La Universidad, más allá de profesores con PhD: Eduardo Behrentz

La Universidad, más allá de profesores con PhD: Eduardo Behrentz

Nov/25 Behrentz, exvicerrector de Los Andes y presidente del Grupo Incap, advierte, en Portafolio, cómo deben replantearse los estándares y considerar que no hay un único sino muy diversos modelos para hablar de universidad.

En Colombia, como en otras partes del mundo, las universidades prestigiosas suelen presentarse como motores de movilidad social. Sin embargo, al estudiar detenidamente, se observa que muchas refuerzan las inequidades que dicen combatir. La educación superior es, en buena medida, un espejo del origen socioeconómico: quien nace con ventaja, la mantiene.
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Diversos estudios del Banco Mundial y del Ministerio de Educación Nacional (MEN) muestran cómo los jóvenes de estratos altos concentran la matrícula en las universidades acreditadas de alta calidad, mientras los de menores ingresos suelen asistir a instituciones regionales de menores recursos y visibilidad. Y, sin embargo, son estas últimas las que asumen la tarea más compleja: formar a quienes el sistema escolar ha dejado atrás.
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Hoy sabemos que, en general, las instituciones de élite no generan mayores avances entre los exámenes Saber 11 y Saber Pro: quien entra en percentil 95 sale en 95. El mérito, en ese caso, fue nacer en el hogar correcto. De esta forma, el verdadero desafío no es reclutar a los mejores, sino formar a quienes más lo necesitan, nivelarlos y dotarlos de las competencias que su entorno primario no les pudo ofrecer.
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Este debate se hace más urgente a la luz del nuevo modelo de acreditación de alta calidad. Pese a múltiples mejoras y al objetivo declarado de reconocer la diversidad institucional, varios de los criterios siguen privilegiando un solo tipo de universidad: la de profesores con doctorado, aulas pequeñas, alta inversión en investigación y vínculos internacionales. Esto parece bien, pero es un modelo costoso y clasista, inspirado en estándares que no necesariamente atienden las necesidades de nuestros jóvenes.
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Vale precisar que esta no es una crítica a la universidad de élite. Yo mismo hice parte de ese mundo durante casi dos décadas y sé que el país necesita formar a sus líderes intelectuales, políticos y empresariales con rigurosidad y acceso a la frontera del conocimiento. Pero debemos entender que esta no es la única excelencia posible. Las instituciones regionales, técnicas y virtuales cumplen otra misión igualmente valiosa.
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El sistema de educación superior no puede medirse bajo un único modelo. En el mundo anglosajón, que tanto admiramos, conviven universidades de investigación, colleges e institutos vocacionales; que son distintos y complementarios. Pretender que todos hagamos lo mismo es evaluar a un portero con las estadísticas de un delantero: absurdo e injusto.
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La suma de universidades diferentes (desde prestigiosos centros de investigación hasta programas virtuales en lugares remotos de nuestra geografía) es lo que hace fuerte al sistema. Cuando el Ministerio de Educación Nacional, MEN, logre valorar estas diferencias y las incorpore en sus esquemas de acreditación y registros calificados, habremos dado un gran paso para que la educación terciaria sirva su verdadero propósito de movilidad social.

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