Oct/26 A partir de su experiencia, Carrillo Navas, egresado de la U. Nacional, advierte que la autonomía universitaria no constituye un fuero ni una inmunidad que permita convertir el campus en refugio para delincuentes. Tomado de arkkangabriel1
Soy egresado, y lo digo con orgullo, de una universidad pública como la Universidad Nacional de Colombia. Allí tuve algunos de los mejores profesores, maestros y docentes que pude haber tenido, muchos de ellos de izquierda y con convicciones políticas profundamente arraigadas. Ellos tenían sus ideas; yo tenía las mías. Y jamás, nunca, pretendieron imponerme su pensamiento. Por el contrario, me enseñaron a estudiar, a cuestionar, a argumentar, a escuchar al contradictor y, sobre todo, a pensar por mí mismo. Fueron ellos, precisamente, quienes contribuyeron a forjar al abogado que soy.
Pero la universidad también me permitió observar otra realidad. Vi una izquierda atomizada en múltiples grupos y pequeños círculos, muchas veces convencidos de ser los únicos propietarios de la verdad, de la superioridad moral y de la última palabra. Observé discursos y comportamientos que, examinados racionalmente, difícilmente podían convencerme. Y debo decirlo con absoluta franqueza: no fueron mis profesores ni la Universidad Nacional quienes me alejaron de la izquierda; fueron las actuaciones, individuales y colectivas, de quienes se presentaban como sus representantes, y las contradicciones que observé entre lo que predicaban y lo que practicaban.
¿Qué sentido tiene reclamar justicia social mientras se destruye, se estigmatiza o se pretende castigar al que progresa, al que emprende, al que crea empresa o al que genera empleo? ¿Qué justificación tiene pretender destruir una clase media que trabaja, produce, emprende y, en muchas ocasiones, también da trabajo, en nombre de un igualitarismo desmedido que termina ignorando el mérito, el esfuerzo, la capacidad y la responsabilidad individual? La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades son principios democráticos; otra cosa muy distinta es pretender que toda diferencia de resultado sea, por definición, injusticia y que el mérito deba ser reemplazado por una distribución arbitraria.
También me pregunto: ¿qué legitimidad tiene combatir aquello que se califica de fascismo o de extrema derecha mientras se reproducen métodos de intolerancia, censura, intimidación o imposición que se atribuyen precisamente al adversario? No se combate el autoritarismo adoptando métodos autoritarios. No se defiende la democracia convirtiendo al contradictor en enemigo. Y no se puede reclamar libertad de expresión para después cercenar la réplica, negar la refutación, impedir la crítica o cerrar deliberadamente el debate.
Eso tampoco me lo enseñaron mis profesores. Mucho menos me lo enseñó la Universidad Nacional. Lo aprendí observando a quienes se autoproclamaban falsos mesías, dueños de la verdad, poseedores de la última palabra y depositarios exclusivos de la virtud política. Personas incapaces de soportar una réplica, una crítica constructiva o un argumento que contradijera sus certezas. Y ahí comprendí algo que considero fundamental: una idea que no soporta ser cuestionada tampoco ha aprendido a convivir con la libertad.
Por eso no soy de izquierda. No porque mis profesores fueran de izquierda — muchos lo fueron y los respeto profundamente — , sino precisamente porque ellos me enseñaron a pensar por mí mismo y porque posteriormente observé contradicciones que no estaba dispuesto a ignorar. Puedo reconocer los ideales de justicia social, igualdad y solidaridad que históricamente han inspirado a distintas corrientes de izquierda sin aceptar por ello todas sus respuestas políticas, económicas o históricas.
Las ideas de Marx pueden estudiarse como una de las grandes construcciones intelectuales de la historia y como una crítica profunda a determinadas desigualdades del capitalismo. Pero una cosa es estudiar un ideal y otra evaluar históricamente los sistemas que, en distintos momentos y lugares, pretendieron llevar determinadas formas de socialismo o comunismo a la práctica. La caída de la Unión Soviética, la transformación de los regímenes de Europa del Este y las experiencias de distintos Estados que adoptaron modelos de economía centralizada ofrecen elementos históricos que no pueden simplemente ignorarse. Y existe una contradicción que siempre me ha resultado particularmente evidente: criticar las élites económicas del capitalismo mientras se terminan construyendo otras élites políticas y burocráticas que concentran poder, privilegios y recursos.
Tampoco me convence el argumento de que un sistema es justo simplemente porque redistribuye. Redistribuir no crea automáticamente riqueza, ni repartir elimina automáticamente la pobreza, ni igualar resultados garantiza justicia. Una sociedad necesita solidaridad, pero también necesita mérito, iniciativa, propiedad, emprendimiento, responsabilidad, libertad económica y reglas que permitan que quien trabaja y arriesga pueda progresar sin convertirse por ello en enemigo de quienes tienen menos.
Y existe otra contradicción que para mí resulta todavía más profunda: no quiero una sociedad donde alguien tenga que pedir permiso ideológico para prosperar, pensar, disentir o expresarse. La libertad no puede funcionar únicamente para quienes piensan como nosotros. Si defendemos la libertad de expresión, debemos defender también la posibilidad de replicar; si defendemos el debate, debemos aceptar la refutación; si exigimos que nos escuchen, debemos estar dispuestos a escuchar; y si reclamamos tolerancia para nuestras convicciones, debemos concederla también a las convicciones del otro.
No soy de izquierda, pero tampoco necesito convertir a la derecha en una religión ni a sus dirigentes en infalibles. Ser de derecha, para mí, tampoco significa apagar el pensamiento crítico. Puedo defender la libertad, la democracia, el mérito, la iniciativa privada, la propiedad y la responsabilidad individual, y al mismo tiempo reconocer que una sociedad tiene deberes de solidaridad y que el Estado debe ocuparse de quienes realmente necesitan protección. No veo contradicción entre libertad y sentido social.
Mi posición política, en buena medida, nació de una experiencia universitaria paradójica: una universidad pública, con muchos profesores de izquierda, terminó enseñándome a pensar con libertad y no a ser de izquierda. Y por eso les tengo respeto a aquellos maestros: porque nunca necesitaron convertirme a sus ideas para enseñarme a pensar. Ellos me dieron herramientas; yo construí mis propias conclusiones.
Al final, esa es quizá la diferencia entre educar y adoctrinar. Educar es entregarle al estudiante las herramientas para que pueda llegar incluso a conclusiones que contradigan a su maestro. Adoctrinar es pretender que el estudiante llegue únicamente a las conclusiones que su maestro considera correctas. Yo tuve maestros; no tuve mesías. Y por eso sigo pensando por mi cuenta.
«Vi al Muro de Berlín dividir pueblos en nombre de una ideología; por eso no creo en muros jurídicos ni en fueros que dividan a los hombres ante la justicia: una cosa es proteger y otra blindar al que abusa del poder, actúa con perversidad o convierte el nepotismo en privilegio.» Luis Gabriel Carrillo Navas
De esto se desprende que el tal fuero universitario que dicen NO EXISTE y de establecerse por locuras de los congresistas en su ley blinda terroristas, agitadores y saboteadores, no es protesta social cuando destruyes o amenazas al otro en su persona, propiedad y libertades.
1. NO EXISTE UN “FUERO UNIVERSITARIO” COMO TERRITORIO INMUNE A LA LEY. La Constitución Política garantiza la autonomía universitaria en su artículo 69, pero no convierte a las universidades en territorios independientes de la República ni en espacios donde la Constitución, la ley y los derechos de los demás dejen de tener vigencia. Autonomía significa capacidad de autogobierno dentro del marco constitucional y legal; no significa soberanía, extraterritorialidad ni inmunidad frente al orden jurídico.
2. AUTONOMÍA UNIVERSITARIA NO ES “HÁGASE LO QUE SE QUIERA”. La autonomía permite a las universidades darse sus directivas y regirse por sus propios estatutos, así como organizar sus asuntos académicos, administrativos y financieros dentro de los límites legales. Pero una autonomía sin límites dejaría de ser autonomía para convertirse en impunidad institucional. Una universidad puede gobernarse; no puede derogar la Constitución en la puerta de entrada.
3. EL CAMPUS NO PUEDE CONVERTIRSE EN REFUGIO PARA QUIEN COMETE DELITOS. Una cosa es la protesta pacífica, la crítica política, la libertad de cátedra y el disenso; otra completamente distinta es utilizar un espacio universitario para cometer actos violentos, destruir bienes, atacar personas o planear y ejecutar conductas delictivas. La condición de estudiante, docente o visitante no constituye una licencia penal. Un delito no deja de ser delito porque cruce el portón de una universidad.
4. TAMPOCO PUEDE CONFUNDIRSE AL PROTESTANTE CON EL SABOTEADOR. Defender el derecho a la protesta implica proteger a quien se manifiesta pacíficamente, no otorgar un blindaje colectivo a quien aprovecha una movilización para ejercer violencia. El estudiante que protesta y el individuo que agrede no son jurídicamente la misma persona; mezclar a ambos sirve tanto para justificar abusos contra manifestantes pacíficos como para ocultar a quienes efectivamente cometen delitos.
5. LA AUTONOMÍA NO PUEDE SER UNA PATENTE DE CORSO PARA LOS AGITADORES. La universidad es un espacio para debatir ideas, no para imponerlas mediante la intimidación. Quien grita más fuerte no adquiere razón; quien bloquea la palabra ajena no se convierte en defensor de la libertad de expresión; y quien recurre a la violencia para impedir que otros estudien, trabajen o se expresen está destruyendo precisamente las libertades que dice defender.
6. LA UNIVERSIDAD NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN CENTRO DE ADOCTRINAMIENTO. La Corte Constitucional ha señalado que el ambiente universitario no puede ser adoctrinador. La diferencia es esencial: enseñar a pensar no es decirle al estudiante qué debe pensar; presentar teorías distintas no es obligarlo a adoptar una; fomentar el pensamiento crítico no consiste en reemplazar un dogma por otro con diferente bandera.
7. EL DOCENTE DEBE FORMAR CRITERIO, NO RECLUTAR ADEPTOS. Un profesor puede exponer sus ideas, defenderlas y someterlas al debate académico, pero la educación universitaria pierde su esencia cuando el aula deja de ser un lugar de confrontación libre de argumentos y se transforma en una fábrica de discípulos ideológicos. La cátedra no debería producir clones intelectuales, sino personas capaces de discutir incluso con quien les enseñó.
8. LA LIBERTAD DE CÁTEDRA NO ES LIBERTAD PARA EL MONOPOLIO IDEOLÓGICO. Si la universidad pretende formar ciudadanos críticos, debe permitir el contraste de ideas. Una institución donde todos pueden hablar mientras piensen igual no es un templo de la libertad académica: es una reunión donde el debate fue cancelado antes de comenzar.
9. EL PROBLEMA NO ES LA POLÍTICA EN LA UNIVERSIDAD; EL PROBLEMA ES EL MONOPOLIO DE LA POLÍTICA. La universidad debe poder estudiar todas las ideologías, todas las corrientes y todas las controversias. El problema comienza cuando una determinada visión pretende apropiarse del campus y presentar la discrepancia como una traición, una provocación o una razón para silenciar al contradictor.
10. NINGUNA CAUSA JUSTIFICA CONVERTIR LA UNIVERSIDAD EN UN ESPACIO DE VIOLENCIA. La defensa de una idea no adquiere mayor legitimidad porque se acompañe de piedras, amenazas, incendios, destrucción o agresiones. Una idea que necesita encapuchados para imponerse ha abandonado el debate para buscar la intimidación.
11. LA AUTORIDAD PÚBLICA TAMPOCO RECIBE UN CHEQUE EN BLANCO. Reconocer que no existe un fuero universitario no significa justificar cualquier intervención estatal. Toda actuación de las autoridades debe respetar la Constitución, la ley, el debido proceso, los derechos fundamentales y los principios de necesidad y proporcionalidad. Combatir una conducta violenta no autoriza a tratar como delincuente a toda la comunidad universitaria.
12. LA FALSA DISYUNTIVA ES “AUTONOMÍA O SEGURIDAD”. Una sociedad democrática no debería tener que escoger entre una universidad autónoma y una universidad segura. Puede y debe existir autonomía académica, libertad de pensamiento, protesta pacífica y, al mismo tiempo, protección efectiva de estudiantes, docentes, trabajadores y visitantes frente a conductas violentas y delictivas.
13. EL MAYOR ABSURDO SERÍA LLAMAR “FUERO” A LO QUE LA CONSTITUCIÓN LLAMA “AUTONOMÍA”. La Constitución fue bastante clara: habla de autonomía universitaria y establece que las universidades se rigen por sus estatutos de acuerdo con la ley. Es decir, hasta la propia autonomía nace constitucionalmente con un límite normativo incorporado. Pretender convertirla en inmunidad absoluta es añadirle a la Constitución palabras que nunca escribió.
14. IRONÍA JURÍDICA: si por “fuero universitario” se entiende que dentro del campus las normas desaparecen mágicamente, entonces habría que preguntarse si al cruzar la portería también se suspenden el Código Penal, los derechos de las víctimas y la Constitución. La respuesta es evidente: la autonomía no funciona como un campo de fuerza jurídico que evapora las leyes al entrar a la universidad.
15. OTRA IRONÍA: la universidad puede investigar el universo, cuestionar al Estado, discutir la existencia de Dios, desmontar teorías científicas y filosóficas, pero aparentemente — según la caricatura del supuesto fuero — una autoridad no podría investigar una conducta delictiva porque ocurrió detrás de una reja universitaria. La ciencia puede estudiar los agujeros negros; lo que no puede hacer la Constitución es crear un agujero negro jurídico llamado “campus”.
16. Y LA IRONÍA FINAL: se invoca la autonomía para defender la libertad de pensamiento, pero algunos pretenden utilizar esa misma autonomía para impedir que otros piensen distinto. Eso no es autonomía: es utilizar la libertad como excusa para monopolizarla.
EN CONCLUSIÓN: la autonomía universitaria es una garantía constitucional indispensable para proteger la libertad académica, la investigación, la crítica y la independencia institucional. Precisamente por su importancia no debe deformarse hasta convertirla en lo que no es. Autonomía no es fuero. Autonomía no es soberanía. Autonomía no es impunidad. Autonomía no es adoctrinamiento. Autonomía no es licencia para sabotear, agredir o delinquir. Una universidad libre debe ser, al mismo tiempo, libre para pensar, libre para disentir y sometida — como cualquier otra institución y cualquier otra persona — al imperio de la Constitución y de la ley.
