Oct/24 Cárdenas-Támara, Director Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente de Unisabana y observador de este portal, ante los nuevos desafíos de la institución universitaria, el ecosistema universitario tiene que estar a la vanguardia sin perder su carisma original.
Introducción
¿Para qué la universidad, cuáles son sus sentidos? Una pregunta que puede pensarse como retórica e inoficiosa, pero que no es para nada banal. Una precisión etimológica nos puede recordar los sentidos de la vida universitaria en el marco de un planteamiento que comprende la vida universitaria como condicionada por criterios paradigmáticos. Es decir, la universidad es un paradigma. Con referencia a lo anterior, y apoyándome en la definición de paradigma del Diccionario de la Real Academia, ella es un modelo, arquetipo, canon, teorema, ejemplo, muestra, pauta, canon. Una organización marcada por una riqueza conceptual y nocional que supera cualquier definición que brindemos sobre su naturaleza. Lo más preciso es afirmar que la universidad es un universo. Si seguimos con las definiciones de la RAE, la segunda definición más utilizada sobre el concepto de paradigma afirma lo siguiente: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento” (RAE, 2024). Por lo tanto, la universidad como universo resuelve problemas y avanza el conocimiento humano en una labor científica y filosófica marcada por trabajos colectivos que agrupan comunidades de científicos.
Y si seguimos ahondando en el pozo universitario desde un horizonte etimológico, se nos va precisando el sentido misional e histórico de la universidad:
“La raíz de “universidad” es “universo”, es decir, la suma de todo, el cosmos, que fue tomado prestado, en francés antiguo, del latín “universum”. Esa palabra latina combina nuestra amiga “vertere” (girar) con “uni” (uno) para dar un sentido básico de “convertido en uno” o “todos juntos”. El término “universidad” en nuestro sentido escolástico moderno data del siglo XIV y originalmente se refería a la reunión de varias sociedades académicas, gremios, cuerpos estudiantiles y similares dentro de una organización de aprendizaje. El objetivo de tales “universidades” era ofrecer educación superior estructurada en una variedad de materias no vocacionales y otorgar títulos a los graduados” (Tomado y traducido de Theureau, Henri, 2024).
Se puede afirmar que la universidad es un universo, cuyo contenido está marcado por la diversidad de asociaciones, gremios académicos, conocimientos y diversidad de grupos humanos (maestros, estudiantes, aprendices) que la configuran. Se hace importante recordar estos horizontes históricos y etimológicos si aceptamos que la universidad viene convirtiéndose, tal como señala Carlos Hoevel (2021), en el imperio de la tecnocracia global, cuya acción hoy la quieren definir los extremos ideológicos, ya sea de posiciones de extrema derecha o izquierda, olvidando el sentido misional de la universidad como paradigma de universo.
Ese núcleo fundacional, dado el carácter no dogmático de la universidad se puede enriquecer y profundizar a la luz de los avances del conocimiento humano y no humano (inteligencia artificial, machine learning y desarrollos de la biosemiótica como expresión del campo perceptivo y vibratorio de lo no-humano en cuanto organizaciones de lo biótico y lo no-biótico). Volveremos a este tema.
Breve semblanza del problema
Por ahora, es preciso recordar que el núcleo misional de la universidad se encuentra amenazado por la imposición de lógicas unidimensionales que apelan a racionalidades que no representan la riqueza del universo universitario como paradigma. Es decir, el riesgo y la mayor amenaza a la que está enfrentada la universidad es al desconocimiento, o no reconocimiento, de las múltiples experiencias intelectuales, culturales y humanas que configuran la universidad en sus múltiples modelos universitarios. La amenaza es de orden ideológico, y como toda ideología, su efecto es desfigurar la naturaleza de la vida universitaria, como de la propia naturaleza de lo humano al someterla a un proceso de corrección editorial, (por usar una metáfora) cuyas notas particulares, implican transformar todo el texto (paradigma universitario) filtrándolo a los mandatos de un editor que no comprende la esencia del mensaje del libro que se le entregó para corregir, sin abusar de su labor editorial.
La anterior referencia se entiende para las personas que hemos tenido que sufrir en carne propia, el accionar de editores irresponsables que corrigen tanto la obra que se les ha dado, que al final entregan un borrador totalmente irreconocible para el autor. Nos ha pasado a muchos. Esa metáfora viene a colación porque nos sirve para captar lo que puede estar pasando con la universidad a nivel mundial. Usando imágenes más fuertes, podemos referirnos al proceso, como una suerte de mutilación cultural del universo universitario. Al final del proceso, el libro llamado universidad pierde todo su colorido y se convierte en un gran garabato marcado por el activismo y el performance de los indicadores de rendimiento, la sumisión acrítica a las palabras pronunciadas por las misiones de sabios y la claudicación absoluta a los criterios unidimensionales de medición de la calidad educativa motivada por las acreditaciones institucionales, que como señala el profesor titular de la Universidad de Antioquia, Rodrigo Jaramillo Roldán configura léxicos de la deshumanización (Jaramillo, 2015, La calidad de la educación: Los léxicos de la deshumanización).
La universidad puede perder su identidad, puede terminar claudicando. El llamado universo-universidad se arrodilla ante el mundo de los negocios, ante el Estado y ante las demandas de una sociedad que nunca supo comprender ¿cuáles eran los sentidos ecosistémicos de vida de la universidad, la peculiaridad de sus nichos, mutualismos, simbiosis, realidades invertidas?
Ampliando el paradigma universitario
Primer axioma: La institución universitaria no está fosilizada en el tiempo. Su núcleo fundacional se enriquece de los diversos universos que configuran sus formas de vida. Como institución y organización, su sentido misional tiene continuidad con las bases fundacionales que he señalado en el apartado etimológico, cuyo sustrato experiencial, no es del todo definible en el marco de las filosofías positivas de la ciencia, es decir, la universidad, como institución, y me refiero a las grandes universidades, están marcadas por el misterio, lo indefinible y cierto sentido del ocio que es incomprensible para los señores feudales del negocio y de la guerra. ¿Por qué sucede esto? Respuesta: Porque la universidad además de paradigma es una revolución permanente que desafía a su propia comunidad y a la sociedad en su conjunto con las verdades del conocimiento.
La aparición de las universidades fue un proceso revolucionario para la humanidad. Todo proceso revolucionario está marcado por un dato inédito en la historia del ser humano. En la universidad confluyen la inventiva, la creatividad y la innovación. Además, es una institución que mira el pasado, que tiene memoria histórica y valora la conservación de saberes, artes y técnicas que marcaron la historia humana. Es decir, dialoga, promociona y conserva lo mejor de la civilización humana. Su capacidad inventiva fomenta la imaginación, la fantasía, la inspiración, el talento y el genio en el marco del conocimiento y del reconocimiento de los campos constitutivos de lo real, la realidad e incluso la irrealidad. En lo económico, su función de ocio proyecta negocios valiosísimos y un sentido de la riqueza material y espiritual, que tiene como tarea y función la ampliación del campo perceptivo y de la conciencia humana.
Nuevos desafíos
La universidad tiene como tarea pendiente, en estos tiempos digitales, proyectar movimientos educativos descentralizados, que le proporcionen a la humanidad un token, es de decir nuevas monedas-códigos, economías descentralizadas de conocimiento universal por su sentido de valores societarios compartidos. La universidad en dicho horizonte está conectada con la realidad, con el futuro y con la justicia social de toda la humanidad. Inspirándose en la descentralización que viene suscitando la aparición de una nueva economía sujeta a la descentralización de todos los procesos económicos, por la vía de la aparición de nuevas geografías virtuales, por poner un ejemplo, la aparición de las criptomonedas en la era digital que al igual que la inteligencia artificial, el machine learning son acontecimientos revolucionarios en la historia de la humanidad y que la universidad está llamada a potenciar.
Entonces, la universidad tiene que proyectar un universo más descentralizado, lo que implica probablemente la desaparición de infraestructuras físicas y construcción de edificios costosos, pero si más inversión en redes de conocimientos, blockchains educativos, y flujos descentralizados de educación que están por ser construidos y que desafían a la educación en remoto, ya sea en su modalidad sincrónica o asincrónica. Estamos en el comienzo de una revolución educativa, cultural y económica que tiene que pensarse a la luz de criterios de sostenibilidad ambiental, por los costos que acarrea el sostenimiento energético de todas las redes digitales de conocimiento que se están desarrollando. La nueva era digital tiene un profundo impacto ambiental que tiene que minimizarse y pensarse desde criterios de sostenibilidad energética y ambiental, lo cual se traduce en la necesidad de pensarse todo lo mencionado a la luz de una economía verde, solidaria y subsidiaria.
En estos nuevos planos, cadenas, redes, y capas, los modelos unilineales de universidades de primera, segunda y tercera generación ya son obsoletos, puesto que las nuevas geografías virtuales permiten diseminar el conocimiento, rompiendo fácilmente el camino de los diplomas universitarios, y rompiendo de tal manera el control social jerárquico decisional marcado por la pirámide burocrática que organizó las empresas en rígidos mandos de control marcados por los esquemas de poder situados en marcos decisorios y esquemas de arriba hacia abajo. Los nuevos lenguajes y cartografías digitales, como el Internet, han horizontalizado el acceso al conocimiento, cuya primera etapa fue la educación por correspondencia en el siglo XIX. Las universidades físicas tendrán que transformarse, como los bancos y el sector financiero, el Estado y las corporaciones si quieren sobrevivir en la era digital. Las nuevas realidades implicarán que los bancos y el sector financiero tendrán que pensar más en el bienestar del cliente, generando economías más solidarias y justas con la sociedad y el planeta (Por ejemplo, inversiones digitales como las promovidas por Bancolombia tienen que ajustarse y entender los errores que cometen sus clientes y permitir calibraciones en función de los clientes y no solo en función de los intereses del banco). Los Códigos de Comercio, como los Códigos laborales de nuestras sociedades y países, tienen que ser revisados en función de la defensa del consumidor en la era digital. La labor de un miembro de la comunidad académica tendrá que vislumbrarse más allá de la actual condición de subordinación que plantean los códigos sustantivos de trabajo. Las oportunidades son infinitas si el Estado se reinventa, y pasa a operar como actor que promociona la sinergia con todos los actores de la sociedad, superando los esquemas de un Estado patrimonial y rentista que vive de la iniciativa privada principalmente.
El Código Universitario como lenguaje, tiene que estar atento al surgimiento de nuevos lenguajes, básicamente de carácter descentralizado. En lo cotidiano, eso implica toda una nueva cultura organizacional, marcada por mapas, redes, formas de trabajo, asociación y educación, que aún no alcanzamos a vislumbrar del todo. Quizás los universos más inspiradores están en los resultados alcanzados por las ciencias de la Tierra, el mundo generativo de los blockchain, los apasionantes descubrimientos que se suceden en el campo de la semiótica, la biosemiótica y las ciencias del lenguaje humano y cibernético.
Cada universidad tendrá que construir su propio marco de referencia, su ecosistema diferenciado; sus potenciales clientes evaluarán cada oferta universitaria en función comparativa desde el marco referencial de orden digital, mediado por la inteligencia artificial y los procesos de machine learning desde la perspectiva de la generación de riqueza material y moral. El factor moral y ético (el viejo decálogo עֲשֶׂרֶת הַדְּבָרִים) deberá tener prevalencia en la misión de las mejores universidades, desenmascarando todos los discursos de la violencia y de las ideologías de la cancelación hoy tan proclamadas desde las pseudociencias. Las humanidades y las ciencias sociales tendrán que incorporar el lenguaje digital si quieren sobrevivir en estos nuevos tiempos. Así, todos estamos llamados a tener, además de la alfabetización ambiental y financiera (que no tenemos), una alfabetización digital que nos facilite crear conocimiento desde la articulación con sistemas digitales muy poderosos, cuya genialidad implica interconexión en redes jerárquicas de recursos y cuyas huellas son la producción de inteligencia, muy ligada a la computación y al uso de lenguajes cibernéticos, que aprovechen los datos, las capacidades de almacenamiento (Todo el conocimiento de la humanidad, almacenado en un microchip del tamaño de un átomo de hidrógeno o incluso más pequeño) hasta el infinito desde complejos ecosistemas cibernéticos.
El ecosistema universitario tiene que estar a la vanguardia de todos estos temas, pero no puede perder su carisma original. Los mortales seguiremos manejando el proceso (idealmente), en el horizonte de mercados digitales orientados hacia el progreso de la sociedad. El ecosistema-universo universitario debe de garantizar que los beneficios del conocimiento y de la aparición de nuevas mercancías-símbolos-tecnologías, como por ejemplo la inteligencia artificial, beneficien a la sociedad en su conjunto, garantizando que la propiedad intelectual, desde visiones universitarias comprometidas, en manos de mortales, se inspire en procesos de planeación y gestión situados en esquemas de abajo hacia arriba, desafiando y desmontando esquemas de control social que siguen reproduciendo la planeación desde arriba hacia abajo y para los cuales las universidades se gastan enormes porcentajes de sus presupuestos económicos y financieros. Los mortales, y los directivos universitarios, mucho tenemos que aprender de los nuevos lenguajes digitales, y paradójicamente de cómo funciona la inteligencia artificial y el machine learning, procesos que hoy ya desafían los esquemas decimonónicos del taylorismo y el fordismo, fuerzas ptolemaicas que están en la base de la industria y le tecnocracia universitaria, potencias que se resisten a desaparecer. ¡¿Por qué será?!
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