IA y pereza mental, entre el deterioro del esfuerzo cognitivo y la recuperación de la Academia: Leni Viviana Murcia y  Johnny Alexander Uribe

IA y pereza mental, entre el deterioro del esfuerzo cognitivo y la recuperación de la Academia: Leni Viviana Murcia y Johnny Alexander Uribe

Junio/25 Los docentes Murcia Naranjo[1] y Uribe Ochoa[2], cuestionan el cambio en la cultura académica con la llegada de la IA y su incidencia en una actitud pasiva de los estudiantes.

En los pasillos, cada vez más silenciosos de las universidades, algo fundamental se está desvaneciendo. No es la tecnología, que avanza sin cesar, sino la voluntad de pensar. El aula, que antaño fue un espacio de debate, disertación intelectual, de dudas incómodas y fricciones enriquecedoras, hoy parece dominada por una extraña quietud. Esta pasividad proviene del estudiante que ya no se angustia ante la complejidad, pues sabe que puede obtener respuestas inmediatas a cualquier pregunta en Chat GPT, Copilot, Gemini o cualquier otra inteligencia artificial generativa.

La escena se repite constantemente: trabajos elaborados por máquinas, respuestas copiadas sin asimilación real, conceptos memorizados sin una verdadera comprensión. Los textos se copian y pegan sin el mínimo esfuerzo crítico o reflexivo y, en la mayoría de los casos, sin una revisión gramatical básica. Esto, paradójicamente, lleva a los docentes a leer con frecuencia frases como: “puedo ayudarte en algo más – Chat GPT”.

El discurso que justifica esta práctica está impregnado de pragmatismo: “La IA me ayuda a optimizar el tiempo”, “Solo la uso como apoyo”, “Es fácil y rápido. Así será el mundo laboral”. Sin embargo, detrás de estas frases se esconde una verdad incómoda: lo que se optimiza no es el tiempo, sino la evasión del esfuerzo cognitivo. La IA no se utiliza como una herramienta de expansión del conocimiento, sino como un medio para evitar procesos mentales complejos. Mal utilizada, se convierte en el motor de la pereza mental estudiantil.

En este contexto, el estudiante no es autor, sino un gestor de fragmentos generados por una máquina. Se habitúa a recibir ideas que no ha creado, a defender argumentos que no ha elaborado y a firmar textos que no ha sustentado. De este modo, el acto de aprehender pedagógico pierde su dimensión formativa. Deja de ser un proceso de transformación interna del conocimiento para convertirse en una simple recolección automática de información útil, desprovista de significado, experiencia y profundidad para los estudiantes.

El estudiante, en lugar de apropiarse del conocimiento, se convierte en un intermediario pasivo de contenidos. No hay una verdadera “digestión” del saber. Por lo tanto, este fenómeno no es anecdótico ni casual. Tiene raíces profundas en una cultura educativa que, durante décadas, ha priorizado la respuesta correcta sobre la pregunta genuina, la nota sobre el significado, y la eficiencia sobre la comprensión profunda. Así es como la IA lleva esta lógica al extremo: si lo importante es entregar algo, ¿para qué pensar? ¿para qué desgastarse si la máquina lo hace? ¿para qué leer o intentar escribir si la IA lo redacta por mí? ¿para qué revisar lo que voy a entregar al docente, si creo ciegamente en lo que la IA menciona? En este escenario, los estudiantes no son sujetos pensantes, sino meros operadores del “prompt”.

Un estudiante que no se enfrenta a preguntas complejas, a contradicciones ni a un acompañamiento en procesos de investigación auténticos, simplemente aprende a sobrevivir con lo mínimo: entregas puntuales, textos que “suenan bien” y una dependencia constante de la IA como muleta intelectual. En otras palabras, cuando el entorno no desafía, la mente se apaga.

Además de la preocupación por la extrema pereza mental que sufren los estudiantes por el uso incontrolado y sin propósito de la inteligencia artificial, existe un cuestionamiento constante sobre la irrisoria inversión de las universidades en infraestructura y formación docente.

En la práctica, nos enfrentamos a estudiantes que eluden el pensamiento, pero también a docentes atrapados en un tiempo pedagógico que no dialoga con el presente, y a instituciones de educación superior que prefieren hablar retóricamente en congresos internacionales sobre inteligencia artificial en lugar de invertir en tableros inteligentes, televisores smart, computadores modernos, o destinar horas del plan de trabajo de los profesores para que puedan capacitarse en el uso de programas, herramientas y técnicas pedagógicas apoyadas en la tecnología.

Por tanto, es común encontrar docentes que, sin herramientas tecnológicas actualizadas ni formación crítica en el uso de la IA, se ven obligados a improvisar en una clase que cada vez responde menos a los cambios tecnológicos y sociales. En lugar de espacios para el diálogo, las clases se convierten en monólogos rutinarios y repetidos con poca energía ante un público cada vez más desconectado.

La paradoja es grave y nos cuestiona profundamente: por un lado, los estudiantes acceden a modelos lingüísticos artificiales que pueden generar respuestas en segundos; por otro, los docentes a menudo solo cuentan con proyectores obsoletos o pizarras deterioradas. Mientras la tecnología avanza a un ritmo acelerado fuera del aula, dentro de ella predomina una pedagogía que, en la práctica, resulta insuficiente y que replica los modelos pedagógicos de hace más de 200 años. La institución educativa actual no cultiva el juicio crítico, sino la obediencia formal. El verdadero aprendizaje requiere duda, error, repetición, lentitud e incluso aburrimiento. Sin esa fricción, el conocimiento no se forja.

El problema no se resuelve con prohibiciones ni discursos moralistas sobre el “uso debido” de la tecnología. Requiere una profunda renovación del ecosistema educativo. Es necesario invertir en tecnologías e infraestructura al servicio del pensamiento, sí, pero sobre todo en metodologías que restauren la experiencia viva del aprendizaje.

Es crucial capacitar al profesorado para que entienda la IA no como un enemigo, sino como un aliado crucial. Debemos integrar herramientas digitales que inviten a investigar, cuestionar, simular y construir hipótesis. Crear clases que no estén diseñadas únicamente para recibir información, sino para elaborar y comparar ideas, para encender la chispa de la curiosidad.

No se trata de prohibir la IA ni de condenar su uso. Se trata de exigir que el estudiante y el docente no renuncien a su rol crítico. El uso de estas herramientas no debe ser una barrera para el pensamiento reflexivo, sino un punto de partida para un pensamiento más riguroso. Es fundamental enseñar a consultar la IA, pero también a cuestionarla.

Las instituciones de educación superior deben ser, más que nunca, un espacio donde la lentitud del pensamiento se defienda frente a la velocidad de la respuesta. Donde una pregunta bien formulada se valore más que un texto perfecto generado en segundos. Desde allí, debemos recordar que el conocimiento, cuando no se conquista con esfuerzo, no se transforma.

Si las instituciones de educación superior siguen operando con la lógica del pasado —sin actualizar metodologías, sin invertir recursos ni revitalizar sus métodos—, serán superadas por las máquinas, pues de por sí ya están siendo ignoradas por un nicho cada vez más pequeño de matriculados y, posiblemente, se convertirán en instituciones en vías de extinción. Se reitera, no se trata de competir con la IA, sino de enseñar al estudiante a pensar por encima de ella, a ser verdaderos “curadores y artistas” de la información para producir conocimiento. La formación no consiste en reproducir contenido, sino en discernir, conectar, crear y generar conocimiento original.

El futuro de la educación superior no depende únicamente del acceso a la tecnología, sino de la valentía institucional para redefinir el significado de educar en un mundo automatizado. Las instituciones de educación superior deben recuperar su lugar como espacios donde se cultivan el juicio, la lentitud reflexiva y la incomodidad intelectual. La universidad debe volver a ser un lugar de interrupción. Un espacio donde la lógica del desempeño se detenga para abrir camino al pensamiento. Pensar no es producir, es resistir. En esta era de aceleración infinita, donde cada pregunta busca respuesta con un clic, la mayor resistencia es tomarse el tiempo. Permanecer en la duda.

Si los estudiantes no reflexionan sobre ello, no es solo porque no puedan, sino porque el sistema no se los exige. La IA se convierte en una metáfora perfecta del estado actual de la educación: respuestas sin preguntas, resultados sin procesos, eficiencia sin sentido. Pero la tarea de educar no consiste solo en dar respuestas, sino en despertar la necesidad de formularlas. No se trata de simplificar el mundo, sino de expandirlo. No se trata de adaptar al sujeto al sistema, sino de hacerlo capaz de interrogarlo.

La universidad, si quiere seguir siendo un “lugar del espíritu”, debe ser el bastión de lo aparentemente “inútil”, lo contemplativo, lo improductivo, porque allí germina la libertad. En la era de la inteligencia artificial, la cuestión no es si podemos crear y operar tecnología por nosotros mismos, sino si estamos dispuestos a seguir haciendo lo que nos corresponde como humanos–crear, reflexionar, dudar-. Porque un mundo sin pensamiento crítico no es un mundo más inteligente: es simplemente un mundo más dócil.

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[1] Abogada, especialista y magíster en Derecho Público. Candidata a doctora en Derecho. Docente universitaria, investigadora y consultora.

[2] Abogado y filósofo, magíster en Derecho Administrativo. Doctor en Derecho. Docente universitario, investigador y consultor.

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