Junio/24 Esta semana, Bernal Alarcón comparte una reflexión generacional con respecto a la forma como ahora se ve la exigencia del derecho a la educación.
Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar a Francisco José, a quien familiarmente llamamos Chepe, contar con enorme ilusión la tarea que como universitario están desarrollando a favor de las leyes y transformaciones de la educación superior que pretende el actual gobierno. Me sorprendió en primer lugar constatar que a un joven que había conocido desde que aprendió a caminar y era un bebé, fuera ahora un líder estudiantil. Pero más me sorprendió por tratarse de un estudiante de la Universidad Javeriana que tradicionalmente se ha quedado al margen de las demostraciones de los denominados “progresistas”, sin que ello signifique ser “retardatarios”. Así ocurría cuando yo mismo, hace más de 60 años también fui líder estudiantil en la misma Javeriana y tuve la oportunidad de participar en los congresos estudiantiles que se celebraban por esas épocas.
Escuché con atención y respeto sobre la explicación del concepto de Derecho Fundamental que se debate en la Ley Estatutaria. Confieso que para mí, después de haber trabajado sobre estos asuntos filosóficos durante más de 30 años en Ascún, los puntos de vista de los jóvenes obedecen a visiones un tanto tradicionales, manidas y posiblemente vagas y confusas, pero sobre las cuales es posible crear y expresar puntos de vista al parecer irrefutables. No quise sin embargo hacer observaciones, pues considero que si bien es claro el derecho fundamental a la educación, no es tan claro su aplicabilidad absoluta en los diferentes niveles educativos. Pero creo que al escuchar a Chepe y a los jóvenes, pienso que es algo que entenderán, cuando tengan que asumir funciones y responsabilidades futuras. Como posiblemente también me pasó a mí.
Me pareció de mayor importancia la enorme desconfianza que demuestran sobre la elevación exponencial de los costos de la educación y sobre la profunda reticencia y desconfianza en lo relacionado con el papel del sector privado y “capitalista” en la consideración de la educación superior como una mercancía. Totalmente de acuerdo, con solo una excepción: lo relacionado con el papel del sector “privado”, pues tan capitalista pueden ser / o no ser / tanto las universidades privadas como las públicas. Me recordó al respecto la exposición muy profunda y fundamentada de un antiguo Rector de la Universidad Nacional – muy respetado además – cuando en los Consejos Directivos de las Universidades asociadas en Ascún, defendía que la educación superior se caracteriza por un incremento progresivo y exponencial de los costos, y no por un decrecimiento marginal como ocurre con otros organismos de la producción. De ahí los déficits permanentes que presentan en especial las Universidades Públicas, y los esfuerzos que debe realizar la Privadas para la aplicación y uso de los excedentes presupuestales. Es decir que la Educación Superior al no tener costos marginales decrecientes, tiende a ser necesariamente un sector donde la reproducción del capital es no solo recomendable, sino necesariamente aceptable. Pero tampoco me pareció adecuado ni respetuoso entrar a discutir el tema con Chepe, nuestro joven universitario. También en el futuro lo irá a comprobar, si por casualidad llegara a ser profesor, decano o rector universitario.
Pero lo que sí me pareció profundamente desgarrador fue la afirmación de Chepe cuando expresó que lo que pasa es que la juventud de ahora no tiene esperanza, ni confianza, en lo que pueda obtener de sus estudios universitarios. Y esto se comprueba cuando la ocupación laboral, su futuro como profesionales y sus planes de vida se difuminan en la desesperanza de un horizonte de bajos ingresos, cuando no de desocupación profesional y de necesidad de reciclarse permanentemente como personas para obtener solo niveles decrecientes de calidad de vida.
Entonces comprendí que más allá del problema filosófico del derecho fundamental, o de la defensa del sistema mixto de la educación superior realizado por instituciones públicas y privadas, el problema de fondo es la desesperanza creada por la adhesión de las Instituciones de Educación Superior a las fórmulas académicas existentes y a las estructuras académicas de las carreras tradicionales. Entonces entendí por qué un Javeriano se encuentra en el mismo nivel de angustia que un estudiante de la Nacional, o de cualquiera otra universidad.
Y finalmente entendí que ni la fórmula de una Ley Estatutaria, ni la de la Reforma de la Ley 30 de 1992, marco administrativo de la Educación Superior, son una solución adecuada; menos cuando el interés es centrar o focalizar en el Ministerio de Educación, estructura esencialmente burocrática, compleja y por su propia naturaleza ineficiente e inútil, el poder de decisión y la aniquilación de la Autonomía Universitaria.
¿Podrá un Gobierno, así se llame “progresista”, entender, analizar y prospectar los futuros de la educación superior, sin el aporte y ayuda de la Universidad, como estructura crítica, pensante y autónoma? ¿Existen, por otro lado, “reales universidades”, sean del sector público o del privado, que sean capaces de actuar con pensamiento crítico y prospectivo? “To be, or not to be, that is the question” (Shakespeare) Y esa es una pregunta que está lejos de resolverse con las reformas progresistas de un gobierno ideologizado que solo piensa en instrumentalizar a las Universidades…
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