En el posconflicto, una nueva siembra educativa en Colombia

En el posconflicto, una nueva siembra educativa en Colombia

Jaime Alberto Leal Afanador, rector de la UNAD, reflexiona sobre la importancia de la educación como vehículo para afrontar el diálogo, que debe interponerse ante cualquier expresión de violencia y cueste lo que cueste, no se debe declinar en su búsqueda. De allí la importancia de una nueva siembra educativa en Colombia

Para Erradicar la Corrupción y la Violencia se Requiere una Educación que Demarque las Fronteras de la Ética y la Moral en el Ejercicio de una Ciudadanía Autónoma

Por estos días de recurrentes noticias sobre violencia y maltrato a las mujeres y niños, sobre la lucha a fondo contra la corrupción o sobre la construcción del metro de Bogotá, temas periódica y cíclicamente recurrentes pero sin soluciones definitivas, valdría la pena preguntar cuáles y cómo abordar soluciones de fondo a estos y muchos otros problemas que se ciernen por décadas como círculos viciosos en el acontecer colombiano.

Afortunadamente varios ciudadanos de este país hemos entendido que estamos frente a la presencia de una gran oportunidad que nos invita a reelaborarnos como sociedad a partir de un cambio que desarraigue nuestra pasividad y nuestro silencio cómplice con la politiquería, la corrupción, la violencia y la exclusión social que ha sido vivida por un alto porcentaje de los colombianos y colombianas que por generaciones han integrado y hoy integramos el tejido social de la nación.

Lo que no se nos ha explicado debida y pedagógicamente, es cómo abordar hoy dicha oportunidad de delinear y construir un rumbo cierto para nuestra democracia en el sendero de la paz y pasar del discurso a la acción personal y colectiva.

Es menester reflexionar entonces sobre como el primer esfuerzo colectivo para iniciar el viaje efectivo hacia la paz requiere que reconozcamos ética y moralmente nuestro actual punto de partida, para evitar que el sueño no se frustre antes de iniciar la travesía.

Para ello es necesario entender que los seres humanos nacemos inevitablemente morales y estructuralmente éticos; así como en el transcurso de la vida vamos teniendo diferentes pesos y tallas también vamos forjando nuestro carácter fruto de un temperamento heredado genéticamente que crece, decrece o no evoluciona por precedentes y predisposiciones cuando nos tenemos que enfrentar a la toma de decisiones tanto en la vida personal como profesional o laboral.

En consecuencia todos los seres humanos estamos predispuestos a actuar bien, pero pocos sabemos la importancia de prepararse en el día a día, para ser cada vez más asertivos con nuestro propósito humano de ser felices.

Es aquí donde debemos preguntarnos todos sin necesidad de ser expertos en las disciplinas sociales y sin dejarlo sólo a ellos para que lo resuelvan, ¿para qué nos sirven la ética y los valores morales que deberían engendrarse en las mentes y corazones desde que somos niños, primero en la familia y luego acentuarse en la escuela?.

Es claro en el panorama actual que tanto la institución familia como la institución educativa se sumergen por múltiples factores en una crisis sin precedentes en el mundo y por supuesto en nuestro país.

La ética destaca las virtudes humanas como la justicia, la prudencia, la solidaridad, el respeto, la lealtad y así sucesivamente todos los valores que configuran la integralidad del ser; con el ejercicio de la ética se ponen de relieve las predisposiciones más valiosas de la inteligencia humana, reconocidas de manera exclusiva en nuestro actuar como seres racionales, pero si así fuere siempre todos viviríamos en el paraíso.

La humanidad hoy debe ser educada para ser movilizada desde sus virtudes y no desde sus vicios también exclusivos de nuestra especie, a los cuales también estamos potencialmente inclinados. Lo anterior determina que todo ser humano está predispuesto a elegir entre dos opciones: la felicidad al potenciar sus virtudes y talentos y la desdicha al darle rienda suelta a sus vicios e inclinaciones calificadas como inmorales.

Lo más inteligente seria entonces generar virtudes y no vicios; en ello es claro que actuamos por el aprendizaje gestado desde la familia y coadyuvado por la educación en todos sus niveles y facetas.

Aquí subsiste otra explicación del por qué de las diferentes maneras de nuestro actuar frente a otros seres que conviven en la naturaleza, que ante amenazas propias del medio dan respuestas automáticas de agresividad en defensa propia; ello no debería ocurrirnos a los humanos, pero día a día no dejamos de sorprendemos con comportamientos agresivos y violentos de varios congéneres sin explicación aparente alguna.

Por ello los humanos dada nuestra naturaleza somos libres de elegir y al tomar decisiones nos hacemos responsables de ellas. Esta es una evidencia clara de la moral como estructura de nuestro ser.

En este sentido, los contenidos morales en el ser humano son propios de su naturaleza libre para opinar y actuar, pero siempre estarán condicionados por variables indeterminadas como la época, la cultura que nos rodea, la condición de nacimiento que por azar se nos da y en especial de opción educativa que se nos brinde.

En este sentido los adultos somos responsables de las expresiones del lenguaje moral y cultural de nuestros niños y jóvenes; y es allí donde influimos para sembrar desde la educación del infante, la coherencia de la ética, es decir la coherencia entre el pensar, el decir y el actuar.

En nuestra época es común encontrar personas y especialmente líderes en altos cargos públicos, privados y de alto impacto social, que piensan una cosa, dicen otra y hacen otra, mintiendo sin sonrojo, a pesar de la visibilidad de sus engaños y manipulaciones; por ello debemos reconocer que en el mundo de hoy, más global que nunca, hay diversos lenguajes morales enmarcados en costumbres y tradiciones culturales pero también en modas y efectos mediáticos oscuros propiciados por el poder de las redes sociales y el mal uso y abuso de las tecnologías.

Ello no obsta cualquiera sea la época, cultura o cuna, para despreocuparnos por la vital importancia de influir en la formación integral de los colombianos de hoy y del futuro, que respeten el valor fundamental de la vida y la dignidad de sus congéneres; es decir el no matar o agredir física ni moralmente a la otra persona y el respetar sus derechos en ejercicio transparente del cumplimiento de sus deberes.

La humanidad no debería admitir culturas violentas, pero ellas están hoy más vigentes que en otras épocas de nuestra historia civilizada¨; en Colombia por ejemplo estas expresiones múltiples de la corrupción y de la violencia se han incorporado por el escaso impacto educativo y por la no satisfacción de los derechos humanos fundamentales.

Tales problemáticas de orden histórico en nuestro país, no solamente han producido rupturas en el tejido social y disminuido la vivencia de los valores de solidaridad, respeto, pertenencia, compromiso, participación e identidad cultural, si no que han dificultado los procesos de gobernabilidad e incrementado los desafíos del Estado, frente a las distintas etapas que han marcado nuestra evolución como Nación.

Superar este oscuro panorama se logrará siempre y cuando rescatemos la importancia de la educación como el vehículo que se prepara para afrontar el diálogo, como la mejor herramienta de la inteligencia humana, que debe interponerse ante cualquier expresión de violencia y cueste lo que cueste, no se debe declinar en su búsqueda; de allí la importancia de una nueva siembra educativa en Colombia.

Nunca como hoy en el desafío de la era Posconflicto por construir, se nos da la oportunidad de crear un mejor futuro para Colombia y ello sólo se logrará con nuestro actuar ético y moral proporcionado desde la familia y afianzado por la educación de nuestros niños y jóvenes.

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