Marzo 9/11 El profesor Gonzalo Arango Jiménez, presidente de la Federación Nacional de Profesores Universitarios (FENALPROU), analiza en Alma Máter, de la Universidad de Antioquia, cómo los docentes universitarios, pese a ser el centro de la actividad académica y génesis de la Universidad no son reconocidos salarial, académica y socialmente como se debería.
“Universidad” en su origen no indicaba un centro de estudios sino una agremiación o “sindicato” o asociación corporativa que protegía intereses de las personas dedicadas al oficio del saber. Más adelante, en el latín medieval, se le agregan al término “universitas” los de “magistrorum et scholarium” para significar un cuerpo dedicado a la enseñanza y a la educación, que es su sentido moderno. “En París, la universitas magistrorum et scolarium, cronológicamente la primera de las universidades europeas con la de Bolonia, reúne a maestros y estudiantes, a los que saben y a los que sabrán”.
Introduzco este artículo con las referencias anteriores con el propósito de mostrar que, desde sus inicios, el conjunto de personas que han hecho del trabajo con el conocimiento su proyecto de vida, son la esencia y el núcleo fundamental de la universidad. Es necesario recordarlo hoy, en un contexto de política universitaria que, fundamentada en criterios neoliberales, insiste en concebir a la universidad como una empresa de producción, rentable en términos económicos, administrada bajo los cánones de la eficiencia, para producir el “talento humano” que requiere el mercado laboral, al más bajo costo y con la calidad demandada por éste. Así las cosas, el objeto del trabajo universitario no es el conocimiento, sino la producción de distintos niveles de capacitación en personas y de objetos tecnológicos para suplir necesidades específicas del mercado, en entornos y contextos concretos en consonancia con la localización internacional de la producción de bienes y servicios, incluso de conocimiento científico y tecnológico, que impone la globalización en boga.
La esencia de la universidad es, y debe seguir siéndolo, la conformación, crecimiento y desarrollo de comunidades académicas organizadas en torno al estudio de la realidad material y social, incluyendo dentro de esta última la económica y la cultural, mediante el desarrollo de saberes en torno a disciplinas académicas, derivadas de las ciencias naturales y sociales. Dichas comunidades se expresan en la sociedad mediante la oferta de programas y proyectos en los ámbitos de la formación, la investigación y la extensión. Ello involucra la sistematización, síntesis y transmisión de conocimientos a los niveles más elevados, así como la eventual generación de nuevo conocimiento, resultado de la experimentación y el análisis mediado por la más rigurosa práctica científica. Esa es su función social, el quehacer que la identifica y a la vez la diferencia de otras instituciones sociales.
El escenario fundamental del trabajo universitario es la cátedra, entendida ésta como el espacio en el cual se produce el encuentro entre quienes aportan su conocimiento y experiencia como docentes, jerarquizados de acuerdo con criterios relacionados con sus niveles de formación, experiencia y producción académica, resultado de su práctica profesional y docente. No en vano el escalafón de la carrera establece sus categorías de auxiliar, asistente, asociado y titular, con relación a aquella. Es la existencia de estas comunidades organizadas, con actividad docente, investigativa y de extensión permanentes, lo que permite la conformación de escuelas de pensamiento y desarrollo de nuevas disciplinas orientadas a suplir necesidades socialmente determinadas por el avance material y espiritual de la sociedad. Allí radica la esencia de la universidad, es lo que tiene permanencia en el tiempo, es un continuo que trasciende a los individuos, es un patrimonio cultural de los pueblos y las naciones.
Es esa esencia lo que ha determinado históricamente las modalidades de selección y contratación de los docentes, para vincularlos a la carrera: el concurso por oposición entre pares, para suplir necesidades académicas concretas que se expresa en un “perfil”, en términos de nivel de formación y dominio sobre conocimientos disciplinares y experiencia académica y profesional, así como la exigencia de resultados, mediados por evaluaciones periódicas, en función de las cuales se determina el ingreso, permanencia y evolución en el escalafón de la carrera docente.
Es más, los parámetros establecidos para evaluar la calidad de las universidades, con propósitos de su jerarquización en relación con la excelencia académica, están referidos a los niveles de formación, capacidad y productividad de su cuerpo docente. Ello es lo universalmente reconocido.
El modelo de educación superior impuesto en nuestro país bajo los postulados y preceptos del neoliberalismo, ha sido nefasto en términos de la consolidación y el avance de sus comunidades académicas, en la mayoría de universidades públicas. Durante los 18 años de aplicación, paulatinamente se ha venido estableciendo la contratación temporal como la forma preponderante de vinculación de los docentes. Las modalidades de profesores ocasionales o transitorios y de hora cátedra alcanzan niveles insospechados, mientras que las plantas de personal docente de carrera, permanecen estáticas y en muchos casos disminuyen. La proporción entre los profesores de planta y los docentes temporales es del orden de 1 a 5, en el conjunto de las universidades públicas. En la mayoría de las universidades privadas, esta proporción puede ser más alta.
Gradualmente se han venido modificando los estatutos docentes en las universidades para derribar las barreras que daban protección a la carrera docente y facilitar la contratación a destajo. En algunas universidades se limitaba el número de horas de clase que podría cubrir un catedrático a 9 por semana, en razón a que un número mayor de horas correspondía a una vinculación como docente de medio tiempo o tiempo completo. Dicha norma se ha eliminado y encontramos hoy docentes a quienes se remunera a destajo con una carga horaria superior a las 25 horas semanales.
Para llegar a ello se pasó por un período en que la modalidad de contratación era la de profesores “transitorios” u “ocasionales”, los cuales se contrataban con asignaciones laborales similares a las contempladas para los docentes de planta en los estatutos, pero contratados por períodos académicos que no superaban las 18 semanas por semestre, en algunos casos y debido a la presión ejercida por estos se consiguió en algunas universidades que se les remunerara por 11 meses. Hoy día esa tendencia se revierte. Así las cosas, estos docentes, que tienen las mismas obligaciones que los de planta, sólo reciben remuneración durante 36 de las 52 semanas del año y carecen de cualquier tipo de estabilidad. Dicha modalidad de contratación aún subsiste en algunas universidades, pero en una proporción menor puesto que en términos económicos es más rentable para las universidades contratar catedráticos que los mal llamados transitorios, puesto que lo eran tanto. Hay casos de docentes que han sido contratados bajo esta modalidad por décadas.
La inestabilidad laboral ha llevado a que se presente una especie de esclavización de los docentes transitorios, pues la contratación para nuevos períodos depende del comportamiento que exhiban ante sus jefes. Los “colaboradores”, que aceptan asignaciones de trabajo académico exageradas y extenuantes, tendrán mayor posibilidad de ser reenganchados en los próximos períodos. También se establecen relaciones de padrinazgo por parte de directivos universitarios para quienes sin chistar, sean incondicionales seguidores y adeptos de los administradores académicos de turno, conformándose clientelas que manejan a su antojo.
Mientras las direcciones universitarias les niegan sus derechos económicos y laborales que desaparecen como consecuencia de la modalidad de contratación a estos docentes sometidos al salario del miedo, se convierten en adalides de sus “derechos políticos”, como el de votar en los comicios para elegir autoridades académicas, en los pocos resquicios de participación que perviven en los claustros universitarios y para la elección de representantes profesorales a los órganos de dirección universitaria. Abundantes son los casos en que son manipulados, usando el halago o el chantaje, para conseguir que sufraguen por los candidatos favoritos de las administraciones. Hay casos extremos en los cuales se va más allá: se promueven organizaciones gremiales de bolsillo de las rectorías, para confrontar a los profesores de planta a quienes señalan como poseedores de “privilegios odiosos”.
Es urgente que emprendamos la recuperación de la dignidad del trabajo docente y defendamos la existencia de condiciones que hagan posible la conformación y consolidación de la comunidad académica, condición indispensable para construir universidades de excelencia, al servicio del desarrollo económico y social del país. Para ello debemos fortalecer la unidad del cuerpo docente y construir un movimiento nacional reivindicativo, en el entendido que no es sólo la suerte de los docentes la que está en juego, sino la existencia misma de un patrimonio cultural en riesgo de desaparecer bajo los criterios mercantilistas y economicistas y la indolencia de las políticas gubernamentales y sus agentes.
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