Enero 20/22 Aunque no lo dice así, esa es una de las conclusiones de la crítica de Ben Nelson, gestor de Minerva, en EE UU, a las universidades de élite.
Nelson (foto) creó, hace solo una década, la institución educativa Minerva Project, que es muy selectiva y de calidad, e incluso supera en indicadores a las reconocidas universidades estadounidenses de la llamada Ivy League.
Para Ben Nelson, universidades como Harvard, Princeton, Stanford y las demás que hacen parte de la Ivy League (las instituciones privadas en el noroeste de Estados Unidos, consideradas las más prestigiosas del mundo) no son tan buenas como muchos creen. Y lo dice alguien que egresó de ese sistema. Es más, se atreve a asegurar que la institución que él creó, Minerva Project, es mucho mejor.
Traídos sus conceptos a Colombia, según los cuales, las universidades no deben investigar, el modelo educativo actual está obsoleto, las universidades no precisan de campus y algunas carreras en las instituciones de mayor renombre son “terriblemente malas”, haría revolcar de ira a varios rectores y gestores de tradicionales, y costosas, universidades privadas colombianas.
El siguiente es el texto de la entrevista dada por Nelson a El Tiempo el pasado 3 de enero:
Una locura, pensarán muchos, pero esta universidad, con apenas 10 años de existencia, hoy recibe tantas solicitudes de admisión como el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y se da el lujo de aceptar solo al 1,2 por ciento de los aspirantes, mucho menos que Harvard, donde la aceptación es del 6 por ciento.
Hoy, convertido en una especie de ‘gurú’ de la educación superior, Nelson no desaprovecha la oportunidad para lanzar puyas a sus centenarias competidoras. Dice brindar educación superior de mejor calidad que los ‘colleges’ que ocupan lo más alto de los escalafones mundiales y hoy sus egresados se han convertido en los más apetecidos en el mercado laboral. Y todo esto con un modelo que considera mucho más actual y accesible, en especial en un mercado como el de EE. UU., donde los costos educativos suelen ser muy elevados.
Pero el modelo de Nelson no solo es atípico, sino controversial, así como también lo son sus opiniones. Cree que las universidades no deben investigar, que el modelo educativo actual está obsoleto, que las universidades no precisan de campus y que algunas carreras en las instituciones de mayor renombre son “terriblemente malas”.
¿Por qué dice que las universidades importantes no son tan buenas como dicen?
Todo el mundo aprende algo en cualquier institución, pero las universidades, incluso las más prestigiosas, se centran principalmente en medirse mediante la investigación. Pero una lectura que hemos hecho es que la investigación en el proceso educativo no ayuda a retener el aprendizaje.
Cuando tienes estudiantes de Harvard, por ejemplo, en una clase de Física, y presentan su examen final, y a los seis meses les pones otro examen con la misma dificultad sobre los mismos conceptos, nos damos cuenta de que en ese tiempo han retenido solo alrededor del 10 por ciento. Y eso está ligado a un modelo educativo en el que pesa menos el aprendizaje real, de conceptos, de conocimientos prácticos, de darles herramientas reales a los estudiantes, y eso no está pasando en las principales universidades del mundo.
¿Está diciendo que las universidades no deben investigar?
Nuestros estudiantes hoy son muy apetecidos en el mercado laboral, a veces incluso más que los de universidades de mayor prestigio, con egresados laureados y con costos exorbitantes. Y eso es porque a esas instituciones realmente no les interesa enseñarles a sus estudiantes habilidades que realmente sirven para la vida, sino mantener su estatus, sus ingresos, patrocinios y demás. Y eso se hace con una reputación que han mantenido mediante grandes esfuerzos en investigación.
Pero para eso no deben ser las universidades. Los estudiantes pagan costos muy altos y lo mínimo que deberían tener es las habilidades para desenvolverse en el mundo y así poder, con su trabajo, recuperar su inversión.
¿En qué se equivocan las universidades tradicionales?
Son entes arcaicos, que no se han adaptado a las dinámicas actuales. Sin ir más lejos, su sistema de evaluación es el mismo no solo desde hace décadas, incluso desde hace siglos. No han puesto cuidado a cómo trabaja el cerebro, y el cerebro no retiene información de esa forma, con un docente transmitiendo conocimientos y ya.
Una de las razones por las que Minerva se ha convertido en una opción ante estas costosas universidades es porque, si bien puede que enseñemos lo mismo, lo hacemos en un proceso de aprendizaje activo que ha demostrado que dos años después de haber terminado sus estudios el estudiante retiene el 70 por ciento. Eso es mucho más del 10 por ciento en seis meses que mencioné anteriormente.
¿Por qué Minerva es diferente?
Todo parte de la forma en que diseñamos nuestro plan de estudios. Muchos hablan de transformar el sistema y hablan de hacerlo con muchos objetivos como aumentar la cobertura, hacerla más accesible. Claro que en todo eso hay un valor muy importante. Pero nada de eso sirve si de igual forma lo que estamos ofreciendo no sirve. Es decir, la educación, sea como sea, funciona como un producto, y no podemos vender un mal producto o uno que no sea el que el estudiante necesita.
¿Y cuál es ese producto que ustedes ofrecen?
Las instituciones tradicionales muchas veces enseñan un problema y su respuesta. Dan un problema en un contexto dado, en un área de conocimiento, y te dicen la respuesta y ya. En el mejor de los casos te enseñan a resolver un problema en un solo contexto. Eso no sirve en la vida real.
Lo que tenemos que aplicar es una técnica de aprendizaje que nos permita encontrar las causas de cualquier problema y saber cómo solucionarlos desde diferentes abordajes. Por eso, debemos enseñar técnicas de aprendizaje que nos permitan identificar las causas de cualquier problema, no de uno específico y particular. Aprender a identificar las raíces, y desde allí elaborar respuestas. Enseñar a pensar en el problema correcto. Eso para nosotros es la educación y Minerva existe para que este tipo de aprendizajes tengan lugar.
Los profesores nuestros casi no hablan, orientan. No hay conferencias, no somos transmisores de conocimientos. De hecho, la mayor parte se aprende fuera de clase. Los profesores deben estimular las mentes, ser facilitadores del aprendizaje.
Está demostrado científicamente que un profesor dictando una clase no estimula lo suficiente las ondas cerebrales de los jóvenes. Es ciencia. Lo hemos medido, y sabemos incluso que la actividad cerebral es casi idéntica a la de una mente en reposo.
Hemos diseñado un sistema en el que –y esto es medible– en cada minuto de una clase el cerebro está en constante actividad. Hablamos de procesos más autónomos.
Usted habla de Minerva como accesible, pero aun así cobra alrededor de
US$ 30.000 al año y tiene una tasa de admisión del 1,2 por ciento…
Es cierto. De las 23.000 solicitudes que recibimos aceptamos el 1,2 por ciento. Pero nuestros costos son mucho menores que en Princeton, el MIT, las universidades de la Ivy League con una matrícula de 70.000 dólares o más. Eso nos permite ser selectivos, sí, tener a los mejores alumnos, pero con una gran diversidad, de varios países, etnias y niveles económicos, porque indudablemente es más fácil pagar 30.000 (que está dentro del promedio de educación superior en Estados Unidos, e incluso puede ser más bajo) que 70.000 dólares. Otras instituciones dan prioridad a los grandes benefactores, a quienes tienen recursos.
En Colombia se habla mucho de la gratuidad en la educación. ¿Es ese el camino?
Si estás haciendo las universidades gratis y accesibles para aquellos que no tienen cómo pagar, es una buena idea. Si las haces gratis para todos, educación gratuita universal, no es buena idea. Porque de cualquier forma alguien tiene que pagar. Nada es gratis, ni siquiera la educación. ¿Quién paga? ¿El Gobierno? ¿De dónde sale ese dinero? De los impuestos. ¿Y esos impuestos son para los más ricos? Lo más probable es que salga de la clase media. Y tenemos casos como en Brasil, donde las universidades públicas están llenas de personas de clases altas, con capacidad para pagar, pero estudian gratis, mientras que esos cupos podrían ir para quien no puede pagar.
Esa inversión se justifica con impuestos que afectan a la clase media. En cambio, las universidades privadas están llenas de personas que se endeudan para estudiar porque no tuvieron buena educación en el colegio y por tanto no pueden acceder a cupos en las públicas. Entonces la gratuidad no cumplió su función de hacer accesible la educación.
Las instituciones que usted critica siguen encabezando escalafones internacionales. ¿Qué opina de estos listados?
Los rankings son probablemente inútiles y peligrosamente destructivos. Todos ellos muestran una sola cosa: la producción de investigación por facultad. Miden los mismos factores de diferente manera. Miden cuánto se gasta por profesor, cuántos docentes hay con doctorado, citas y publicaciones científicas. En últimas, solo investigación y no realmente la calidad de la educación. Pero es una ficción que hay universidades buenas y universidades malas. La universidad donde estudié, la de Pensilvania, una de las del Ivy League y de las más prestigiosas, tiene departamentos buenos y otros terriblemente malos.
Estos listados pudieron ser válidos tal vez hace 30 años. Pero hay instituciones que son muy buenas en ciertas facultades. La mejor en Filosofía probablemente en el mundo no es Harvard u Oxford. Es New York University. No está en el top 10 de los escalafones mundiales, pero si quieres estudiar filosofía, debes hacerlo allí.
A lo que me refiero es que, por centrarse en cuáles son las instituciones de más arriba en las listas, se menosprecian muy buenos programas, y eso es dañino y, por el contrario, exalta facultades que pueden ser de muy mala calidad.
¿La educación en línea en plataformas como Coursera amenaza a las universidades?
No lo sé, pero puedo decir que las universidades no gustan de ellas. Y voy a poner un ejemplo. Uno de los programas más esperados en estas plataformas fue uno que ofreció en Sociología la Universidad de Princeton. Los estudiantes querían vivir la experiencia de cursar un programa en esta prestigiosa universidad. Su sorpresa fue muy grande cuando vieron a un profesor de avanzada edad sentado frente a la cámara haciendo lo que ha hecho por 30 o 40 años: recitar un montón de cosas inentendibles. Y veía a muchos preguntarse: “¿Esto es Princeton? ¿Esto que no tiene nada de especial?”.
No les gusta porque deja en evidencia sus falencias, sus fallas, su método arcaico. Y cuando un estudiante entra a estas plataformas virtuales a recibir cursos que sí fueron diseñados de la manera correcta, después de haber tenido formación en una de estas instituciones tradicionales, se da cuenta de que pagó mucho por un tema de estatus, pero que en verdad no aprendió nada.
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