Feb/24 Alzate Salazar, docente universitario. Analista en temas que tiene que ver con la Educación Superior. Ha escrito varios libros y artículos que recogen las problemáticas de la Universidad y los desafíos que tiene en estos tiempos líquidos de la pospandemia. Porque, dice, aquello que no resiste la crítica es porque no existe.
Voy a atreverme a decir algo que hace tiempo quería expresar, y de paso, plantear unas observaciones puntuales a la manera equivocada como se manejan los fondos editoriales en las Universidades de Colombia.
Voy a sustentar mi postura desde una lectura a José Gaos (1900-1969), en cuanto a lo que ha sido la desafortunada lógica de las publicaciones universitarias. A mi modo de ver, los onerosos presupuestos para las publicaciones, deben servir para construir Comunidad Académica, no solo para publicar libros y arrumar juiciosamente en sus bodegas.
Alberto Arango estudioso de los temas de las publicaciones en la Universidad colombiana encuentra muchos vacíos respecto a la calidad de revistas y sostiene que: “con los libros ocurre algo similar: es muy difícil, por lo menos para mí, establecer cuántos títulos publican anualmente las universidades y los profesores universitarios, pero hay claros indicios de que son demasiados. Como en el caso de las revistas, la circulación de estos títulos es muy reducida, y no precisamente por la especialización, sino más bien por un fenómeno similar al de las publicaciones periódicas: los autores no escriben para ser leídos, sino para engrosar su currículo y aumentar su sueldo. El público lector, por su parte, tampoco se interesa por los títulos de las editoriales universitarias” (Arango, 2009).
Publicar libros con estéticas portadas y títulos novedosos, con temas desconectados de las urgencias de la sociedad a la que asistimos es la llamada novedad de nuestro tiempo. Las Universidades dedican la mayor parte del capital de su presupuesto a sus fondos editoriales tratando con ello de responder mínimamente a exigencias del Ministerio de Educación Nacional en los procesos de Acreditación conforme a la ley, mostrando títulos y cantidad de publicaciones antes que trabajos que obedezcan a resultados de investigación académica y científica de docentes y estudiantes.
Muchos de los editores en la Universidad, son técnicos hacedores de libros. Es decir, hacen publicaciones bonitas y llamativas pero los contenidos no son ni siquiera para aportar a la formación de estudiantes y profesores en los diferentes programas. Preguntemos a los estudiantes sobre los libros de la editorial de su institución, incluso a algunos profesores. Casi nadie sabe de este espacio, porque, aunque está en el enclave económico y burocrático, no tiene ninguna conexión con el suceder cotidiano universitario en cuanto a lo que son sus debates en el ámbito de la educación.
Es más, no es raro que, algunas publicaciones se hagan para pago de favores y por amistad antes que por pertinencia y con el ánimo de aportar a los debates para que la sociedad y la Universidad se repiense en su devenir político, social y cultural. Y si la mirada que se tiene es elitista en cuanto a ubicarse a nivel de competencia con las multinacionales editoras, mayor es el error, y mas en estos tiempos que se le viene dando tanta importancia a la inteligencia artificial, acrecentando con ello la estupidez natural que nos agobia. Por ello sostengo, que las editoriales universitarias deben dirigir sus esfuerzos a la construcción de espacios que motiven el ejercicio de lectura y escritura entre estudiantes y profesores y de esta manera hacia la formación de escritores.
Pocas Universidades desde sus publicaciones tiene una conexión con los grupos de investigación, y más grave aún muchos profesores escriben al destajo, o por cumplir estándares dentro de su contrato laboral y no para aportar a los debates del campo académico y universitario. Se hacía más en épocas pasadas cuando en viejas máquinas de esténcil se publicaban documentos que estudiantes y profesores leíamos y debatíamos en clase. Eran aquellos tiempos en los que no se había dado el paso a la creación de editoriales en la Universidad; aún así con las pocas herramientas que se contaban se motivaba la lectura y la escritura en cada programa.
Pero no todo está perdido; en alguna oportunidad visité una institución universitaria de la ciudad para argumentar de mejor manera esta postura que sustento en este texto y con sorpresa, encontré un espacio en donde estaban los trabajos publicados por estudiantes y profesores, con el respectivo sello editorial y equipo asesor que motivó dicho trabajo.
De inmediato pensé: esta institución sí entiende el papel que debe cumplir su fondo editorial, en el cual se publicaban textos de interés general y de diversos autores, pero además tenía bien claro que sus peculios debían servir para fortalecer su Comunidad académica de escritores.
Por lo general, los fondos editoriales universitarios que conozco publican para reducidas elites y muchos de sus cachacos libros terminan arrumados en las estanterías. La lógica de publicar libros costosos de una vez aísla a profesores y estudiantes que deberían ser los primeros usuarios y orgullosos beneficiarios de estos espacios. Si hiciéramos una encuesta a estudiantes de cualquier universidad sobre su fondo editorial, muy pocos sabrían responder sobre el tema, porque no existe una pedagogía hacia el entendimiento de lo que es la escritura y publicación de libros, y esto sucede en gran medida porque quienes dirigen las editoriales no se relacionan con el quehacer cotidiano en la universidad, al considerar que su tarea es ser “intelectuales y estetas hacedores de libros”.
Es necesario hacer una reingeniería, rompiendo estas autarquías burocráticas que tanto daño hacen y transformarlas en espacios que tengan un hilo conductor con los procesos educativos que se viven en la Universidad. Se debe romper el paradigma que se tiene en cuanto a que, los libros que se publican por sus costos son para pequeñas elites. Saquemos libros con temas que nos permitan construir Comunidad Académica. De no ser así será necesario acondicionar enormes bodegas para guardar los costosos libros hasta que el tiempo los destruya y que la gente no pudo comprar.
Esta visión sobre la relación: libros, publicaciones y editoriales universitarias es el resultado de mi trasegar buena parte de la vida en contextos universitarios, en donde he vivido cada detalle de lo que expongo; nada más lejano a lo que significan los libros en su devenir con la humanidad que lo que hoy se practica alrededor de ellos. Pareciera como que la tarea de los editores, fondos editoriales y multinacionales de la producción literaria, fuera la de hacer de los libros objetos distantes de la sociedad para dejarlos en manos de pequeñas élites “de la inteligencia burocrática”. Por ello comparto de buena manera este texto final de José Gaos:
Para venir a lo más inmediato –a nosotros; a lo concreto- con nosotros; a nosotros mismos: henos aquí, a los profesores, obligados, contractualmente, por deber profesional, por la necesidad de hacer carrera, a publicar, a producir, y para ello a investigar, a descubrir, a pensar, queramos o no queramos, podamos o no podamos. Y lo normal es, no ya que no queramos, por una indolencia y una voluptuosidad del ocio que, después de todo, serían bien intelectuales, sino que no podamos –por lo menos en el volumen y con el ritmo que se reclama de nosotros: lo otro sería anormalidad, -genial o patológica.
Henos aquí, pues, atrafagándonos por leer, por traducir, por escribir, por publicar –a como dé lugar-; aunque no hagamos más que acumular trivialidades o banalidades, muchas veces ni siquiera disimuladas con simulación de originalidad o profundidad; o glosas, repeticiones, plagios, igualmente descarados en muchos casos, y en todo caso perfectamente superfluos –acumulación abrumadora en la balumba de la cultura. No basta que seamos órganos de transmisión fiel y escrupulosa, acuciosa y entusiasta, de las generaciones pasadas a las generaciones incipientes; tenemos que ser órganos de reproducción sin creación, y de amontonamiento aplastante, de –pronta basura cultural. La defensa higiénica, biológica contra esa basura y las infecciosas epidemias que esparciría, contra la creciente producción de publicaciones, está en que no se leen, aunque se compren. No hay que dejarse engañar por el hecho de que cada vez se editan y se venden más libros, ni por el hecho de que cada vez lean más personas y personas de menor condición cultural –si cada vez leen menos y peor las personas que leen, no sólo las advenedizas de la lectura sino hasta los mismos intelectuales (Gaos, 1967).
Arango, P. (2009). La farsa de las publicaciones universitarias . El Malpensante , Edición 102 .
Gaos, J. (1967). La vida intelectual. De antropología e historiografia. . Mexico: Univesidad Veracruzana.
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