El rector del CESA, José Manuel Restrepo, analiza, en El Espectador, cómo el Estado debe convertir la educación y de la equidad dos temas prioritarios de la agenda pública.
Luego de un 2013 cargado de muy sobresalientes resultados en materia macroeconómica, con algunas excepciones, puede ser difícil encontrar los asuntos oportunos y prioritarios.
Pues bien, luego de estudiarlo por algún tiempo, creo que hay dos prioridades que podrían hacer de nuestro resultado macroeconómico en 2014, y años subsiguientes, uno significativamente mejor. Se trata de hacer de la educación y de la equidad dos temas prioritarios de la agenda pública. El primero por cuanto un mejor desempeño en educación puede abrirnos más posibilidades en materia de innovación, de visión y construcción de sociedad, de cultura y de mayores oportunidades de nuevos emprendimientos y empleo de más calidad. Todos ellos determinantes en un país que aspira a ser radicalmente distinto en los próximos años.
El segundo, se trata de entender que Colombia debe dar un giro radical al darle más oportunidades ya no sólo a un grupo reducido de su sociedad, sino a tanto talento y capital humano que se esconde en la marginalidad, pobreza y el olvido de un país que ocupa los deshonrosos primeros lugares de inequidad en el mundo. Si queremos una democracia estable, si aspiramos a aprovechar tanto recurso disponible y si queremos un país en paz (que no es sólo un país sin Farc o Eln), es indispensable que pensemos en cómo hacer que la riqueza que todos los años generamos le llegue al grueso de la población. Un buen mensaje, aunque incompleto, llegó al cierre de 2013, cuando se adoptó un aumento del salario mínimo que es proporcionalmente el doble del crecimiento de la inflación anual.
Y digo incompleto porque hubiese sido recomendable que dicho incremento no se viese como un alza generosa en un año electoral, sino como un camino racional a ir incrementando el salario básico vital de las personas hacia aquel que es capaz de garantizar la vida digna de los estratos sociales más bajos y que se estima por algunos analistas en 500 dólares por mes para el caso colombiano. Era esta una buena oportunidad para definir una forma distinta de negociar y llegar al crecimiento del salario mínimo de cada año, más basado en la necesidad de un país equitativo en el que las remuneraciones al trabajo siguen estándares dignos y no sólo como la coyuntural generosidad de un año puntual o el exitoso logro de un acuerdo de voluntades de algunas partes (sindicatos, gobierno y empresarios).
Luis Fajardo, periodista colombiano de BBC, debate en un estudio reciente de que la educación puede ser un mal negocio. Y eso puede ser cierto si la calidad es mediocre o mala, pero si el Estado hace de la educación una real apuesta de política pública (como lo hizo con la vivienda de interés social gratuita) y se esfuerza en dar cambios radicales y sustantivos no sólo en lograr cobertura sino también calidad y pertinencia, el país dará un salto significativo como lo hicieran alguna vez los países del sudeste asiático. Parafraseando al presidente Obama, “si creemos que la educación de calidad y pertinencia es costosa y poco importante, probemos con la ignorancia a ver cómo nos va”.
Una recomendación al final para estos dos propósitos de 2014: no hagamos de ellos meros discursos “oportunistas” de campaña o políticas de “pañitos de agua tibia” como las que se han venido adoptando. La equidad y la educación merecen estrategias agresivas y arriesgadas que sean capaces de llevarnos por un senda social y económica distinta.
Feliz año 2014 y, sinceramente, esperamos que nos depare menos políticas de Gobierno y más políticas de un Estado pensado a largo plazo en el que quepamos todos los colombianos, donde haya más oportunidades para ser mejores y más competitivos. El resto de indicadores económicos se dará por añadidura.
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