Sept/25 Lopera, director de www.universidad.edu.co muestra cómo el retroceso en la matrícula y el protagonismo de las universidades tradicionales se explica en su incapacidad de adaptarse a las nuevas realidades.
Las más tradicionales universidades del país -especialmente las privadas- (es decir, las que fueron fundadas hace más de 50 años, tienen renombre, posicionamiento de sus programas y egresados, algunas figuras destacadas en el ámbito nacional y con grandes instalaciones físicas), siguen siendo caras y están acreditadas, al tiempo que han crecido sustancialmente en número de programas, pero no como una forma de expansión sino para disimular el congelamiento de su demanda (hoy tienen un número similar de estudiantes a los que tenían hace una o dos décadas, pero con muchísimos más programas) y su aparente parálisis e incapacidad de renovarse, de innovar, de romper paradigmas y de liderar el sector.
Por número de estudiantes, entre las 10 IES privadas más grandes del país, hay siete que no son tradicionales; y de esas siete solamente dos no tienen acreditación institucional, lo que ratifica el hecho que tener acreditación cada día deja de tener más preponderancia e importancia práctica. Además, generalmente la mayoría de esas universidades “tradicionales” grandes optan por trabajar solas, o únicamente asociadas con una o dos de sus similares, pero no les gusta “juntarse” con las demás, mientras que las que más han crecido y más protagonismo sectorial van alcanzando son las que más están aportando a las asociaciones de IES, a programas gubernamentales, al desarrollo de la virtualidad, a las alianzas internacionales, a nuevos formatos educativos, y a la presencia en la mayor parte del territorio nacional.
La desaceleración de muchas de esas grandes universidades va más allá de un tema de mercadeo y de relacionamiento. Las IES que las han superado en oferta y matrícula han ido donde está el estudiante y no se han quedado esperando a que éste llegue; han comprendido que los directivos y académicos también deben hacer gestión y comercialización; superaron erróneos prejuicios de la educación virtual (pero no solo por ofertarla, sino por diseñar un modelo que realmente asegure el aprendizaje y no que basta con crear y crear programas virtuales); y comprendieron que los planes de estudio deben responder más a las expectativas y necesidades de los estudiantes.
Entre tanto, el principal problema de muchas de estas universidades privadas tradicionales hoy estancadas (generalmente las de comunidades religiosas, grupos familias y gremios profesionales, generalmente de una sola disciplina -como abogados, ingenieros, médicos..) es organizacional y, sobre todo, cultural.
Son instituciones que se durmieron en su buen nombre; que aún son análogas en la mayoría de sus procesos; que son miedosas para cambiar; que no supieron gestionar la transición a una nueva generación de directivos e hijos de fundadores; que cada día les sobran más metros cuadrados construidos y menos utilizados por el bienestar y la academia; que se llenaron de burocracia (parientes, amigos, asesores, parejas afectivas de directivos y pesos muertos que poco o nada ayudan a aligerar el peso institucional y, por el contrario, recargan la nómina); que parece no haberse dado cuenta que el mercado educativo de hoy corresponde al de una universidad más democrática y menos meritocrática y selecta; que sus académicos aún creen que son los dueños del conocimiento y se han vueltos retrógrados en sus formas de enseñanza y evaluación; que aún confunden exigencia con deserción; que callan ante la mediocridad y la falta de resultados de sus vacas sagradas; que creen que fuera de su círculo familiar, religioso, o de mirada disciplinar no pueden hallar otras visiones que los saquen del fango; que mantienen muy altos valores de matrícula para una población que cada vez corresponde más a los estratos bajos de la población, porque los de estrato alto prefieren irse del país o buscar otras alternativas de estudio; y que creen que la mejor forma de administrar es aumentando requisitos, exigiendo generar recursos sin un debido soporte para ello, bajando salarios y fregándole la vida a los académicos a cambio del chantaje de mantenerles el trabajo.
En cambio, las instituciones que más han evolucionado y se han ido adueñando del mercado son -en una mirada positiva- humildes; sus académicos y directivos se arremangan y se le miden a casi todo; la mayoría de sus procesos son digitales; se preocupan por tener buenos climas de trabajo, pero con rendición de cuentas, premios y -eso sí- limitaciones o castigos para quienes no rinden; ofrecen atractivos incentivos por productividad, aumento de matrícula, generación de ingresos por otras actividades y diversos; tienen muy pocas o nulas “corbatas (o empleados que no hacen nada); dan la posibilidad de ascender laboralmente, sin chocarse con el amigo, el pariente, el colega o un íntimo de la alta dirección; se atreven a desarrollar permanentemente nuevos proyectos, así no todos funcionen; no son egoístas para compartir experiencias interinstitucionales o, incluso, reconocer su desconocimiento en algunos temas; y no tienen sesgos culturales, sociales, clasistas, de nombre o imaginario para reunirse con otras IES a trabajar; son conscientes que ya no deben esperar al estudiante, sino que deben ir por él; y, tienen algo en común: Se complacen con el servicio al estudiante, la inclusión y la oportunidad educativa, más que con la historia de su nombre o las gestas de antecesores (generalmente fallecidos) y los primeros lugares en los rankings.
Bien dijeron hace más de dos décadas los académicos norteamericanos Hamel y Valikangas, en Harvard Businees Review -en una descripción perfectamente aplicable a estas universidades, con serios síntomas de entrar en coma: “Las organizaciones fracasan cuando merecen fracasar, es decir, cuando han mostrado ser consistentemente incapaces de cumplir las expectativas de sus partes interesadas. Un pasado noble no otorga el derecho a un futuro ilustre. Las instituciones sólo merecen perdurar si son capaces de soportar la ofensiva de las nuevas instituciones. La libertad de una sociedad para crear nuevas instituciones es su póliza de seguros contra la incapacidad de recrear las instituciones antiguas”.
Si no se pellizcan, será el libre mercado y sus resultados los que caven la tumba de IES que, otrora, eran admiradas y hoy comienzan a ser vistas con lástima.
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