Oct/26 El rector de la UNAD habla de la urgencia de replantear el paradigma docente. La tecnología lo ha puesto en jaque. Aunque advierte que la docencia no desaparece, pero sí se replantea. Porque el buen docente no es el que dice o hace, sino el que sirve y deja una huella en los demás.
La docencia, nacida en la innata inspiración humana de servir, se puede ubicar como la enseñanza de valores y conocimientos básicos entre padres emisores a hijos receptores, pero también entre y con otros actores sociales que desde épocas primigenias y aún hoy es vigente nos permiten reconocer e interpretar el mundo que nos rodea.
La necesidad de comprender el mundo, el volumen de información, la instrumentalización de procedimientos, las teorías que fundamentaban práctica y principios, y la necesidad de que las nuevas generaciones preservaran y continuaran el buen hacer y el buen saber, hicieron que la docencia se convirtiera en ese transmitir los conocimientos necesarios para dominar la tierra y favorecer la interacción humana entre nosotros y con otros seres vivos de la naturaleza.
Entonces, evolucionó la Pedagogía como ciencia que estudia los qué, los cómos y los porqué del proceso de enseñanza y de aprendizaje, de tal manera que como producto de la interacción entre alguien que enseña (docente – profesor – tutor – maestro…) y alguien que aprende (alumno – estudiante – aprendiz, entre otros conceptos) se asegure que la idea, dominio, práctica, concepto, saber, ideología, fórmula, fundamento… sean correctamente transmitidos, entendidos y aplicados.
Y así, por siglos, en los hogares, en los jardines socráticos, en los púlpitos, y en las aulas, con diferentes entornos, los elementos esenciales para la docencia siempre han sido los mismos: Un mensaje, un enseñante y un aprendiz. El lugar, los objetos y formas usadas para favorecer la enseñanza (didáctica), como libros, pizarra, tiza, papel… han servido para ayudar en el proceso, pero no son su esencia.
Las universidades no han estado exentas de dicha mecánica. Por cerca de mil años, desde cuando nació, para Occidente, la Universidad de Bolonia, el conocimiento ha sido orientado por un maestro (hasta hace poco visto como el saber, dueño del conocimiento o única forma de acceder a éste) a un grupo de estudiantes.
Pero, como nunca antes, la sumatoria de las tecnologías de la información y la comunicación, los medios de comunicación, el internet, la masificación de la matrícula, la expansión de ofertas educativas y la inteligencia artificial, están replanteando radicalmente el rol de la docencia.
Y entonces han ido apareciendo preguntas de difícil respuesta para quienes no se han preparado para ello: ¿Aprender de un profesor?, ¿Seguir un horario?, ¿Un método?, ¿Realizar ejercicios, laboratorios, repeticiones, memorizaciones, conversaciones, lecturas, resúmenes, mapas mentales…?, ¿Dejarse orientar por un docente?, ¿Matricularse en una universidad?… . Estas dudas, y otras más, cada día aumentan, y nos cuestionan a quienes nos formamos con el ya hoy denominado método tradicional (anticuado, dirán las generaciones convivientes plenamente con la tecnología).
Posiblemente, pueden tener razón en sus dudas. Si basta con preguntar a un navegador web para hallar en segundos respuestas que nos tomaban horas, y hasta días, de biblioteca física. Si con una velocidad pasmosa la IA nos resume textos de cientos y miles de páginas, nos traduce de otro idioma en tiempo real, nos da ideas de cómo entender y hacer muchas cosas, y hasta nos diseña un plan de estudio personalizado.
Entonces, veo a centenares de profesores, apesadumbrados ante este panorama. Temerosos porque, con razón, ven que su poder sobre el conocimiento se fue; porque aparecen docentes virtuales con más paciencia y brillantez que ellos; porque los métodos de estudio se están replanteando radicalmente; y porque sus estudiantes parecen (insisto en el término, “parecen”) conocer las materias con mayor agilidad y velocidad.
Y sí! Tienen que preocuparse, porque seguramente su trabajo, y ellos detrás del mismo, va a desaparecer. No porque la docencia o la educación se estén borrando, sino porque han entendido erróneamente lo que ellas significan. La docencia no es llenar de contenido a cerebros que, creemos, con mucho espacio.
Más allá de la época, los contenidos, los métodos y las formas de evaluación, el proceso de ascenso de la humanidad en su tarea de conocer más, y mejor, y reflexionar sobre cómo hacer que dicho conocimiento se use debidamente, tiene un real resultado positivo no en los contenidos como tal, ni en las formas de enseñanza, sino en el aprendizaje real; es decir, en la apropiación e introyección de los objetos de conocimiento de parte del estudiante, pues eso es lo que garantiza que realmente quien aprende moldee su cerebro de la mejor manera y actúe en consecuencia.
Por ello, en la UNAD hemos apostado por el aprender a aprender, porque solo cuando se da sentido al contenido, en contexto y finalidad, el conocimiento cobra real sentido. Pero no minusvaloramos la labor docente. Por el contrario, la potenciamos para que se deslinde de conceptos tradicionales transmisionistas, y para que con la formación y el uso debido de la tecnología oriente el proceso heutagógico del estudiante; es decir, que el aprendiz asuma debidamente su propio camino de aprendizaje impulsado por la motivación que el docente le inspire.
Sí. Necesitamos profesionales expertos en su disciplina de conocimiento, pero sobre todo, orientadores de proyectos de vida. En momentos en que el contenido (lo que solo se veía en libros) ya aparece en la pantalla del celular de cualquier persona, el docente ya no es quien dice qué estudiar y cuándo y cómo, sino el que dice el por qué, el para qué y con qué sentido hacerlo.
Por ello la UNAD una vez más se adelanta a las expectativas sobre una educación en permanente transformación, y en una innovadora alianza con la UNESCO, ha potenciado el Centro de Pedagogías Universitarias CPU, al servicio de toda su comunidad de profesores y de la reflexión de la universidad en general.
Y el CPU no es un centro de capacitación de profesores, como tradicionalmente pudiera entenderse. Supera enormemente el escenario de reflexión y cualificación en metodologías, didácticas, uso de tecnologías y sistemas de evaluación y calificación. Es un espacio para el desafío de la propia actividad docente, para el cuestionamiento intelectual del porqué de su labor, y para contribuir a que la docencia no sea una acción instrumental ni operativa, sino el despliegue de la vocación humana para que quienes buscan la luz del conocimiento den sentido al mismo y vayan más allá de lo que sus propias expectativas les indican.
El CPU replantea el rol organizacional y académico de la docencia. Valida las condiciones laborales, humanas, psicológicas y filosóficas de los docentes, y les inyecta una dosis de optimismo basado en el descubrimiento de que hoy, más que nunca, esa docencia tradicional está viviendo sus últimos días, pero que la inspiración, la motivación, la ética, la esperanza y el sentido de vida detrás del conocimiento cobran toda la vitalidad posible, porque en la IA los estudiantes eso nunca lo hallarán.
Porque el buen docente no es el que dice o hace, sino el que sirve y deja una huella en los demás.
