La crisis de la mirada en el aula: Walter René Cadena Afanador

La crisis de la mirada en el aula: Walter René Cadena Afanador

Oct/26 Para Cadena Afanador, docente de la U. Militar Nueva Granada, hay una crisis de la mirada digital y universitaria que aísla a las personas, requiriendo repensar la infraestructura universitaria.

¿Has notado que las personas ya no se miran a los ojos? Lo veo en el aula de clase. También en los pasillos, en las reuniones, en el transporte público, en los restaurantes, en los debates públicos. Hay un continuo ocultarse en la pantalla del móvil, de la tableta, del computador. Se refuerza con el uso indiscriminado de audífonos, muchos con «cancelación activa del ruido» exterior. El resultado es una individualidad amurallada. Un aislamiento que elegimos.

Hay una «crisis de la mirada», y la universidad no es ajena a ella.

Existe un debate sobre qué hacer con la tecnología en el aula. Las posturas profesorales van desde el negacionismo o el prohibicionismo, pasando por fórmulas intermedias y llegando hasta la permisividad activa o la simple apatía. Los dispositivos absorben la atención del estudiante, pero también la del profesor y la del directivo. La mirada está ausente en el aula y en el desarrollo de las actividades.

No se trata de una reciente práctica en la que la tecnología tiene la responsabilidad exclusiva. Viene desde antes, desde la época en que las aulas se empezaron a alinear en filas, donde se privilegió la forma sobre el fondo.

Los salones permiten que, mediante la disciplina, haya una organización del espacio para distribuir a los estudiantes por filas, haciéndolos controlables por el profesor, mientras que su presencia se desdibuja para los demás estudiantes. Se trata de una «gramática de la escolarización» que tiene coherencia funcional y perdurabilidad en muchas sociedades y épocas (David Tyack & Larry Cuban, Tinkering Toward Utopia. A Century of Public School Reform, 1995). Esta gramática educativa divide el tiempo en bloques, el conocimiento en asignaturas y las personas en filas (con puestos autoasignados en esas filas). A ella se suman la uniformidad, la estandarización, el respeto incontestable a la autoridad, la distancia entre estudiante y profesor, el conducto regular, el carácter punitivo del régimen disciplinario, entre otros aspectos.

Pedagogía de la nuca y reorganización del aula

Dicen que no hay nada más uniforme y organizado que un cementerio o un batallón. Quizá hemos convertido el aula en una réplica de esa uniformidad. Educamos, y nos educaron, mirando en una sola dirección: hacia el frente. Terminamos conociendo mejor la espalda de nuestros compañeros que su rostro. Es una «pedagogía de la nuca».

Por supuesto, influyen otros factores que suelen descuidarse: la forma del salón, el mobiliario, el ruido, la luz, la distribución del espacio. El aula enseña antes de que el profesor hable.

La crisis de la mirada se expresa en el temor de ver y ser visto. Hay una sensibilidad soterrada a la exposición. De ahí las estrategias de ocultamiento: las últimas filas y el abandono a los dispositivos son ejemplos. Hacer una pregunta o una intervención es un momento de alta exposición. Se intensifica cuando hay que ponerse de pie, pasar al frente, sostener una presentación prolongada. Para algunos estudiantes esa sobreexposición es el momento más incómodo del semestre.

El Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo de la UNESCO verificó que la sola proximidad de un teléfono con notificaciones basta para afectar la concentración, y que recuperarla puede tomar hasta veinte minutos. Por ello, es creciente el número de profesores e instituciones educativas que han optado por prohibir los dispositivos electrónicos en clase, salvo autorización expresa para su utilización.

Modificar la disposición vertical y uniforme de las sillas ofrece oportunidades para morigerar estos efectos. Disponer el salón de clases (cuando se puede, por razones de espacio) en forma de U, circular o en mesas compartidas, permite que haya mayores posibilidades de ver a los compañeros y al profesor, en perspectivas diferentes. Ello incentiva el acercamiento a la corporalidad, a mirar a los ojos cuando alguien interviene, a ver sus gestos, su forma de expresión, su proyección personal.

Gestión de recursos

En la universidad pública esa reorganización no siempre está al alcance del profesor. Las sillas y las mesas pueden estar fijas al piso. Las sillas y las mesas no alcanzan, ni son ergonómicas. Los grupos llegan a cuarenta o cincuenta estudiantes. En ocasiones, llegan a cifras superiores, con proporciones vesánicas. El salón asignado no se escoge: lo asigna una persona que usualmente no sabe lo que es ser profesor. Quien define el mobiliario, el tamaño de los grupos y el diseño de los edificios no es el profesor ni la dirección académica: son las oficinas administrativas, de planeación, los comités de compras y los pliegos de licitación. La mirada, entonces, también es un asunto de gobernanza.

La gestión de los recursos, en especial en las instituciones públicas, forman parte de esa gobernanza. El Sistema Universitario Estatal estimó que para el 2026 había un déficit acumulado superior a los 19 billones de pesos. La Contraloría General, en su informe sobre sostenibilidad financiera de las universidades públicas, verificó que 33 de las 34 instituciones estatales requieren del aporte del Estado para su sostenibilidad. En promedio, la inversión oscila en el 13 %, la cual se enfoca en mejoras de aulas, mobiliario y edificios. Salvo contados casos, la construcción de infraestructura en las universidades públicas se estancó: en las últimas dos décadas el espacio disponible por estudiante apenas subió de 6,5 a 7,1 metros cuadrados, mientras el área construida fue de 4,48 millones de m² en 2017 y en el 2025 fue de 4,5 millones de m² en 2025.

En la Ley 2568/2026 hay una oportunidad que no debiera desperdiciarse. Esta norma reformó los artículos 86 y 87 de la Ley 30 de 1992, reemplazó el IPC por el Índice de Costos de la Educación Superior y vinculó el crecimiento de los aportes al del PIB, con la meta de alcanzar el 1 %. Comenzará a regir con el presupuesto de 2027. En los próximos años las universidades públicas podrían invertir recursos nuevos, y una parte de esas decisiones debería ser en el mejoramiento de la infraestructura y la capacidad instalada.

Si la discusión se enfoca solo en criterios de metro cuadrado, aforo y sismorresistencia (todos necesarios, pero ninguno suficiente), se habrá financiado con dinero fresco la gramática recurrente. Un salón nuevo en filas sigue siendo un salón en filas. ¿Cuántas veces, en una visita de acreditación, se ha verificado si la disposición de un aula permite que un estudiante vea el rostro de sus compañeros?

Educar la mirada

Las redes sociales ofrecen interconectividad, pero desestimulan el contacto físico y la presencialidad. El contacto visual permite fijar más la atención, a vivir el presente, a conocer más a las personas que nos rodean. La forma de interacción social actual se media a través de avatares, símbolos y etiquetas con que rotulamos a los demás, si darles (ni darnos) la posibilidad directa de sentirlos cercanos. Las intermediaciones tecnológicas facilitan la conexión, pero acarrean el riesgo de distanciar y deshumanizar las relaciones personales.

Byung-Chul Han advirtió que el exceso de comunicación no nos acerca al otro: por el contrario, lo expulsa, y en su lugar instala lo igual, con una pauperización en el uso consciente de los sentidos (La expulsión de lo distinto, 2017). Se niega la otredad y se estimulan la autodestrucción y la polarización.

Educar la mirada es un reto que debemos asumir desde la cotidianidad y, de manera particular, en el ambiente educativo. Exige estrategias abiertas y creativas. Exige también admitir que el problema no está solo en la tecnología, sino en una arquitectura pedagógica pretendidamente incuestionable, y en las decisiones presupuestales que la reproducen.

Ahí está una parte de las claves para redefinir el rol de las universidades y de los integrantes de la comunidad universitaria. En tiempos en que se cuestiona su necesidad, y hasta su propia existencia, vale la pena empezar por algo elemental: volver a mirarnos.

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