ministra escribe: “Aunque el panorama es un poco más favorable si se analiza la tendencia de mediano plazo –entre el 2011 y el 2015 Colombia pasó de tener 5 instituciones a 10 entre las analizadas por QS, y nuestras dos mejores universidades experimentaron en promedio una mejora de 71 puestos en cuatro años–, incluso si fuera posible continuar a este ritmo nos tomaría cerca de 11 años llevar una universidad colombiana al ‘top’ 100 del QS, lo que sería uno de nuestros objetivos si queremos llegar a ser la nación mejor educada de América Latina.”
Lo que no menciona la ministra es el monto de la inversión que comprometerá el Gobierno Nacional para la preparación de los profesores con formación doctoral, aumentar la producción científica y la visibilidad de la misma, aumentar la movilidad de los colombianos para que hagan estudios en el exterior y generar un ecosistema de investigación con la tecnología necesaria que brinde sostenibilidad a todo el esquema y sea atractivo para los mejores cerebros del mundo. Los anteriores aspectos son a juicio de la ministra de Educación decisivos para que Colombia avance, sus empresas innoven y la paz sea una realidad.
Sería desastroso que un gobierno dedicara esfuerzos y recursos financieros para ver algún día a una de las universidades colombianas dentro del grupo de las 100 universidades en cualquiera de los rankings existentes (The Times, Shanghái, CSIC, University Ranking, QS World University). Esto me hizo recordar al físico y escritor británico Paul Davis cuando en alguno de sus best seller mencionaba que para los Estados Unidos la construcción del acelerador de partículas más grande del mundo era un tema de orgullo nacional. La mayoría de las naciones les tiene sin cuidado tener o no un acelerador de partículas.
No encuentro la razón para que el gobierno se ocupe de posicionar mejor las universidades colombianas en estos rankings, cuando los factores que miden no dicen nada con respecto a los grandes desafíos que tenemos que afrontar como país soberano, en materia de inclusión, equidad, transformación social y cultural. Para ilustrar esto tomemos el ejemplo del ranking usado por la Ministra de Educación. El QS mide nueve factores, cada uno con un peso específico dentro de la medida. Los factores y su peso son: Reputación académica (30%), reputación del empleador (20%), relación facultad/estudiante (15%), artículos publicados por profesor (10%), impacto web (10%), personal académico con doctorado (5%), citas de artículo en base scopus (5%), Facultad internacional (2.5%) y estudiantes internacionales (2.5%). Los dos primeros factores que aportan el 50% de la medida son de naturaleza subjetiva y se basan en encuestas de percepción a académicos y a empleadores del mundo (no dice que de todo el mundo) sobre las instituciones que estas personas piensan son las que mejor trabajo realizan en su campo de interés y sobre las instituciones que consideran producen los mejores graduados en su sector, respectivamente.
Se han construido imaginarios colectivos en el campo internacional que apuntan a pensar que las mejores universidades para los académicos y para los empleadores son, entre otras pocas, ITM, Harvard, Cambridge, Stanford, Caltech, Oxford, UCL, Imperial College London, Princeton, Berkeley, Yale. Si se le pregunta a un académico y a un empleador, en los Estados Unidos o en el Reino Unido, en donde consideran se forman los mejores profesionales en un campo determinado, ¿cuál sería la respuesta?
Si bien es cierto, las universidades obedecen a parámetros de calidad de carácter internacional, basados en metodologías y prácticas propias de las comunidades académicas y científicas, existen especificidades que hacen únicas a las universidades por su aporte a su contexto de influencia, a los problemas académicos y científicos que proponen y resuelven, por la composición de su estudiantes, por su naturaleza jurídica, entre otros aspectos que llevan a cuestionar la posibilidad de establecer rankings.
Los únicos interesados en los rankings son los organismos de gobierno que requieren de un mecanismo “objetivo” para asignar recursos y/o dar determinado tipo de prerrogativas para acceder a los programa estatales; ante los escasos recursos que tiene el Estado colombiano para financiar la educación superior, la acreditación de alta calidad o la posición en determinado ranking se está utilizado como criterio para permitir el acceso a recursos públicos.
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