Educación, ¿para qué?: Santiago José Castro Agudelo

Educación, ¿para qué?: Santiago José Castro Agudelo

Feb/24 Castro Agudelo, exrector de la U. La Gran Colombia y actual rector del Gimnasio del Norte, en Valledupar, reflexiona sobre las dimensiones de la labor educativa. Tomado de Radio Guatapurí.

Parece haber un acuerdo general sobre el papel de la educación como “motor de desarrollo” y como “uno de los instrumentos más eficaces para reducir la pobreza”, tal como lo sugieren, entre otros, el banco mundial. Se suele medir en años de escolaridad y se han establecido importantes vínculos entre educación y productividad. De allí que muchos estados decidan intervenir y lleguen incluso al absurdo de exigir a todo tipo de organizaciones la capacitación de su personal, debidamente registrada y a veces auditada por la burocracia de turno. Olvidan que toda empresa buscará contar con colaboradores bien preparados y cada vez más productivos, y que un requisito legal así termina por generar los peligrosos asuntos “por cumplir”.

“Usted gradúese”, es una frase que se escucha mucho y que oculta la falta de interés de muchos por aprender. Lo que importa es el título. De hecho, el estado garantiza incrementos salariales a quienes presenten títulos debidamente convalidados ante el Ministerio de Educación, lo que ha generado una especia extraña de pandemia: la titulitis. Muchos provechan y buscan en río revuelto. “Estudia una maestría a tu ritmo, desde donde quieras, y asciende laboralmente” es un anuncio que se ve con frecuencia. Aprender, desarrollar nuevas competencias, ser mejor profesional, es algo que puede pasar a segundo plano.

No en vano, Esteban Piedrahita, rector de la Universidad ICESI de Cali, publicó en su cuenta de twitter una crítica a los descuentos que se promueven desde el Icetex para estudiar programas de maestría en modalidad virtual en universidades españolas, cuya calidad académica pone en duda. Como en todo, hay tanto de ancho como de largo en la discusión. Nadie obliga a las empresas a generar puestos de trabajo bien remunerados a profesionales con títulos de posgrado de una u otra universidad, pero los incentivos para estudiar han generado una cascada de programas mediocres que garantizan un título, pero no necesariamente la competencia. Tressie McMillan escribió un libro magnífico en el que explora el asunto: “Lower Ed” (Educación por lo bajo).

A propósito, lea: Estas son las IES, públicas y privadas, nacionales y extranjeras, que dan descuentos a servidores públicos

Yo soy un defensor de la universidad liberal y de su sentido, pero también de otro tipo de instituciones que se concentran en asuntos específicos y en la docencia, alejándose de la investigación y de la proyección social. Tiene que haber libertad para que cada uno elija el camino a seguir y entre más oportunidades mejor. Un mercado laboral libre será el mejor termómetro y el modelo de señalamiento seguirá demostrando que ser egresado de los mejores colegios y de las mejores universidades tiene un peso innegable. El reto es lograr que más familias puedan acceder a este tipo de instituciones.

De hecho, muchas empresas e incluso muchas instituciones educativas, en todos los niveles, han optado por hacer pruebas de ingreso y buscan a los mejores colaboradores, más allá de los títulos. La educación formal es clave para aprender, para desarrollar competencias, para interactuar con otros, para consolidar vínculos de colaboración. Si se asume, de manera irresponsable, como un camino para lograr un mejor salario, sin ser más productivo, sin ser mejor persona, sin desarrollar competencias clave; pierde todo sentido.

Ahora bien, la etapa más importante en la vida de un ser humano, en la que se asientan las bases del aprendizaje a lo largo de la vida, es la primera infancia. Sin embargo, la mayoría de las familias y el estado suelen ignorarla. Como sociedad no hemos superado la guardería. Si hay una inversión importante es la educación y la formación en la primera infancia, pero conozco muchos casos de familias que se dedican a ahorrar para la universidad. No está de más, por supuesto, pero lo que niños y niñas desarrollan en sus primeros 12 años de vida es mucho más importante. Lo que ven, lo que viven, lo que sienten, la manera como aprenden a regular sus emociones, como se comunican, como investigan, los caminos que encuentran para pensar, marcan su futuro.

En estos primeros años se aprende algo tan importante como aquello que está bien y lo que está mal. No se debe relativizar, eso seguro pasa en alguna clase de pensadores de la ética en la universidad. El gran problema que estamos enfrentando es que niños y niñas leen algo en sus libros de texto, en sus plataformas, desarrollan todo tipo de actividades de aprendizaje, pero en su casa, en su entorno, viven el desorden, la corrupción, el irrespeto y la exclusión.

Un maestro, por ejemplo, que pide a sus estudiantes no contar lo que pasó en clase cuando lleguen a casa, o a la directora, nunca podrá reversar ese impacto en niños y niñas. Un padre de familia que paga un soborno a un agente de tránsito, mientras sus hijos lo observan, no podrá revertir esa impresión de lo que se debe y no se debe hacer. Para evitar esto, los colegios deben implementar procesos de reclutamiento seguro y establecer políticas de salvaguarda para prevenir situaciones de riesgo, proteger y garantizar los derechos de los menores.

Como sociedad hemos fallado tanto en esos primeros años de educación y formación, que terminamos tratando de enderezar el rumbo exigiendo más años de estudio después del colegio, generando incentivos nefastos. Educación, ¿para qué? La respuesta debería rondar la felicidad, la ciudadanía, la solidaridad, la productividad. Eso generaría un ecosistema diferente. Aquí, parece que vamos en contravía.

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