20 razones para entender la pérdida de liderazgo social de la Universidad

20 razones para entender la pérdida de liderazgo social de la Universidad

INFORME Marzo 2026 – Aunque la mayor cobertura sigue siendo una obsesión de parte de los gobiernos, esto no se ha traducido en mayor protagonismo de la educación superior. Lamentablemente, aunque necesaria, la Universidad ya no es la institución social líder de hace unos años. ¿Por qué?

En Estados Unidos cada vez es mayor el porcentaje de norteamericanos que consideran que la Universidad no es la más capacitada para favorecer la orientación en el destino de la nación; grandes multinacionales públicamente dicen que no les interesa si muchos de sus empleados tienen o no carrera universitaria; en varios países de Europa es preocupante como se incrementa el porcentaje de egresados profesionales con mínima tasa de ingresos, y recientemente en España, tras la presentación del diagnóstico de la educación superior en este país, por la Fundación CyD, un 13 % de académicos y directivos consultados señalaron que la universidad no es actualmente la mejor opción para formarse; y un 59 % indicó que ya la universidad no tiene el mismo atractivo y prestigio de antes.

Las políticas de incentivo al acceso a la educación superior, especialmente la gratuidad educativa, han sostenido las tasas de matrícula, pero esto no es necesariamente señal de éxito de la Universidad como institución social líder del conocimiento y etapa previa, obligada, de formación para acceder al mercado laboral y el reconocimiento público.

La Universidad ya no es la única opción posible para los bachilleres, y parece que “se durmió en sus laureles” mientras que otras entidades, con o sin lucro, han venido a desplazarla poco a poco.

La esperanza es que es una crisis de la Universidad como institución, no de la educación superior y la necesidad permanente de obtener mayor conocimiento.

20 razones para entender la pérdida de liderazgo social de la Universidad

A partir de la consulta con expertos, cifras nacionales y globales, proyecciones del mercado y análisis del mercado laboral, entre otros, estas situaciones constituyen una alerta para el mediano y largo plazo de la Universidad como organización administrativa, operativa, comercial o no y con una actividad socialmente reconocida que, poco a poco, parece estar siendo reemplazada por otras alternativa.

Este fenómeno, lejos de ser un proceso lineal o unidimensional, responde a una compleja interacción de factores estructurales, tecnológicos, económicos, políticos y culturales.

1. Mercantilización de la educación superior: la universidad como bien de mercado

La mercantilización de la educación superior implica la transformación de la universidad de un bien público orientado al desarrollo social y cultural, a un servicio transable en el mercado global. Este proceso se ha acelerado desde los años noventa, impulsado por políticas neoliberales, tratados de libre comercio y la presión de organismos multilaterales como el Banco Mundial y la OMC. En Colombia, la ley admite la proliferación de instituciones privadas y a la competencia por recursos, estudiantes y prestigio.

Según estimaciones, el sector educativo mueve anualmente más de 41 billones de dólares y emplea a 50 millones de personas en el mundo. En países como Brasil, el 90% de las IES son privadas, y entre 1991 y 2001 el número de universidades privadas se incrementó en un 267%. En Colombia, la matrícula privada representa cerca del 45% del total.

La mercantilización (identificada con grandes conglomerados educativos transnacionales, plataformas de educación en línea, y empresas privadas, ha generado una segmentación del sistema: universidades de élite para las clases altas y una masa de instituciones de baja calidad para sectores populares, perpetuando la desigualdad intergeneracional. Además, la lógica de mercado ha desplazado la misión social de la universidad, priorizando la rentabilidad, la empleabilidad y la captación de clientes (estudiantes) sobre la formación integral y el pensamiento crítico.

2. Transformación digital y Universidad 4.0: disrupción tecnológica y pérdida de centralidad

La transformación digital ha redefinido los procesos de enseñanza, investigación y gestión universitaria, pero también ha fragmentado el monopolio universitario sobre la producción y transmisión del conocimiento. La Universidad 4.0, caracterizada por la integración de tecnologías digitales, inteligencia artificial, big data y plataformas virtuales, exige una reinvención radical de la organización y la estrategia educativa.

En América Latina, la madurez digital de las universidades es intermedia y desigual, con avances en gobernanza y competencias docentes, pero limitaciones en infraestructura y evaluación.

La digitalización (con plataformas como Coursera, EdX, Khan Academy, Google Classroom y empresas tecnológicas de Google, Microsoft, Pearson…) han desplazado a la universidad como principal canal de acceso al conocimiento y la formación continua, y estos nuevos actores compiten directamente con la universidad en la oferta de formación, especialmente en áreas técnicas y de actualización profesional.

3. Auge de las redes sociales y pérdida de autoridad intelectual

Las redes sociales han revolucionado la circulación del conocimiento y la construcción de autoridad intelectual. El 96% de los estudiantes universitarios considera útil incluir las redes sociales en los procesos de formación académica, y plataformas como WhatsApp, YouTube y Facebook son utilizadas por más del 80% de los estudiantes para compartir información, resolver dudas y realizar trabajos en grupo.

Sin embargo, la facilidad de acceso y la horizontalidad de las redes han erosionado la autoridad tradicional del profesor y de la institución universitaria como fuentes legítimas de saber. La proliferación de información, la desinformación y la dificultad para distinguir fuentes confiables han generado una crisis de credibilidad y una fragmentación de los referentes intelectuales. Los influencers, divulgadores científicos, youtubers, tiktokers y comunidades virtuales han emergido como referentes de autoridad y divulgación del conocimiento, desplazando a los académicos tradicionales en la esfera pública.

4. Crisis de legitimidad institucional de la universidad

La universidad enfrenta una crisis de legitimidad derivada de su incapacidad para responder a las demandas sociales, la percepción de elitismo y la desconexión con los problemas reales de la sociedad.

La confianza en la universidad como institución ha disminuido, especialmente entre los jóvenes y sectores populares, que la perciben como distante, burocrática y poco relevante para sus necesidades. La presión por la eficiencia, la productividad y la rendición de cuentas ha desplazado la autonomía y la misión crítica de la universidad. Organizaciones de la sociedad civil, movimientos sociales, think tanks y expertos independientes han ganado legitimidad como interlocutores sociales y productores de conocimiento relevante para la toma de decisiones públicas.

5. Rankings académicos y pérdida de hegemonía

La proliferación de rankings universitarios internacionales (como ARWU, THE, QS) ha transformado la lógica de competencia y prestigio en la educación superior. Estos instrumentos, aunque útiles para la toma de decisiones de estudiantes y gobiernos, han impuesto métricas homogéneas y sesgadas que privilegian la investigación de élite, la internacionalización y la empleabilidad, en detrimento de la docencia, la extensión y la pertinencia social.

El énfasis en los rankings ha llevado a las universidades a “jugar para el ranking”, priorizando indicadores cuantitativos y estrategias de marketing sobre la mejora orgánica y la misión pública. Además, los rankings refuerzan la hegemonía de las universidades anglosajonas y profundizan la segmentación entre instituciones de élite y de masas.

6. Recortes de financiamiento público y austeridad

El descenso del financiamiento público ha sido uno de los factores más determinantes en la crisis de la universidad pública a nivel global. En América Latina, la política de ajuste estructural y la transición del Estado de bienestar al Estado neoliberal han reducido la inversión estatal en educación superior, generando déficits acumulados y desfinanciamiento per cápita.

Aunque en Colombia, desde el anterior gobierno Duque y especialmente en el de Petro se ha incrementado considerablemente los recursos para la educación suprior pública, estos aún no responden plenamente a las expectativas sectoriales. Solo cubren a una parte de los estudiantes de un sistema, que solo llega a un 57 % de cobertura, y deja por fuera a todos los estudiantes del sector privado. Adicionalmente los recursos se enfocan en matrícula pero no atienen debidamente otros aspectos derivadas de la digna supervivencia de los estudiantes.

7. Desalineación entre formación universitaria y mercado laboral

Existe una creciente desconexión entre la oferta académica universitaria y las demandas del mercado laboral. En Colombia, aunque la tasa de cotizantes entre graduados universitarios es del 77,9%, el desempleo juvenil con educación superior alcanza el 16,6%, y la tasa de graduación universitaria es apenas del 17%. Muchos empleadores reportan dificultades para encontrar profesionales con habilidades técnicas y sociales adecuadas, lo que evidencia una brecha entre la formación y las competencias requeridas. Un informe de ManpowerGroup reveló que el 75% de las empresas a nivel global reportan dificultades para encontrar talento con las habilidades técnicas y blandas necesarias, sugiriendo que el currículo universitario va detrás de la industria.

La rigidez curricular, la lentitud en la adaptación de los programas y la sobreoferta de carreras tradicionales han contribuido a la subutilización de la fuerza laboral calificada y al subempleo de los graduados.

Entre tanto, empresas tecnológicas y plataformas de formación en línea y certificadoras privadas, como Coursera, Udemy y LinkedIn Learning permiten certificar habilidades específicas en meses, no años, con “Micro-credenciales”, en programas flexibles y adaptados a las necesidades del mercado, desplazando a la universidad como principal formadora de talento. Las empresas valoran cada vez más los certificados de Google o AWS por encima de una licenciatura generalista.

8. Proliferación de instituciones privadas de baja calidad

La apertura del sistema educativo a la competencia y la liberalización del mercado han permitido la proliferación de instituciones privadas de baja calidad, muchas de ellas con ánimo de lucro (disimulado) y escaso control estatal.

Estas instituciones suelen ofrecer programas cortos, de bajo costo y baja exigencia académica, orientados a la masificación y la rentabilidad, pero con altos índices de deserción y baja empleabilidad de sus egresados. Su mensaje se dirige a atender la cobertura. La segmentación del sistema perpetúa la desigualdad y debilita la confianza social en el valor del título universitario.

9. Burocratización, managerialismo y evaluación por indicadores

La adopción de modelos de gestión empresarial (managerialismo) y la evaluación por indicadores han transformado la gobernanza universitaria, desplazando la autonomía académica y la deliberación democrática. La gestión por resultados, la rendición de cuentas y la cultura de la auditoría han convertido a la universidad en una organización orientada a la eficiencia y la productividad (aunque muchas viven llenas de burocracia y tramitomanía), en detrimento de la creatividad, la diversidad y la reflexión crítica.

Consultoras de gestión, agencias de acreditación y organismos externos han adquirido un papel central en la definición de las políticas y la evaluación universitaria, desplazando la autogestión y la colegialidad. Así, la burocratización y la tecnocratización de la gestión han generado una distancia entre las autoridades y la comunidad universitaria, debilitando la participación y el sentido de pertenencia.

10. Desconexión curricular y pérdida de pertinencia social

El currículo universitario, en muchos casos, permanece anclado en modelos disciplinares y tradicionales, desconectados de los problemas sociales, ambientales y culturales contemporáneos. Estudios en Colombia muestran que existe una pugna permanente entre los imaginarios aceptados en los escenarios educativos y las relaciones que se gestan entre los actores sociales, sin que se generen cambios de fondo en el currículo.

La falta de flexibilidad (enorme distancia de tiempo entre el momento en que se crea la necesidad de un programa y cuando realmente esto se traduce en un título), la escasa interdisciplinariedad y la débil vinculación con el entorno han limitado la capacidad de la universidad para responder a los desafíos de la sociedad del conocimiento, la sostenibilidad y la equidad. Según el Foro Económico Mundial, el 65% de los niños que hoy entran a primaria trabajarán en empleos que aún no existen; la universidad lucha por enseñar lo que fue, no lo que será.

Entre tanto, en áreas como la tecnología, la vida útil de una habilidad es de apenas 5 años. Un grado de 5 años entrega un profesional cuyo conocimiento del primer año ya es caduco al graduarse.

Las universidades tienen estructuras lentas. Mientras que cambiar un plan de estudios puede tomar 2 ó 3 años de trámites, un bootcamp de programación actualiza su temario cada mes. El aprendizaje ocurre hoy en comunidades horizontales donde se resuelve código o se diseñan productos en tiempo real, en comunidades de práctica del estilo Discord, Slack y GitHub). En algunas industrias creativas y tecnológicas, el GitHub o Behance propio son el “verdadero” título. Lo hecho importa más que el dónde se estudió.

A su vez, hay organizaciones sociales, movimientos ciudadanos y plataformas de educación alternativa que han desarrollado propuestas curriculares innovadoras y pertinentes, desplazando a la universidad como espacio exclusivo de formación crítica y transformación social.

11. Precarización laboral del profesorado y crisis de la docencia

La precarización laboral del profesorado universitario es una tendencia global que afecta la calidad de la docencia y la investigación. En Colombia, el 60% de la planta docente está compuesta por profesores de cátedra u ocasionales, con contratos temporales, bajos salarios y escasa estabilidad laboral. Esta situación limita la dedicación, la innovación pedagógica y el compromiso con la formación integral de los estudiantes. Ser docente universitario (salvo en las IES privadas de élite o en los de planta en las grandes universidades públicas) genera conmiseración  más que admiración.

La presión por la productividad, la evaluación por indicadores y la sobrecarga administrativa han deteriorado las condiciones de trabajo y la motivación del profesorado, debilitando la función docente en favor de la investigación y la gestión. Esta situación se agravó tras la pandemia del Covid 19 y, con el actual gobierno, por el explícito desinterés en potenciar la elevación de estándares de calidad. Ahora son menos profesores haciendo más cosas, con menor reconocimiento y menos construcción de conocimiento.

12. Medios de comunicación, escándalos y narrativa pública

La relación entre universidad y medios de comunicación se ha vuelto ambivalente. Por un lado, muchos medios “viven” de la publicidad de las universidades y han contribuido a visibilizar los logros y desafíos de la universidad; pero, por otro, han amplificado escándalos, casos de corrupción, conflictos internos y narrativas de crisis que han erosionado la confianza pública, que han generado una percepción de falta de rigor, superficialidad y parcialidad en la vida universitaria.

Y, en el caso colombiano, lamentablemente los escándalos y noticias que desdicen de la capacidad de autogestión, planeación, integridad y solvencia de la institución universitaria, ayudan a erosionar la confianza pública: IES que gradúan sin cumplir requisitos de ley, otras que flexibilizan hasta extremos de poca credibilidad la duración de los programas, otras en donde los fundadores se reparten la institución y sus recursos, otras que son un botín electoral de gobierno y oposición, y otras que dejan en el aire a matriculados por no contar con las condiciones de calidad para operar, entre otros.

13. Crisis epistemológica, descolonización del conocimiento y pluralidad de saberes

La universidad enfrenta una crisis epistemológica derivada del cuestionamiento a la universalidad, neutralidad y hegemonía de los saberes occidentales. Los movimientos de descolonización del conocimiento, las epistemologías del sur y la pluralidad de saberes han desafiado la autoridad académica y la legitimidad de los cánones tradicionales.

La reivindicación de conocimientos situados, saberes ancestrales, feminismos comunitarios y perspectivas críticas ha generado una apertura hacia la coproducción de conocimiento y el diálogo intercultural, pero también ha fragmentado el consenso sobre qué constituye el saber legítimo y relevante. Comunidades indígenas, colectivos feministas, movimientos decoloniales y redes de saberes alternativos han asumido el liderazgo en la producción y validación de conocimientos plurales, desplazando a la universidad como único árbitro epistemológico.

14. La Inflación de Títulos (Credencialismo)

Aunque el título sigue siendo importante para efectos laborales, cada vez disminuye su directa traducción en mejores escalas salariales. La mayor cobertura (léase, mayor titulación) termina siendo una triste cualificación del desempleo, como producto de la desarticulación de políticas públicas, y del diálogo ficticio e improductivo entre Estado, sector productivo y academia.

Bien dice el sociólogo Randall Collins que vivimos en una “sociedad credencialista” donde el título ya no garantiza empleo, sino que solo sirve para entrar en la fila. Al haber tantos graduados, el valor de mercado del título individual cae. Así, el acceso a los mejores empleos está especialmente favorecido a estudiantes con mejores contactos sociales y estos se consiguen, especialmente, en los estratos altos y las universidades de élite. Entre tanto, se cualifica la mano de obra y trabajo operativo de baja remuneración, desincentivando el esfuerzo universitario.

Eso explica, en parte el bajo retorno de inversión (ROI). En Estados Unidos, por ejemplo, la deuda estudiantil supera los 1.7 billones de dólares. En muchos casos la matrícula ha subido muy por encima de la inflación, convirtiendo a la universidad en un producto de lujo con rendimientos decrecientes. Y en Colombia casi el 50% de los egresados, que vienen del sector privado, deben salir a “recuperar” los altos valores de matrícula pagados, o que deben a entidades crediticias, mientras que los egresados del sector oficial aumentan sus retornos por haber estudiado con gratuidad o muy bajo costos.

15. El Desplome del Prestigio de la Investigación

Con la crisis de replicabilidad en las ciencias sociales y el auge del Open Science, la universidad ya no es el único árbitro de la validez científica.

Al mismo tiempo, la presión por la innovación, la transferencia tecnológica y la obtención de patentes ha orientado la investigación universitaria hacia la comercialización y la vinculación con el sector productivo. En América Latina, las universidades están llamadas a generar y transferir conocimiento a los sectores económicos, y esto ha desplazado la investigación básica y las humanidades en favor de áreas aplicadas y rentables. Hay saturación de investigadores en ciertas áreas y escasez en otras, de mayor necesidad.

16. La IA Generativa como una mentora perpetua

Todas las IAS, disponibles en cualquier teléfono móvil, y dominadas mejor por los adolescentes y jóvenes que los propios profesores, han desplazado radicalmente conceptos básicos de estudio, metodologías y entregas académicas. Son tutores 24/7, democratizando la tutoría personalizada que antes solo estaba disponible para la élite universitaria, y respondiendo al conocimiento en segundos en vez de largas horas de clase. En la práctica el concepto de crédito académico se ha replanteado totalmente, pero sigue estancado en el papel, por la ley.

17. Pérdida de valor del mérito académico

El mercado laboral, el mayor relacionamiento social y el ascenso político y público casi que sólo era posible, hasta hace unos pocos años, para quienes demostraban los méritos académicos suficientes para gobernar y dirigir organizaciones. Eso se traducía en el mensaje generalizado de que “para triunfar” en la vida, sí o sí había que pasar por la universidad. 

Pero la popularidad mediática, especialmente en redes sociales, y la llegada de autodenominados creadores de contenido o influencers, con mínima o incluso sin formación universitaria, con millones de seguidores y de dólares, cambiaron el imaginario, desincentivando el estudio como un medio necesario para el crecimiento personal, social, laboral y económico.

Adicionalmente, la masificación de decisiones gubernamentales (particularmente, en Colombia, con el saliente gobierno) dirigidas a favorecer el nombramiento en altos puestos públicos de personas que no cumplen requisitos de ley y, en consecuencia, el cambio de manales de funciones y requisitos para posesionarse, eliminando estudios y posgrados, han contribuido a favorecer la idea de que lo que importa no es el mérito académico sino el relacionamiento político, y para ello -se piensa- no se necesita a la universidad. 

18. La universidad no parece entender las necesidades y expectativas de los jóvenes

Programas muy largos para salir al mercado laboral, metodologías tradicionales y poco afines a la tecnología, más teoría que práctica, una pedagogía poco innovadora, miradas más unidisciplinares que interdisciplinares, y reglamentos rígidos, son algunas expresiones de gestión académica ajenas a lo que los potenciales estudiantes esperan del plan de estudios.

La Universidad, en general, invita al estudiante a romper paradigmas y a cambiar, pero esta poco se atreve a cambiar. Enseña procesos de planeación, y poco pasa del diagnóstico a la acción. Fomenta el trabajo en equipo, pero poco o nada se integra con otros actores del sector, y sigue aferrada a protocolos usados hace décadas pero hoy en desuso.

19. Un sistema de educación superior asimétrico y confuso

Particularmente, el colombiano es un sistema educativo lleno de denominaciones, tipologías, niveles, decenas de leyes, advertencias, titulaciones y requisitos, que confunden no solo a a opinión pública sino a los mismos operadores académicos, sobre el rol exacto de cada actor.

Al mismo tiempo, hay una mezcla de ofertas con y sin ánimo de lucro, de académicos y mercaderes, de instituciones colombianas y extranjeras, de educación superior y formación para el trabajo, y de reconocimientos, homologaciones, convalidaciones y cualificaciones poco claras, de las que terminan beneficiándose algunos frente a la opinión pública y el mercado laboral, y terminan perjudicándose algunos otros que recorren un camino más largo.

En el medio, hay confusión de roles y objetivos y mezcla de actores y tensiones diferentes en la construcción de políticas públicas, actores (ejecutivo, legislativo, judicial, nacionales y extranjeros, comerciantes, proveedores, asociaciones, colegios, IES, entidades de formación para el trabajo…) en donde cada uno parece pescar en rio revuelta ante la ausencia de un proyecto de país desde la educación superior.

20. Pérdida de los “beneficios” que ofrecía la universidad tradicional

Hasta hace pocos años, la Universidad era el centro del conocimiento, los maestros eran los dueños del saber, sus bibliotecas físicas eran únicas, sus programas de bienestar atraían estudiantes, los campus invitaban a compartir, y gracias a esta era posible tener alguna visión externa – internacional del mundo, aprender otros idiomas y conocer personas de otros países.

Estas posibilidades solo eran viables para los universitarios, que en una nueva generación, acompañada especialmente por el desarrollo tecnológico y los beneficios gubernamentales de acceso y gratuidad, han hallado que esos atractivos han perdido interés. 

El internet y la IA han suplido y reemplazado, con mejores condiciones, muchos de esos beneficios, que han dejado de ser propiedad de la universidad, institución que más allá de la innovación en algunos servicios e infraestructura, ha desarrollado muy pocos nuevos beneficios lo suficientemente atractivos para retener a los estudiantes.

 

¿Hay vida para la Universidad después de esto?

Sí.

La universidad sigue siendo necesaria, pero ya no es hegemónica. Su futuro dependerá de su capacidad para articularse con otros actores, adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales, y recuperar su compromiso con la formación integral, la justicia social y la construcción de ciudadanía crítica y democrática.

La universidad, lejos de desaparecer, enfrenta el reto de reinventarse en un mundo donde el conocimiento es más plural, distribuido y disputado que nunca. Su capacidad para recuperar liderazgo dependerá de su apertura al diálogo, su compromiso con la justicia social y su disposición a aprender de los nuevos actores y dinámicas que hoy configuran la ecología global de saberes.

Loading

Compartir en redes