Javier Corredor, analista de La Silla Vacía, dice que pese a la multitudinaria expresión de los estudiantes al rechazar la propuesta de reforma a la educación superior, estos no fueron capaces de ponder un representante a la Cámara que los identifique, y que eso les quita fuerza.
La descripción de este blog reza “la educación: el más impopular y menos vendedor de los temas políticos”. A juzgar por los resultados de las elecciones del domingo habría que agregar “y por el que nadie vota”. Los estudiantes, capaces de movilizar treinta o cuarenta mil marchantes durante las protestas contra la reforma a la ley de educación superior, fueron incapaces de ponerle diez mil voticos a Sergio Fernández, ex-representante de la MANE y candidato a la cámara por Bogotá. Por esto, el movimiento estudiantil se quedó sin ningún doliente con mandato alrededor del tema. Incluso el liberal partido del tomate, cuyo lema era “la educación es el camino”, terminó también quemado. La cosa es que sin representación efectiva es muy difícil que los estudiantes tengan algún poder de negociación para mover sus iniciativas. Los estudiantes se quejan porque no los toman en serio, porque no se les incluye en la toma de decisiones de alto nivel, pero si se juzga por sus votos efectivos, la pregunta es: ¿Merecerían ser consultados?
Aún si uno cuenta a Ángela María Robledo, como para no sentirse tan deprimido, o los votos de Camilo Romero en la consulta verde, un airado opositor a la reforma a la educación superior en el senado, el panorama es desalentador. Mientras la educación como tema se ha puesto en la agenda pública, su poder para mover votos en Colombia es muy bajo. Mientras en Chile, los lideres estudiantiles lograron una sorprendente representación en el congreso, en Colombia, por fuera de las universidades, el movimiento estudiantil no existe. Uno podría empezar con la clásica crítica conspiratoria que señala como culpables a los medios dominados por el gran capital, el imperialismo y la maquinaria, pero lo cierto es que estas explicaciones son insuficientes en un contexto donde hay que poner quince mil votos, no dos millones.
Creo que gran parte del problema es, a nivel cognitivo, el desconocimiento del funcionamiento del estado, evidente no sólo en los estudiantes, sino en general en el colombiano promedio. Para muchos, por ejemplo, la exigencia básica al congreso es que haga más, que haga algo, como si su función fuera ejecutiva y no legislativa. En este contexto, la labor del congreso es evaluada alrededor de problemas más asociados a la gestión local (e.g., inseguridad, vías), que al diseño de mecanismos institucionales. Obviamente, de ahí se deriva que la consecución de auxilios, o cualquiera sea el eufemismo con el que se les llama ahora (e.g., cupos indicativos, fondos de cofinanciación, etc), se convierta para el votante en la principal función de los parlamentarios. En muchos casos, el sentido del control de poderes es ignorado, y la distinción entre cámara y senado vista como trivial. Sin un marco cognitivo claro en relación con los elementos del estado y sus funciones es muy difícil comprender la importancia de tener representación legislativa, “aunque sea para que hagan control político”, como podría decir uno desilusionado con los resultados del domingo. En ese sentido, la baja participación estudiantil es, de nuevo, el resultado del fracaso de la educación en ciencias sociales.
Otra causa en un nivel un poco más psicológico es la que uno podría denominar la personalización de la política. Esto es, la evaluación de los candidatos se hace en función exclusiva de sus características personales, supuestas o evidentes, y no de las agendas políticas que ellos representan. Anticipando los resultados de las elecciones, le pregunté a varios estudiantes por quién y por qué iban a votar. En muchos casos, la respuesta era que no lo harían y las razones tenían que ver con las características personales de los candidatos. Refiriéndose a candidatos de diversas orientaciones políticas indicaban razones personales: “es que le interesa figurar, ser el centro de atención”; “es que es ególatra, competitivo”. Sorprendido pensaba yo: es un candidato, no una pareja para toda la vida. Y es un político, si no le gustara el escenario público, estaría haciendo otra cosa, escribiendo blogs como uno, por ejemplo. Existe también un tipo de indignado apolítico, fuertemente adolescencial, que se construye psicológicamente como una élite: para él el problema no es ganar las elecciones, es ser diferente. En ese contexto, el triunfo político es una derrota, es darse cuenta de que no se es único sino parte de una mayoría. El hecho es que para muchos estudiantes el sentido de la representación, la lógica política, se convierte en un problema de rasgos de personalidad, no de agendas, modelos institucionales o ideologías. En ese contexto, la conclusión siempre será la misma: no votar o votar en blanco. Una eterna desilusión con la política que para estas elecciones le representó a los estudiantes defensores de la educación superior quedarse con muy pocos representantes, incluso si uno considera, más allá de los candidatos estudiantiles, una minoría de congresistas electos, cercanos a las propuestas del movimiento estudiantil.
Por supuesto, hay iniciativas importantes alrededor de la educación que están siendo empujadas por grupos de opinión que pueden tener impacto en los próximos años, pero, en lo que respecta a la educación superior, los estudiantes quedaron en las manos de Santos. Así que la próxima vez que entren en paro y vayan a bloquear los salones porque nadie los representa, por favor pregúntense antes de poner la columna de pupitres frente a la puerta, por quien votaron, ¿votaron?, porque el domingo se vio poco movimiento estudiantil, y muchos buses y aguardiente.
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