Análisis de Édgar Giovanni Rodríguez Cuberos, decano Facultad de Ciencias de la Educación, Humanidades y Artes, de la Fundación Universitaria Juan de Castellanos.
Como todos sabemos, la emergencia sanitaria y humanitaria ha generado que en distintos aspectos de la vida y cultura de nuestras instituciones, que antes creíamos inamovibles, que pensábamos difíciles de transformar por fuerza de la costumbre, del acomodamiento a la denominada “zona de confort” o simplemente porque se les mirara con reverencia casi sagrada en medio de una cultura mayormente conservadora y tradicionalista y demás, se han ajustado con rapidez obligada a los desafíos de cambio demandado. Algunos por su parte, aún critican con la pesadez de las ideologías, y desde el sueño de un marco de estabilidad que no les mortifique con ideas progresistas y que suponga “demasiadas transformaciones”. Lo cierto es que, como en todo cambio de época (y ésta que ya define no una cuarta sino una quinta revolución industrial transhumana) considerará en dicho contexto, retomar el debate sobre el sentido que como habitantes de este planeta le damos a las prácticas. Tanto a nivel general como disciplinar.
Así, podemos aceptar que la noción de práctica, es decir, aquello que en últimas relacionamos o asociamos con la palabra, supone aún en la actualidad, una fuerte vinculación con uno de los temas y marco de deliberación fundamental de la filosofía que tiene que ver con la disociación mente-cuerpo. Todavía en pleno Siglo XXI, esta polaridad sigue permeando nuestros modos de ser y de hacer en el mundo, con efectos que tristemente determinan cualquier tipo de ejercicio político, económico, cultural y social a pequeña y gran escala.
Esta misma relación de oposición binaria (mente/cuerpo) hace parte de la herencia moderna que instauró precisamente otros pares excluyentes (hembra/macho; teoría/práctica; centro/periferia; ciencias duras/ciencias humanas, entre otros). Este modo de pensamiento binario, hace énfasis en la diferencia y no en las relaciones de composición, es decir, termina (en una interpretación supremamente rápida) por hacer énfasis en una parte de la bina, para “hacerla a-parecer” más importante que la otra, más fuerte, más fundamental o necesaria, con argumentos que son funcionales para quien, desde el uso del poder, legitima dicho marco interpretativo.
Esto significa que, dependiendo las condiciones, para algunos será más importante un extremo que el otro, por lo que fácilmente esta racionalidad de oposición cae en fundamentalismos de todo tipo. La bina teoría/práctica ha sufrido por lo tanto de esta herencia al punto que se privilegia una sobre la otra sin comprender que hacen parte de un todo inter y co-dependiente en la estructura del conocimiento y su relación con la experiencia.
De tal manera podemos estar de acuerdo que la práctica no es un mero hacer, por práctica entendemos una forma particular de entrenamiento de alta complejidad en la que se operacionalizan una serie de habilidades, competencias, capacidades que suponen precisamente una relación con el saber y con el poder. Las prácticas se instituyen y se constituyen o bien, como escenarios de emancipación o bien, como dispositivos de dominación. La diferencia está dada en la forma en que la acción implícita promueve o no, deliberaciones o sofisticaciones en las formas de pensar.
En este orden de ideas, podremos aceptar que, en cualquier disciplina, como canon de conocimiento sistematizado y regulado, con sus expertos y sus modos de teorización de su legitimidad, con sus métodos y órdenes específicos para apreciar recortes de realidad (modos de enunciación con los que actuamos e intervenimos en el mundo); se vincula en la práctica, una convergencia de estos saberes acumulados y acumulativos, donde por lo general, se da vía libre a la experimentación y a la sustentación en entornos de aquello que supuestamente se detenta como un tipo de conocimiento aplicado.
Insisto, una práctica no es un mero hacer (“Salir a campo”,” ir al laboratorio” “estar con la comunidad”), neutral, ingenuo, desestructurado; una práctica es, por el contrario, reflexiva sobre el campo de conocimiento disciplinar que despliega para enfrentar una situación o un problema, por lo que “se pone en juego”, es ese acervo de saberes y modos (procedimientos, estrategias, posturas, enfoques, etc.) para aportar funcionalmente a transformar una realidad específica y que cambian a quien las ejecuta…al ejercitante o practicante en términos de Sloterdijk.
Las prácticas, por lo tanto, no se reducen al ámbito del “laboratorio-campo-comunidad” pues este no implica un lugar (como un ámbito físico), sino una disposición del pensamiento. Los laboratorios bajo esta perspectiva, dejen de ser “lugares”, para ser espacios modificables, diseños de ambientes donde esa complejidad de la práctica (que no es un hacer irreflexivo) sucede (Cfr. Rodríguez & Infante, 2019). Las prácticas según Foucault, vienen a dar cuenta de las maneras en que, como sujetos, nos relacionamos con la verdad y los distintos campos de saber y de poder. Entonces ¿Puedo hacer práctica sin estar en el laboratorio-campo o comunidad? Por supuesto que sí, si nos damos la oportunidad de profundizar en la riqueza misma del concepto y su estrecha relación con el conocimiento y su gestación. Si dejamos de oponer teoría a la práctica y concedemos que se trata de un continuum en el que lo clave es ser capaces de operar nuestros saberes sobre problemas concretos y no sobre abstracciones que tercamente idealizamos.
Lo práctico es teórico y lo teórico es práctico, simplemente porque pensar no está separado del cuerpo, ni sentir de razonar. Luego, un profesional, un intelectual, reconoce inmediatamente que lo que le separa de una instancia mecanicista e instrumental es precisamente, criticar o mejorar los campos de saber desde la acción reflexiva y no como una acción sin sentido ni propósito. Por lo tanto, el dominio de ciertos procedimientos, técnicas, aparatos, dispositivos, máquinas, artilugios, protocolos, etc. Son valiosos para las prácticas cuando ellos mismos son objeto de reflexión y de trabajo para su mejora y no camisas de fuerza para “asegurar” un resultado.
Hoy por hoy, este debate recobra aliento cada vez que, en medio de la pandemia, se hacen exigencias por lo práctico sin que en muchas oportunidades realmente consideremos el peso epistémico que ella encarna y que en cualquier formación debe considerarse. Ojalá las IES aprovechen esta oportunidad para reconfigurar sus espacios de práctica como escenarios de diseño y sobre todo de experimentación para reposicionar el valor del conocimiento y los modos en que este emerge dentro de una comunidad de saber siempre con un carácter reflexivo.
Referencia:
Rodríguez, E.G & Infante, A.T (2019) “Los lab/oratorios escolares: cuencas de innovación, empoderamiento y emprendimiento” En: Daza-Orozco, C.E. (2019). Iniciación científica: conceptualización, metodologías y buenas prácticas. Bogotá: Institución Universitaria Politécnico Grancolombiano
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