La universidad ante el delirio: Felipe Cárdenas Támara

La universidad ante el delirio: Felipe Cárdenas Támara

Feb/26 Frente a delirios políticos, en Latinoamérica, Cárdenas, Director del Observatorio Iberoamericano de Sociopolítica, Cultura y Ambiente de la U. de La Sabana, llama a recuperar desde la Universidad principios, pensamiento axiomático y formación crítica contra autoritarismos y mesianismos destructivos.

“Echo un vistazo a mi vida y pienso que soy una especie de moralista, al igual de Don Quijote o Sancho Panza”.

Kenzaburo Óe

Introducción

Voy a desarrollar la idea del delirio. El delirio, como patología social que la universidad tiene que ayudar a superar. El delirio en su definición refiere el desviarse del surco recto. Para el caso de nuestro continente, los ejemplos delirantes los brinda con claridad la historia. La universidad tiene que estar atenta a estudiar el delirio, como expresión del desorden y del caos, y también como código del orden. El desorden político y ético que se vive en nuestras naciones, marcadas por la proliferación de corrupción y de políticas de muerte, debe ser objeto de estudio minucioso y riguroso. Como expresión de un futuro anclado en el presente y en la historia, tenemos que superar desde claros planteamientos educativos y políticos el legado de violencia, miseria e ignorancia que hace parte de la política delirante de los caudillos políticos de nuestros países.  

Sobre el tema, el antropólogo colombiano Carlos Granes (1975) nos proporciona un lúcido recuento de los delirios políticos y culturales que ha vivido América Latina a lo largo del siglo XX.  Su libro Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina narra de manera elocuente y minuciosa las intrincadas relaciones entre cultura y política en el continente a lo largo del siglo XX y a inicios del siglo XXI. Su relato nos ayuda a comprender el funesto lugar que han ocupado los proyectos políticos, ─que el libro define como delirantes─ tanto de izquierda como de derecha, en el entramado mesiánico, populista y autoritario que ha marcado el camino social y político de las naciones del continente. 

Las conexiones que establece Granes desarrollan un recorrido valioso, centrado en figuras políticas como José Martí, César Vallejo, Nahui Olín, Juan Domingo Perón, García Márquez, Doris Salcedo o Caetano Veloso y Fidel Castro. El profundo recorrido del libro identifica las mentalidades y los movimientos culturales y políticos, en sus sinos erráticos, que explican la delirante construcción política que puede ayudarnos a comprender el debacle social y político de naciones como Cuba y Venezuela, como también los mesianismos políticos que se viven en Colombia y las propuestas de milicianización de la sociedad colombiana, con sus embriagados y violentos legionarios de la primera línea que fácilmente se pueden convertir en colectivos civiles armados, calcados sobre los matones o células bolivarianas que han colaborado en la destrucción de la democracia en Venezuela.  

Estos delirios promueven la destrucción de países llenos de posibilidades; inmensas masas de la población se ven arruinadas por la imposición de ideologías centradas en el odio y la violencia, como en la destrucción institucional.  Es un libro valioso, cuyas casi 600 páginas llevan al lector por un apasionante recorrido histórico, político y cultural, que cumple la función de darnos a entender las fallas y equivocidades que la sociedad americana ha cometido en lo referente al orden que han querido desplegar proyectos políticos utópicos, mesiánicos y caudillistas; los cuales nos ha impedido construir sistemas socioculturales robustos, democráticos y ricos, basados en el imperio de la ley, ética y el respeto por la vida humana y no humana.  

El libro hace un aporte fundamental en la comprensión de los lazos existenciales e históricos que han configurado el ethos del victimismo latinoamericano frente al mundo hispánico o en nuestras relaciones con potencias económicas y culturales como Estados Unidos. Los delirios aquí involucran el afán por lo ideal y utópico en las vanguardias artísticas (como el modernismo y el surrealismo), que se traduce en políticas irracionales. Granes destaca cómo estas fantasías artísticas, altruistas pero desmesuradas, intentan “arrastrar a América Latina a mejores puertos” mediante experimentos culturales que ignoran la realidad, como el énfasis en lo maravilloso y lo mágico por encima de lo racional (el realismo mágico de García Márquez) o los surrealismos que terminan legitimando proyectos totalitarios.

La universidad tiene mucho que aportar en la superación de la crisis ética, de principios y valores que carcome a la sociedad occidental en sus muchos delirios ideológicos.  En primer lugar, tiene que conservar sus principios y tiene que renovarlos. Una de las funciones de las grandes universidades es conservar, renovar y actualizar sus principios. En segundo lugar, la universidad, en su sustrato ontológico, tiene que restaurar y conservar argumentos e ideas que tienen un sentido axiomático, lo que la tiene que llevar a dialogar, estudiar e investigar sobre su propia tradición y la tradición civilizatoria a la que pertenece. No es una institución petrificada en el tiempo, ya que los principios, que podemos afirmar como atemporales, son resignificados y actualizados de manera permanente, gracias a la labor de investigación y reinterpretación rigurosa en sus anclajes con el pensamiento lógico, filosófico y metafísico. Un ejemplo que da cuenta de la noción de pensamiento axiomático lo tomo del pensamiento de la filosofía política: Eric Voegelin, el más importante politólogo del siglo XX, empezaba su libro La nueva ciencia de la política, escrito en 1952, con la siguiente idea:

“La existencia del hombre en la sociedad política es existencia histórica; y una teoría de la política, si penetra hasta los principios, debe ser simultáneamente una teoría de la historia”.

De cierta manera, el libro de Voegelin va a desarrollar y a desplegar el sentido de esa idea a lo largo de la obra. Estamos hablando de un libro que se escribió hace ya más de setenta años.  Sus argumentos se podrían pensar como superados y, sin duda, dado el avance de la ciencia, podemos reconocer que hay nuevas aproximaciones al problema de la representación política, eje temático del libro, que pueden enriquecer el argumento de Voegelin. Sin embargo, en esencia, la frase anotada es el reflejo de lo que se define como pensamiento axiomático y es un principio fundamental para el ordenamiento político de las sociedades humanas.  

El pensamiento axiomático y lógico, en su experiencia matricial, es un componente fundamental de la experiencia universitaria. La universidad ha sido y debe ser un campo sociocultural privilegiado para conservar, enriquecer y potenciar los sentidos sobre la verdad, el papel de la vida, el progreso y la proyección trascendente del ser humano. El debate sobre la vida y la muerte tiene que ir más allá de consideraciones técnicas, supeditadas a los dictámenes exclusivos de la tecnología y la inteligencia artificial, tal como sugiere de manera muy empobrecida Yuval Noah Harari en su obra Homo Deus.  El sentido de la vida y de la muerte halla dirección y fundamento en el pensar y el actuar humano, una de cuyas instituciones privilegiadas para acometer dicha empresa es la universidad.

La universidad tiene que teorizar, describir y explicar el mundo humano y no humano, es decir, tiene que estar atenta a estudiar toda la estructura de la realidad y de dimensiones de la realidad que desbordan el campo perceptivo de las ciencias empíricas y naturales.  Su función estructural e institucional se encuentra en relación con la ampliación del campo perceptivo del ser humano y su conciencia o actos conscientes; esa labor descriptiva y explicativa es parte de un discurso, práctica y oficios que ella estudia y aspira a perfeccionar como expresión de vivencias humanas que giran en torno a saberes sapienciales y técnicos cuyos matices dan cuenta de una infinidad de variantes y posibilidades de vida, que la ciencia, ética y metafísica tienen que ir clarificando.

Para el caso de América Latina, y en referencia al Delirio americano de Granes, la universidad ha sido infiltrada de todo tipo de deformaciones ideológicas cuyas consecuencias han girado más sobre la violencia que sobre la construcción de sociedades ricas, prósperas y pacíficas. La voz delirante de nuestros políticos, caudillos, ideólogos, artistas, intelectuales y presidentes más violentos y corruptos, sin duda ha sido alimentada en muchas ocasiones en los predios universitarios. La fuerza de la ideología, en sus versiones más virulentas, destruye naciones y países y carcome el corazón de los hombres que viven en sociedades violentas. Como ejemplo tenemos en la actualidad médicos y médicas, egresados de las mejores universidades del mundo, que hoy son incapaces de definir qué es una mujer o un hombre. La fuerza de la ideología, como expresión de la falsa conciencia, es tan poderosa y corrosiva que individuos formados en cercanías a las ciencias biológicas hoy son marionetas de agendas ideológicas que frenan todo el potencial de la vida, de reflexiones serias y profundas.  

Un continente rico en recursos materiales se ha empobrecido dada la imposición de agendas ideológicas que no solo generan pobreza material, sino también miseria espiritual (ejemplos: Cuba y Venezuela).  Nuestros pueblos han tenido que sufrir mucho los delirios de la soberbia, anclados en revoluciones fallidas, dictaduras militares y populismos actuales, como el castrismo en Cuba o el chavismo en Venezuela. Expresiones de arrogancia nacionalista y redentoras, donde políticos y artistas definen la realidad desde “delirios salvadores”, o “revoluciones culturales”  inspiradas en figuras genocidas de la historia humana como Mao Zedong, que le imponen a la sociedad visiones redentoras que llevan a la violencia, la miseria y el estancamiento económico y cultural, que finalmente reproduce esquemas de corrupción y guetos tribales que desfiguran el sentido del pensamiento de nuestros pueblos indígenas, campesinos y obreros. Toda una reflexión merecería el indigenismo, fuerza típicamente latinoamericana que se expande en Occidente, afectando la vida de los propios pueblos indígenas en sus prácticas y políticas culturales, donde se convierten en vasallos del mesías de turno que los usa en su propio beneficio (la llamada guardia indígena en el caso de Colombia).

Volviendo a nuestro axioma y en referencia al maestro Voegelin, por lo demás, una fuente clásica del pensamiento político absolutamente ignorada en las universidades latinoamericanas, donde muchos de sus graduados y profesionales conocen o aún repiten los mantras religiosos revolucionarios de Marx, Lenin, Stalin, Mao o Trotsky. Sin embargo, desconocen totalmente los aportes del pensamiento económico y social del constitucionalismo estadounidense en las ideas de Abraham Lincoln, Thomas Jefferson o Alexander Hamilton, por nombrar solo algunos.

“La existencia del hombre en la sociedad política es existencia histórica; y una teoría de la política, si penetra hasta los principios, debe ser simultáneamente una teoría de la historia”.

Así, la frase de Eric Voegelin afirma axiomáticamente que la condición humana en sociedad es inherentemente histórica, unificando teoría política e historia en un marco ontológico y existencial que nos debe llevar a pensar en la importancia de ampliar el sentido de la vida humana y no humana. Para ello se requieren proposiciones que postulen y reconozcan, desde la complejidad, el sentido de la complejidad y no solamente desde tradiciones románticas, que el ser humano no existe en el vacío histórico.  Somos agentes temporales inmersos en estructuras políticas que emergen del devenir colectivo, social y sociocultural, donde la historia revela los principios últimos de la acción política. La historia se proyecta como transcurrir existencial y opera como fuerza que clarifica a lo largo del tiempo las verdades cosmológicas, antropológicas y soteriológicas del ser humano en sus diversas variantes culturales y civilizatorias. El axioma desde la teoría de conjuntos se lee así:

El conjunto universal como Uel conjunto de todas las existencias humanas posibles U={x∣” es una existencia humana en contexto social”}.
La sociedad política es un subconjunto P⊆U, donde P={h∈U∣h” participa en estructuras pol” “ı” ˊ”ticas”}.
La historia es la Hsucesión temporal de eventos H={e_t∣t∈T,e_t ” son eventos hist” “o” ˊ”ricos”}, con el conjunto T ordenado de tiempos.
Principio axiomático: P∩H=P (todo elemento pertenece P necesariamente a H), por lo que P⊆H.

La posición teórica de Voegelin pone claramente en entredicho la constante de la violencia como fuerza de la historia y pone su foco en la acción, las decisiones y en la exploración de los símbolos que marcan la experiencia de orden de las sociedades humanas. Nos brinda de esa manera claves para entender la estructura de la realidad, las patologías sociales y los delirios que configuran la historia. Es decir, estamos ante todo un programa de investigación que pone el foco de la acción en la sistematización sobre la realidad y los principios culturales que son fundamentos del orden.

En antropología histórica, implica que la hominización misma es un proceso político-social, materializado en instituciones que responden a la necesidad de orden frente al caos vital y a sus deformaciones ideológicas delirantes. Así, la política no es mera técnica administrativa, sino el despliegue existencial del hombre como creador de su mundo frente a la naturaleza, maestra ella misma de sabiduría y hoy agente fundamental para una política de la vida al servicio de la vida y también del hombre.

Desde luego que el enunciado de Voegelin puede ir ganando en potencia interpretativa desde el diálogo inter y transdisciplinar. Por ejemplo:

Fortalecimiento semiótico

La semiótica peirceana y saussureana robustece el axioma al concebir la sociedad política como un sistema de signos históricos: las instituciones son significantes que interpretan y estabilizan el flujo temporal humano. Gadamer, en su hermenéutica, añade que la comprensión política surge de la fusión de horizontes históricos, donde prejuicios sedimentados en tradiciones revelan principios no abstractos, sino encarnados en el lenguaje y la praxis. Esto transforma la teoría en un proceso interpretativo dinámico, evitando el positivismo ahistórico que considera, además, que es el único camino para generar ciencia, lo cual destruye la posibilidad real de desarrollo de las ciencias del espíritu, sociales o humanas.

Refuerzo metafísico y filosófico

Desde la metafísica heideggeriana, el Dasein político es ser-para-la-historia, donde el ser-en-el-mundo se desvela en comunidades temporales, ganando fuerza contra idealismos estáticos. En filosofía analítica reciente, Ricoeur integra narrativa y temporalidad: la política se legitima como emplotment histórico, unificando acción individual y colectiva en identidades simbólicas. En otras palabras, la semiosis voegeliana, desde el marco hermenéutico de Ricoeur, refiere al proceso de configuración narrativa mediante el cual los eventos históricos dispersos se organizan en una trama coherente que les otorga sentido y unidad temporal.  Antropológicamente, esto se alinea con Lévi-Strauss, donde mitos políticos estructuran la historia humana como oposición binaria resuelta en instituciones que, por muy civilizadas que las pensemos, todavía guardan mucho del pensamiento salvaje que marcó la experiencia de orden de las sociedades primitivas y toda la violencia ritual y sacrificial que desplegaron. René Girard (el buen salvaje de Rousseau nunca existió).

Estamos ante un despliegue semiótico, tarea propia de la universidad que debe abordar de manera crítica las fantasías siniestras que han moldeado ─y obstaculizado─ la historia cultural y política de América Latina. Cada uno de los autores citados y muchos otros tienen que ayudarle a la universidad a sostener una lectura y un análisis crítico de los discursos políticos y sociales que circulan en la semiosfera de la cultura.  Eric Voegelin en el desarrollo de su filosofía política, le brinda un espacio central a la experiencia humana en clave de trascendencia. Una trascendencia donde la historia no es mera cronología sin sentido, sino el proceso paulatino (complejo, contradictorio, antinómico, difícil de comprender) de revelación del orden divino en la existencia colectiva a lo largo del tiempo y en eventos complejos y no siempre comprensibles. Gracias a esta perspectiva, los delirios de grandeza y el egocentrismo de tanto caudillo serán simplemente curiosidades históricas que el movimiento de la historia erosionará; sin embargo, la fuerza destructiva de los delirios mesiánicos y populistas le puede tomar a una sociedad varias generaciones superarlas.  «Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen» (Ex. 20:5). Varias generaciones le tomarán al pueblo venezolano y cubano la reconstrucción de sus países gracias a la perversión de sus padres de la patria.

Por lo tanto, superar el delirio implica reconocer que no es el “orden divino” del caudillo y de los partidos políticos religiosos el que debe marcar la pauta. Ya sabemos que sus promesas del paraíso socialista siempre han resultado en más violencia y la pobreza absoluta del pueblo (Cuba y Venezuela), como también en la supresión de todas sus libertades.  La obra de Voegelin nos sirve, como expresión universitaria de referencia, para entender el lugar educativo de la universidad en la proyección de experiencias de orden variadas y derivadas de la tensión entre inmanencia y trascendencia, donde la sociedad humana es el foco central del análisis en la obra de Voegelin. Es decir, la antropología de Voegelin le asigna un lugar a toda la experiencia humana, incluida la reflexión sobre la experiencia de lo sagrado mediante el estudio de los símbolos e instituciones que han existido o existen en la sociedad. Una obra como la citada se puede enriquecer, desde luego, con los aportes de la biosemiótica, donde esta ciencia emergente nos enseña también a pensar cómo es que piensa la vida, los animales y los bosques.

Finalizando

Para comprender los delirios americanos, la universidad tiene que conservar y restaurar principios teóricos que le permitan criticar las «religiones políticas» modernas —como el comunismo, el nazismo, el capitalismo salvaje y los regímenes totalitarios de todo tipo—.  Tenemos que reconocer y ayudar a nuestros estudiantes y futuros profesionales a apartarse críticamente de todo gnosticismo inmanentista, que promete salvación intramundana y desordena la realidad al divinizar la historia profana. En nombre del partido, grandes colectivos han justificado todo tipo de asesinatos, permitidos bajo presuntos derechos de género, de la revolución permanente (Trotsky) y de ideas delirantes y mesiánicas que mucho daño le ha ocasionado a nuestras sociedades, como lo narra la obra de Granes.

En fin, una tarea axiomática la de la universidad, siempre y cuando esté sintonizada con los principios trascendentes de la historia en clave de despliegue existencial personal y comunitario.  La universidad no es fuerza de adoctrinamiento; se posiciona más allá de la represión y la violencia de las masas o del entrenamiento de máquinas y de prompts de inteligencia artificial. La tarea axiomática que emprende la universidad está en relación con la ampliación del campo perceptivo y de la conciencia humana. Un despliegue noético de personas, comunidades y colectivos, y con la theosis personal en el orden de la salvación de cada uno de nosotros en el horizonte de sentido de lo más valioso que la revelación cristiana le ha proporcionado a la historia humana.

El orden político, desde una lectura cosmológica, tiene que dialogar con las fuerzas del cosmos, el hombre, la Tierra y la divinidad.  La Verdad Divina tiene su lugar en la organización del espacio y el tiempo, axioma reconocido en miles de culturas y civilizaciones a todo lo largo de la historia humana. Y la diferenciación social se proyecta como fuerza para el diálogo intercultural y también para el diálogo interespecífico con otras formas de vida no humanas, cuyo plano no es solamente orgánico; pueden ser también las máquinas, como la inteligencia artificial (plano no orgánico), y también el mundo de los espíritus del bosque, del río, del mar.

Como proyecto histórico y sociocultural,  la universidad tiene que estar atenta a la lectura de los signos de los tiempos, identificando los pseudo proyectos del gnosticismo moderno, cuyas ideologías delirantes  marcan la experiencia del «descarrilamiento gnóstico»:  cuyos sectarismos religiosos, terminan divinizando a caudillos enfermos, soberbios y violentos ─hoy además corrompidos por el accionar del narcotráfico─; las falsas utopías que rechazan la humildad ante lo trascendente deben de ser desveladas, ya que la historia del continente nos brinda la lección, que reconoce que toda violencia revolucionaria es un camino a la esclavitud de los pueblos (de nuevo Venezuela y Cuba, y también Colombia, país que se puede perder ante la ideologización e infiltración de la narcopolítica, tanto en sus versiones de izquierda o derecha). La solución radica en restaurar y renovar la metafísica clásica, darle su lugar en la universidad, especialmente en la formación de la comunidad educativa, equilibrando apertura al ser con realismo histórico y apertura dialógica a los aportes de las ciencias empíricas.  

Referencias

Granes, C. (2022). Delirio americano. Taurus.

Voegelin, E. (2006). La nueva ciencia de la política. Katz. (Obra original publicada en 1952)

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