Venciendo la idolatría (ideología) en la universidad contemporánea: Felipe Cárdenas

Venciendo la idolatría (ideología) en la universidad contemporánea: Felipe Cárdenas

Julio/23 Para Cárdenas- Támara, una universidad marcada por la idolatría ideológica tiene graves problemas de identidad y de orden.. es una universidad tóxica. Son universidades que perdieron o están perdiendo sus rumbos misionales…. Cárdenas es director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, y del grupo Centir, de la Universidad de La Sabana

<<Más sabe el diablo por viejo que por diablo>> dice el viejo refrán popular que nos recuerda que la inteligencia y el conocimiento, como la astucia juvenil tienen mucho que aprender de la experiencia de vida que en un contexto institucional se llama historia y en un contexto humano reconoce el valor de  las enseñanzas de los mayores, es decir de los viejos del grupo.  El refrán aplica hoy más que nunca para las instituciones universitarias que necesariamente tienen que recordar su historia, una historia que incluso va más allá de las fechas fundacionales con las que nacieron las jóvenes universidades latinoamericanas, incluso las eclesiásticas y civiles que fundaron los españoles en tierras americanas. 

La Universidad Mayor de San Marcos en el Perú, fundada en el año de 1551, la más antigua de América, es una universidad joven si se compara con las fechas fundacionales de la Universidad de Bolonia (1088), Universidad de Padua (1222), Universidad de Salamanca (1255), la Universidad de Oxford (1096) y la Universidad de París (1215).

Todas nuestras universidades en América son infantes en pañales que caminan gracias a la luz trazada por tradiciones universitarias ancladas en una historia marcada por la influencia de la Iglesia Católica a todo lo largo de la Edad Media.

El anterior referente histórico es fundamental para estructurar el argumento que quiero compartir, si se quiere pensando un poco a la manera de un pensador antiguo o medieval. Presento un texto-ensayo referido a la superación de las idolatrías ideológicas a las que se enfrentan las universidades ideologizadas del siglo XXI, ya sean en el contexto de modelos políticos que las obligan a situarse a la izquierda o a la derecha del espectro político. El concepto de idolatrías ideológicas me permite matizar y precisar el concepto de ideología, que como se sabe es sumamente esquivo y aún no tiene precisión semántica a pesar de todos los esfuerzos que los “ideólogos” de izquierda (Marx) o derecha han intentado en la búsqueda de su precisión lexicográfica. Así, para superar las idolatrías ideológicas, estamos obligados a dialogar con la historia y la tradición, recordando que la institución universitaria en su legado cristiano debe estar orientada fundamentalmente por la búsqueda de la verdad, pero además la novedad de la verdad o verdades que surgen de la empresa de indagación científica y tecnológica, obligan a la institución universitaria a la preservación y conservación de las verdades filosóficas, ontológicas, teológicas, estéticas, morales, como científicas que devienen de lo que se puede definir como los conocimientos clásicos y tradicionales. En suma, la universidad y los universitarios reconocen los valores del mercado (en sí mismo es una institución humana) y los valores del mundo, pero entienden que la realidad no está definida solamente por el mercado, por transacciones económicas o por las necesidades que las masas, -en demandas que desde luego son válidas-,   les quieren imponer al conocimiento humano sembrado y cosechado en las universidades.

En una civilización como la nuestra que está en crisis, afirmación que comparten desde hace más de un siglo los más eruditos pensadores humanos, la historia de la universidad nos recuerda que su configuración institucional se originó en un lapso de tiempo que coincide con la caída del Imperio Romano y con el florecimiento de la posterior Edad Media, donde monasterios, instituciones y ordenes religiosas jugaron un papel fundamental en la preservación de la cultura clásica y en el nacimiento de la ciencia moderna. Fueron monjes y clérigos, amparados por bulas papales y civiles, como gremios científicos los que se dedicaron a transcribir y conservar manuscritos que incluían obras de filosofía, literatura y ciencia. Así mismo en los predios de las nacientes universidades-monasterios se condujeron los primeros experimentos de las ciencias naturales que poco a poco irían configurando la revolución científica y el surgimiento de la ciencia moderna. Las universidades surgieron en gran medida de estas instituciones religiosas, y poco a poco estos centros del saber preservaron y proyectaron el conocimiento emergente, al igual que el conocimiento clásico que se pudo preservar gracias al trabajo ocioso y poco relevante -para la mentalidad tecnocrática de hoy- de miles de monjes copistas que entregaron sus vidas para preservarle a la humanidad el conocimiento también inútil y poco “práctico” de pensadores antiguos que nunca conocieron.

Ahora, si reconocemos la actual crisis de civilización marcada por la idolatría ideológica que pretende orientar nuestras vidas desde los reduccionismos más barbaros e incultos, se reitera la importancia de la historia de la universidad como camino certero para superar las idolatrías de todo tipo que dominan el ámbito de instituciones que hoy se quieren comprender, ya sea a la “luz” de un marxismo distorsionador de la historia, o de un neoliberalismo que desconoce las profundidades psíquicas, culturales y espirituales del ser humano; y donde se termina reduciendo la vida universitaria a la racionalidad de esquemas de poder contables propios o de los complejos industriales militares o de la racionalidad financiera de industrias multinacionales. En ambos esquemas de pensamiento se pierde de vista la riqueza ontológica de la institución universitaria.  Por lo tanto, ese pasado remoto de la universidad clásica nos recuerda y enseña que la historia humana no ha estado marcada exclusivamente por el odio de clases o por el afán de lucro y rentabilidad de la empresa capitalista (Finalmente le debemos mucho a los antiguos y a los medievales). De cierta manera, la institución universitaria puede pensarse como ubicada en un espacio y tiempo meta histórico, claramente anclada en el mundo, pero protegiendo y proyectando saberes, verdades, principios y conocimientos atemporales, como gremios y grupos un poco o mucho de carácter antisocial, pero inspiradores; entidades todas en función de la transformación social, comunitaria y cultural, pero que proyectan unos tiempos que no responden ni al ideal revolucionario del marxismo ni al ideal del bienestar materialista y consumista del ciudadano activo-sumiso-medicalizado y totalmente controlado y esclavo de la empresa neoliberal, que desde luego tiene núcleos sanos en el sentido de la proyección del trabajo humano y de la necesaria generación de riqueza para grupos, familias y la sociedad. Pero la universidad en su más profundo sentido fundacional no es una empresa, ni una industria. La universidad es una forma de vida que proyecta empresas, pero más aún: configura mentefactos, sociofactos y artefactos que no encajan del todo en la racionalidad tecnológica de los dispositivos de control estatistas del capitalismo ni del socialismo. La universidad es una institución política, pero no en el sentido de que esté obsesionada con el poder, sino en el sentido de que como institución política aspira a proyectar los más profundos sentidos de vida y experiencias de orden en el marco del fortalecimiento disciplinar y en el diálogo entre las disciplinas y nuevas áreas de conocimiento emergente, lo que se conoce desde los tiempos de Platón como conocimiento noético y que los Padres de la Iglesia, particularmente los orientales definieron como el despliegue espiritual de la persona humana (noesis).                                                 

La idolatría ideológica es la fuerza por vencer por parte de toda auténtica organización e institución universitaria que aspire a mantener y fortalecer sus lazos históricos y sus vínculos con lo mejor y lo más sano de la civilización occidental.  Profundizar sobre el sentido de las idolatrías ideológicas implica entender, comprender y asumir varias perspectivas que se incluyen a continuación y que tienen que ser consideradas como expresión de toda la riqueza que una sana y auténtica lectura histórica tiene que realizar la universidad, en su proyección de servicio social, en una tarea de clarificación semiótica que no es exclusiva de la universidad, pero que es ineludible como parte de su misión.

1) La noción de idolatría es bíblica. Incluso siendo ateo, no creyente, deísta o incrédulo, el referente más importante desde donde arranca la noción de idolatría se refiere a la experiencia bíblica. Esa experiencia de orden, cuyo eje como hemos afirmado fue fundamental para la configuración de la universidad medieval, parte de situar el problema humano al referir y recordar que los seres humanos se enfrentan siempre a la posibilidad de terminar adorando dioses falsos o dioses inventados  (“haznos un dios que camine delante de nosotros” Ex 32:1). El ídolo es una construcción hecha por el hombre, maase jad haádám (“obra de manos de hombre”), que representa ciertos poderes civiles o sobrenaturales que nos llevan a la violencia y a la destrucción. Los profetas de la Biblia advierten constantemente sobre los peligros de la falsedad y del error, de las falsas ilusiones con las cuales los hombres quieren orientar sus vidas, perdiendo el camino. La idolatría refiere constructos humanos que en el fondo son espejismos. La referencia bíblica es fundamental para superar la idolatría ideológica, la “falacia ontológica”, el “error ontológico” o el “engaño ontológico”, las equivocidades que generan las idolatrías ideológicas que todos podemos estar repitiendo como loros en el aula de clase como en nuestras lecciones magistrales, en nuestros diseños experienciales o en nuestros estudios de caso.                                                                                                      

Una universidad marcada por la idolatría ideológica tiene graves problemas de identidad y orden, lo que hoy la literatura científica etiqueta como universidades tóxicas. Estamos hablando de universidades que perdieron o están perdiendo sus rumbos misionales y cuyos directivos no comprenden la dimensión particular y sui generis que configuran la vida y las formas de orden en toda su complejidad, que estructuran la vida de una universidad.  Una universidad no puede estar marcada por discursos lineales; la experiencia de orden de la universidad no es lineal, nunca lo ha sido, busca el orden no idolátrico, el rumbo ordenado, pero también vive con el caos, con expresiones de vida y relatos apofáticos (más allá del discurso y catafáticos (discurso) que marcan la vida de estas instituciones particulares de la sociedad humana, y que solo se pueden vivir en su expresión plena en el campus universitario.  Cuando una universidad es inspiradora, ella inspira y el claustro se llena de futuros empresarios, de científicos, de artistas, de hombres de bien, que vienen a la universidad precisamente porque esta organización-institución les abre la imaginación, y, además, porque esta organización-institución también aprende de ellos, en un diálogo recíproco propio de la comunidad académica universitaria, formación humana que le da cabida al arte, la ciencia pura, las ciencias sociales. Lo que es un poco siniestro, es pretender que una racionalidad, una escuela de pensamiento termine definiendo ella sola el rumbo de una universidad.

2) Los procesos propios de la vida universitaria en toda su complejidad pueden ser aniquilados por las derivas de las idolatrías ideológicas, cuyos mecanismos justificados desde los reduccionismos ya señalados, no están en capacidad de leer ni comprender en la experiencia “mística”, inoficiosa y ociosa los contenidos plenos que se viven en una universidad en sus relaciones hacia adentro (ad-intra)y hacia afuera (ad-extra). La institución universitaria en su expresión mística, mira hacia arriba, en miradas realistas, que también conciben lo utópico, sin abandonar el mundo de abajo y la construcción, como el servicio concreto de cosas y acontecimientos que le otorgan ricos significados a todos los miembros de la comunidad universitaria y de la sociedad. El lenguaje místico del que hablamos como expresión de la vida implica imperativos transformadores de orden personal, familiar y comunitarios. Es decir, la universidad idealmente debe toca corazones y vidas, desde una proyección de mejoramiento cualitativo de las estructuras de vida y acogida de la sociedad, situándose en condiciones existenciales que van más allá de las idolatrías ideológicas del marxismo o del neoliberalismo empresarial. La universidad es una institución beligerante, es profética dado que tiene que lidiar con la violencia y los despojos heredados que generan las idolatrías ideológicas- con las cuales deberíamos de estar muy familiarizados en Colombia y América Latina-, como los consumos irracionales que los ídolos del mercado proyectan en el lavado de cerebro de las masas, en bucles que frenan e inhiben la proyección noética y espiritual del ser humano en todo su potencial.     

La vida universitaria no se puede supeditar a los dictados de la moda, a lo que dice el ultimo gurú del marketing, del coaching o de los negocios. Las idolatrías ideológicas generan estancamiento, enfermedad, delirios y empobrecen los significados de la realidad; sus signos son posesivos, llevan al aferramiento, a la posesión idolátrica, a la perversión ontológica, a la deriva sectaria y la violencia simbólica del discurso interpretativo dominante de corte efectivista, que cree estar hablando de paz o progreso, cuando toda su intertextualidad, habla de violencia y de eliminar el disenso que se aparta del pensamiento oficial (el propio, el mío-el autoreferenciado por el jefe), contrarrestando y frenando el carácter fluido del don universitario, de la honestidad intelectual, cuya fluidez, como las aguas maternales y nutricias es ilimitada, fecunda, puro poder creativo, amoroso  y omnisciente, nada controlador. La vida universitaria en su sentido pleno tiene mucho de misterio, de juego sagrado, nuevamente de don, de encuentro, de conversación entre amigos no mediada por el sentido de la utilidad, de la rentabilidad, de la ganancia. Las idolatrías ideológicas como afirman los profetas destruyen, despojan, generan ansiedad, enfermedad, violencia, subdesarrollo.

Así dice el Señor DIOS: `Basta ya, príncipes de Israel; dejad la violencia y la destrucción, y practicad el derecho y la justicia. Acabad con las extorsiones que hacéis a mi pueblo’, declara el Señor DIOS (Ezequiel 45:9).

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