Junio 20/23 Mientras que el gobierno habla de nuevas instituciones y rectores buscan “ganarse” los 500 mil nuevos cupos prometidos, la realidad es que muchas IES, especialmente privadas, vienen cayendo hace años.
Un informe de Noticias Caracol sobre la advertencia de los rectores por la caída en las matrículas ha llamado mucho la atención en redes sociales en momentos en que el Congreso de la República aprobó el informe de conciliación que pasa a ser proyecto de ley sobre gratuidad educativa en las IES públicas.
Las explicaciones del informe periodístico y sus entrevistados son incompletas, y aquí queremos dar un contexto.
De entrada, hay que advertir que la fuente son los propios rectores, de universidades públicas y privadas, quienes advierten una caída gradual y sostenida de las solicitudes y de aspirantes, pues el sistema proyecta y diseña políticas de fomento y cobertura con cifras desactualizadas.
Es incomprensible cómo, en una época de información en línea y en tiempo real, el propio Ministerio de Educación, con interlocución directa e inmediata con los rectores, no tiene cifras actualizadas de matrícula en el sector. Debería tenerlas con cohorte a 2023-1, pero a la fecha ni siquiera ha publicado las cifras de 2022-1. Esto último no es un problema solo del actual Mineducación. Es endémico del sistema desde la propia Ley 30 y la constitución del Sistema Nacional de Información de la Educación Superior SNIES.
Eso lleva a mucha especulación sobre el comportamiento real en el sistema. Cada rector dice en público que ha crecido, pero hay muchas dudas sobre si esto es cierto o no, pues si bien algunas IES han crecido en los últimos años, particularmente las públicas por los beneficios de los distintos programas de gratuidad municipales, departamentales y del orden nacional, muchas privadas, incluso tradicionales de prestigio, han perdido estudiantes que, por costos y apoyos en las públicas, se los han arrebatado.
Si las plataformas estudiantiles piden más matrícula cero, si el presidente habla de educación pública, gratuita y de calidad, y si en el nuevo Plan de Desarrollo se habla de más de 50 nuevas sedes, seccionales o universidades, entonces ¿por qué cae la matrícula?.
El Observatorio de la Universidad Colombiana identifica cómo este no es un fenómeno aislado, que se viene dando desde hace unos 7 años y que, salvo algo excepcional, se mantendrá mientras que las condiciones actuales no se modifiquen estructuralmente.
Como un primer referente debe tenerse en cuenta que sesgadamente el país y su propio sistema de educación superior han creído que la cobertura en educación superior debe tener como meta que el 100 % de bachilleres ingresen al sistema, y que una tasa de cobertura del 52 % ó 53 % significa que hay un mercado potencial del 47 % ó 48 %, pero se desconoce que muchos de estos jóvenes acceden a formación para el trabajo y el desarrollo humano (que no se contabiliza en la tasa de cobertura), que por decisiones personales hay otros que optan por no seguir estudiando, o que han buscado una IES extranjera virtual -cuya matrícula no está contabilizada por el SNIES- o porque la actual oferta no satisface las necesidades y expectativas, o su ubicación geográfica los pone en territorios en donde las grandes IES no están en condiciones de llegar y las virtuales sufren por falta de conectividad. Además, es claro que incluso con gratuidad y sostenimiento para los estudiantes de menores recursos, quienes viven en condiciones de pobreza no pueden darse el lujo de ir a estudiar mientras su familia no tiene otros brazos que soporten la economía del hogar.
Otro aspecto: La baja histórica de la natalidad, identificada hace varios años y conocida por las propias Universidades, confirma cómo hoy Colombia tiene la mitad de niños y de jóvenes con respecto a los nacidos hace varias décadas. Esta “tragedia” ya la experimentan los colegios y las universidades hasta ahora la están comenzando a sentir.
Todo lo anterior conlleva al tema de la pertinencia de la oferta educativa. Colombia no tiene estudios, nacionales y rigurosos, que identifiquen las necesidades reales de formación que el mercado laboral y las oportunidades de desarrollo estratégico requieren de parte de sus IES. Esto explica la aparente sobrematrícula en programas como, por ejemplo, Psicología y Contaduría, y el desconocimiento real de Colombia de si tiene o no el número de profesionales de la salud, o abogados, que realmente necesita, en qué áreas y en qué regiones.
Entre tanto, sin cifras reales ni identificación precisa de necesidades de formación, el sistema sigue creciendo en nuevas IES, nuevas seccionales y más programas, contraveniendo la lógica del mercado según la cual a más oferentes la “torta de mercado” ofrece porciones más pequeñas. Esto es, muchas de las IES que se mantienen, o incluso las que han crecido en número de estudiantes, lo han hecho como producto de una agresiva estrategia de expansión y de crecimiento de nuevos programas, pero en la práctica tienen, en promedio, menos estudiantes por programa de lo que tenían hace varios años. Difícilmente un programa “cierra” de forma responsable un programa por saturación del mercado laboral; lo hace por ausencia de demanda y cuando sus costos de operación ya no aguantan más.
Es decir, incluso las IES que han logrado mantener o mejorar el total de su población estudiantil, han debido incrementar sus costos de operación por la necesidad de tener más infraestructura, servicios y nómina para atender más programas, sacrificando sus “colchones” financieros o excedentes operacionales.
En términos de oferta y demanda y de ingresos y egresos, resulta paradójica la expansión de innumerables convenios, alianzas, asesorías y acompañamientos de los propios rectores, asociaciones y directivos de las IES actuales a nuevos proyectos educativos que, en el mediano plazo, terminarán siendo su propia competencia.
El aumento de la oferta informal también está causando mella en la matrícula formal. Hasta hace pocos años, era difícil concebir que un bachiller, con posibilidades académicas y económicas para matricularse en una IES, optara por una modalidad de formación distinta, pero las actuales generaciones están buscan las alternativas de formación que mejor respondan a sus expectativas. Hoy es muy normal que, incluso los hijos adolescentes de los propios rectores, busquen programas e instituciones diferentes de lo que consideran muy tradicional.
Cursos cortos, más en línea y menos presenciales, más prácticos y menos teóricos, y con mayores posibilidades de retorno de inversión (salario) en el menor tiempo, adquieren mayor protagonismo. Programación, redes sociales, diseño, mercadeo, comunicación, publicidad y actividades afines se ubican en las áreas que mejor responden a estas expectativas. Entre tanto, gran parte de la universidad tradicional demerita las “nuevas profesiones” (influencers, trabajadores de inteligencia artificial, “coachers” en distintos niveles, desarrolladores específicos, drones, manejadores de contenido digital…), por considerarlas insulsas, y las que intentan remodelar sus programas y actualizar pertinentemente sus planes de estudio se encuentran con el dolor de cabeza de los trámites en el Ministerio de Educación Nacional. Cuando estos logran superarse (tras meses y hasta años), la pertinencia y oportunidad de la oferta ya ha pasado de moda.
En consecuencia, hay un aumento en torno del descreimiento por lo que la Universidad puede ofrecer como valor agregado. No tener un título universitario poca o ninguna vergüenza genera hoy; en cambio, la habilidad para ser emprendedor, exitoso o con dinero, no importa con qué conocimiento, tiene más reconocimiento social.
Mientras que las universidades sigan formando para lo mismo a más y más personas, lo que están haciendo es contribuir al desempleo. Igualmente, las universidades están comenzando a experimentar una realidad para la cual sus profesores y personal no están preparados debidamente: La nueva generación de cristal, jóvenes nacidos en este milenio que tienen expectativas y una sensibilidad diferente a la de sus profesores, que difícilmente se ven identificados con el mensaje de la institucionalidad de la universidad frente a la vida, los retos sociales y las expectativas laborales.
Eso sí, la Universidad, no la educación, que sigue siendo altamente demandada. La desconexión de las IES con el mercado laboral y las tasas de desempleo y frustración de los profesionales universitarios confirman la hipótesis de que la Universidad ya no es “la” alternativa para los bachilleres.
Por todo esto, gran parte del sector y de los rectores se han quedado “pegados” al supuesto anhelo de la juventud de tener educación, cuando realmente lo que la realidad muestra es que, al extenderse las opiniones y aumentar las políticas de gratuidad, esa dejó de ser una preocupación y cedió paso al problema del empleo. Un trabajo digno es la principal inquietud de los jóvenes y sus familias, no importa cómo se obtenga, y la Universidad (en Colombia ni en la mayoría de los países) no se ha comprometido decididamente a asegurar trabajos e ingresos de calidad.
Porque, también a diferencia de hace unos años, la tasa de retorno (salarios) de los profesionales universitarios es, proporcionalmente menor cada año con respecto al costo de su formación y a lo que ganaban los profesionales de su familia en generaciones anteriores. El OLE, Observatorio Laboral de la Educación, del gobierno nacional, que se quedó anclado hace varios años sin entregar informes, ya venía demostrando cómo si bien el valor de los salarios de los profesionales subía nominalmente en su monto, ha bajado cuando se mide en salarios mínimos legales vigentes. Es decir, el familiar médico, abogado, ingeniero, administrador… con el solo pregrado, de hace 20 ó 30 años, ganaba más, en promedio, de lo que hoy recibe la actual generación, incluso con posgrado.
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El panorama es para preocupar a los rectores y al sector, que debería verlo como una oportunidad para repensar, estructuralmente la Ley 30 de 1992, más allá de pensar sólo en dinero y mecanismos de participación de la comunidad universitaria.
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