¡Qué tristeza!

El político Miguel Gómez Martínez escibe una polémica columna en el Diario Portafolio, en la que cuestiona el rol de los estudiantes frente a la reforma a la educación superior.

Durante las últimas semanas hemos experimentado un triste espectáculo en las calles. Los estudiantes, que deberían ser motores del cambio, pidiendo que las cosas no mejoren.

Y más triste aún, el Gobierno decidió escuchar a esa minoría organizada y cedió a la presión de la protesta. Si algo está muy mal en Colombia es la calidad de nuestro sistema de educación.

Todas las pruebas internacionales confirman el pobre nivel de nuestros estudiantes. En todos los grados de formación, desde la básica hasta la superior, los indicadores son decepcionantes.

Con ingenuidad o manipulados, los estudiantes reclaman la educación pública y gratuita. El hecho de que ellos no quieran pagar no quiere decir que a la sociedad no le cueste.

El costo de la educación lo tiene que asumir la sociedad con impuestos y por ello es necesario exigir que los resultados de la educación pública puedan ser evaluados y mejoren constantemente.

La educación pública requiere poder calibrar el desempeño de los maestros, retirar a aquellos que no tienen la vocación o las calidades docentes y premiar con salarios más altos a los que estimulan a sus alumnos a obtener mejores resultados académicos. Para eso tenemos el Sistema Nacional de Pruebas, que permitiría evaluar de manera precisa cuáles son los buenos profesores y cuáles son los malos.

Esto, que es perfectamente lógico, es inaceptable por el cuerpo docente y por muchos estudiantes conformistas.

Nuestros profesores siguen siendo reacios a todo proceso de evaluación y de gestión por resultados. Atrincherados en una falsa idea de la calidad de la educación pública, proveen una formación anticuada, desarticulada y que no promueve el desarrollo de las habilidades necesarias para el hombre moderno. Para tener buenos alumnos se requieren buenos maestros que deben estar bien pagados sólo si cumplen bien su misión.

Hay que estimular a los buenos profesores que ven a sus mediocres colegas ganar el mismo sueldo por sólo asistir a unas pocas horas de clase y descuidar su labor de formadores de esperanza. Los sindicatos de maestros no aceptarán que los profesores reciban su remuneración dependiendo de la calidad de su trabajo. Ese es un gran reto político que este Gobierno debió haber asumido con visión.

Una propuesta de este estilo haría que los colegios públicos entraran en una sana competencia por tener los mejores resultados para tener profesores sobresalientes con salarios más altos.

Obligaría a los estudiantes a exigir mejores docentes y no a complacerse con maestros que no enseñan, pero cobran. Podríamos por este camino ir mejorando de forma gradual el nivel de nuestra educación.

En un país con tanta desigualdad, la educación es el único camino real para cerrar las brechas sociales. Hoy tenemos a los privilegiados que pueden acceder a una educación privada de aceptable calidad. Los menos favorecidos irán a colegios y universidades públicas a recibir una educación mediocre que, en lugar de abrirles puertas en la vida y brindarles oportunidades, los condenará al subempleo y a la frustración.

Qué tristeza ver movilizaciones de estudiantes que no exigen más horas de estudio, mejores maestros y más exigencia académica. Un país que no valora el esfuerzo de estudiar no tiene futuro.

Cuando a los jóvenes lo único que les importa es que no les cobren por una educación de pésima calidad, debemos preocuparnos. Es una señal de que la juventud no es parte de la solución, sino parte del problema nacional.

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