La U. colombiana entre las elecciones, la IA y la crisis de humanidad: Jorge Ramírez

La U. colombiana entre las elecciones, la IA y la crisis de humanidad: Jorge Ramírez

Mayo/26 Para Ramírez Martínez (*), la educación colombiana enfrenta crisis profunda: forma profesionales eficientes, pero no ciudadanos éticos capaces de comprender, cuidar y transformar la sociedad.

Cada ciclo electoral en Colombia revive el mismo libreto: candidatos prometiendo gratuidad, conectividad, bilingüismo, inteligencia artificial, innovación y transformación digital para la educación. Los debates presidenciales y regionales convierten la educación en una consigna poderosa de campaña, pero rara vez en un proyecto civilizatorio de largo plazo. Se discuten presupuestos, infraestructura y cobertura —todos asuntos indispensables—, pero casi nunca se aborda la pregunta decisiva: ¿qué tipo de ser humano y qué tipo de sociedad está formando realmente el sistema educativo colombiano?

Y justamente ahí comienza el verdadero problema.

Colombia no enfrenta únicamente una crisis de cobertura educativa ni solamente una crisis de calidad. Enfrenta una crisis mucho más profunda: una crisis de sentido histórico y cultural. La educación deja progresivamente de pensarse como horizonte ético, científico y político de la nación y comienza a reducirse a un instrumento funcional para el empleo, la productividad y la competitividad económica. La universidad —pública y privada— queda atrapada entre rankings, acreditaciones, indicadores, internacionalización y rentabilidad institucional, mientras el país continúa fracturado por desigualdades históricas, violencias estructurales y una creciente brecha educativa, pobreza cognitiva e infopobreza.

Por eso resulta tan potente la idea de que Colombia necesita una “educación para lo superior”, más allá de la noción tradicional de “educación superior” (García & Ramírez, 2023). La diferencia parece semántica, pero en realidad es filosófica y profundamente política. Porque una educación superior puede limitarse perfectamente a producir profesionales competentes para el mercado; una educación para lo superior implica formar seres humanos capaces de construir proyecto histórico, conciencia democrática, cuidado de la casa común y responsabilidad ética frente al mundo.

Y precisamente eso es lo que hoy parece ausente del debate electoral colombiano.

Los programas de gobierno hablan de ampliar cupos universitarios, digitalizar aulas o fortalecer competencias laborales, pero casi nadie discute cómo formar ciudadanos capaces de enfrentar el deterioro democrático, la crisis climática, la fragmentación social, la guerra, la desinformación, y la deshumanización tecnológica. Pareciera que el país asumiera ingenuamente que más tecnología equivale automáticamente a más civilización.

Pero la historia demuestra exactamente lo contrario.

La Alemania nazi fue una de las sociedades científicamente más avanzadas de su tiempo. El desarrollo tecnológico jamás garantiza humanidad. Por eso el problema educativo colombiano no puede reducirse a innovación digital o modernización administrativa. El problema es mucho más profundo: es antropológico y civilizatorio. Se están formando sujetos altamente funcionales para el mercado, pero cada vez menos capaces de pensar críticamente el mundo que habitan. La universidad contemporánea produce títulos a una velocidad industrial, pero muchas veces sin formar sensibilidad ética, pensamiento histórico ni compromiso democrático. Titular no es necesariamente educar. Un país puede graduar miles de profesionales y seguir siendo profundamente desigual, corrupto y violento. De hecho, eso es exactamente lo que ocurre en buena parte de América Latina.

Por eso resulta urgente recuperar dimensiones clásicas de la formación humana como la paideia, la areté, la phrónesis y la episteme. No se trata de nostalgia académica ni de romanticismo griego, sino de recordar algo esencial: la educación nace históricamente para formar carácter, virtud pública, responsabilidad colectiva y conciencia moral, no solamente competencias laborales.

En este punto, la reflexión de Zygmunt Bauman resulta indispensable. Bauman advierte que la humanidad vive en una “modernidad líquida”, marcada por la fragilidad de los vínculos humanos, la volatilidad institucional y la velocidad del consumo (Bauman, 2007). En ese contexto, la educación deja de concebirse como formación integral para convertirse en entrenamiento rápido de habilidades desechables. El estudiante ya no es invitado a comprender el mundo, sino a adaptarse continuamente a un mercado cambiante e incierto.

Y esa lógica termina erosionando el sentido mismo de la universidad.

Bauman afirma que en las sociedades líquidas “nada está hecho para durar”, y eso incluye también el conocimiento, las profesiones y las identidades. La consecuencia es devastadora: jóvenes entrenados para competir individualmente, pero no para construir comunidad; profesionales flexibles para el mercado, pero profundamente frágiles frente a las crisis éticas y existenciales de la contemporaneidad.

Eso explica buena parte del vacío político y cultural que hoy atraviesa la universidad colombiana.

La educación está siendo colonizada por la lógica neoliberal del rendimiento. El estudiante se convierte en cliente; el conocimiento, en mercancía; y el docente, en operador administrativo del aprendizaje. La universidad habla permanentemente de innovación, productividad y competitividad, mientras el pensamiento crítico comienza a verse como improductivo, incómodo o incluso peligroso.

Byung-Chul Han describe esta transformación con enorme lucidez al afirmar que se vive en una “sociedad del rendimiento”, donde cada individuo termina explotándose a sí mismo bajo la ilusión de libertad (Han, 2012). El profesor universitario contemporáneo encarna perfectamente esa tragedia: investiga, publica, gestiona plataformas, produce indicadores, internacionaliza currículos y permanece disponible de manera permanente, muchas veces bajo condiciones laborales precarias y emocionalmente agotadoras.

Y esta discusión resulta especialmente urgente en tiempos electorales, porque la precarización docente rara vez ocupa el centro del debate político. Colombia continúa hablando de calidad educativa mientras normaliza contratos indignos, burocracia extrema y agotamiento emocional para quienes sostienen el sistema educativo. Por eso la propuesta de construir “un estatuto único de la profesión docente en Colombia, con unos mínimos de acuerdo desde la educación inicial hasta los niveles de la educación superior” (García & Ramírez, 2023) no constituye simplemente una discusión administrativa: representa una decisión ética y civilizatoria.

Pero quizá la contradicción más grave de la educación colombiana contemporánea sea otra: mientras las universidades hablan obsesivamente de formar “ciudadanos globales”, miles de jóvenes terminan profundamente desconectados de sus territorios, memorias y realidades sociales. Se promueve la internacionalización, pero no necesariamente la comprensión crítica del país. Se enseña ciudadanía planetaria, pero muchas veces se ignoran las economías campesinas, las culturas populares, las memorias del conflicto y la biodiversidad regional.

El país necesita ciudadanos del mundo, sí, pero también hijos e hijas de la aldea.

Necesita ingenieros capaces de pensar éticamente la tecnología; economistas capaces de cuestionar el extractivismo; científicos comprometidos con el cuidado de la biodiversidad; y profesionales capaces de dialogar con la inteligencia artificial sin perder sensibilidad frente al sufrimiento humano.

Porque el gran desafío contemporáneo ya no es únicamente tecnológico: es profundamente humano.

Y es justamente allí donde el documento Magnifica Humanitas adquiere una relevancia extraordinaria para el debate educativo colombiano. El texto plantea que el desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial deben estar subordinados siempre a “la dignidad de la persona y al bien común” (Magnifica Humanitas, 2025). Esta afirmación parece sencilla, pero constituye una crítica radical al paradigma tecnocrático contemporáneo. La pregunta de fondo que plantea Magnifica Humanitas no es cómo incorporar más inteligencia artificial a la educación, sino qué tipo de humanidad se quiere preservar y fortalecer en medio de la revolución tecnológica.

Ese es el debate que Colombia está evitando.

Hoy muchas instituciones educativas celebran la automatización, las plataformas digitales y la inteligencia artificial como si la educación pudiera reducirse a eficiencia cognitiva, velocidad de procesamiento o productividad académica. Pero Magnifica Humanitas advierte precisamente sobre el riesgo de reducir al ser humano a “datos, cálculos o rendimiento” (Magnifica Humanitas, 2025). El problema no es la tecnología en sí misma; el problema es convertirla en criterio absoluto para comprender la vida humana.

La educación contemporánea corre entonces el riesgo de producir individuos técnicamente competentes pero espiritualmente vacíos; hiperconectados digitalmente, pero incapaces de construir vínculos humanos sólidos; informados permanentemente, pero cada vez menos capaces de comprender críticamente la realidad. Por eso Magnifica Humanitas insiste en que la educación debe seguir siendo un espacio para la contemplación, la reflexión ética, el diálogo humano y la construcción del sentido de vida. Y esa afirmación resulta profundamente subversiva en una época obsesionada con la velocidad, la productividad y la eficiencia.

.
.

La pregunta que Colombia debería hacerse en medio de esta coyuntura electoral es incómoda pero inevitable: ¿se están formando ciudadanos o simplemente optimizando capital humano?

Paulo Freire comprende esta tensión cuando afirma que “el acto de educar y de educarse sigue siendo en estricto sentido un acto político” (Freire, 1993). Sin embargo, buena parte del discurso educativo contemporáneo intenta presentar la educación como un asunto técnico y neutral. Y esa supuesta neutralidad resulta profundamente ideológica.

Educar siempre implica decidir qué conocimientos importan, qué memorias se preservan, qué sujetos se forman y qué futuro colectivo se considera deseable. Por eso Freire advierte contra los discursos pragmáticos que reducen la educación a simple adaptación al orden existente. Una educación verdaderamente democrática no forma únicamente para competir; forma para comprender, cuestionar y transformar la realidad.

Ahí radica el verdadero desafío de Colombia en tiempos electorales.

El país necesita dejar de discutir educación solamente como cobertura, infraestructura o administración pública y comenzar a debatirla como proyecto ético, cultural y científico de nación. Necesita comprender que la educación no es un sector más del Estado: es el principal escenario donde una sociedad decide qué tipo de humanidad quiere construir en medio del cambio de época contemporáneo.

Y esa discusión exige abandonar definitivamente la falsa guerra entre universidad pública y privada. Ninguna institución puede enfrentar sola los desafíos contemporáneos. La crisis climática, la desigualdad, la transformación tecnológica y el deterioro democrático requieren un sistema educativo articulado, capaz de integrar saberes, territorios, instituciones y actores diversos alrededor de un horizonte común.

Porque el verdadero problema colombiano no es solamente educativo.

Es civilizatorio.

Y una nación incapaz de educar para lo superior termina sobreviviendo técnicamente mientras se derrumba moralmente.

Referencias

Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.

Freire, P. (1993). Pedagogía de la esperanza: un reencuentro con la pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

García Jara, R., & Ramírez Martínez, J. E. (2023). Colombia necesita una educación para lo superior. Universidad.edu.co.

Magnifica Humanitas. (2025). Documento sobre dignidad humana, inteligencia artificial y educación.

—–

(*) Jorge Enrique Ramírez Martínez: Licenciado en Física y Magister en Educación. Universidad Pedagógica Nacional. Especialista en Currículo y Pedagogía. Universidad de los Andes. Diplomado en Formulación de Proyectos. Escuela Superior de Administración Pública. Grupo de investigación Research and Knowledge Management

Loading

Compartir en redes