Julio/24 A propósito del suicidio de una residente de medicina de la U. Javeriana, Cárdenas Támara, invita a hacer una profunda reflexión de lo que realmente hay detrás de estas situaciones. Señala que no es un caso aislado como se ha querido presentar y refiere una crisis misional profunda en la U. Javeriana.
Introducción
Me duele en el alma como graduado javeriano lo que pasó con Catalina Gutiérrez Zuluaga, estudiante de la especialización de cirugía de la Facultad de Medicina. La noticia, como a muchas personas, nos ha conmocionado en lo profundo del ser. Le deseo toda la fuerza y unidad a su familia y a sus seres queridos. Los medios de comunicación, y la misma universidad han querido presentar el caso como exclusivamente ligado a la Facultad de Medicina, como un “caso de percepción subjetiva” como afirmó el decano de medicina en referencia al matoneo que sufrió ella en manos de sus profesores, como si el matoneo y el maltrato fueran temas perceptivos. Dada la falta de una autocrítica seria y respetuosa por parte de las directivas de la universidad, es que me animo a escribir este texto dirigido a sugerir una autocrítica más seria por parte de las directivas y el alto gobierno de la universidad. Una institución que es parte de lo mejor de la historia de Colombia tiene que ser más trasparente en sus procesos de gestión en casos como estos.
En mi opinión, el lamentable suceso, que no es un caso aislado como se ha querido presentar, refiere una crisis misional profunda en la Universidad Javeriana. Solucionarla va más allá de las técnicas del coaching, del manejo de crisis, la planeación situacional y estratégica que se han tomado las universidades, infantilizando a toda la comunidad académica y burlándose de toda la sociedad. A mi modo de ver lo acontecido, que es sencillamente la punta de un iceberg; implica una evaluación y discernimiento profundo a la luz de la espiritualidad ignaciana, y, por lo tanto, un discernimiento lúcido, sereno e inspirado por parte de la Compañía de Jesús.
La Universidad Javeriana vive una suerte de autoengaño desde hace años, que le impide mirarse como institución de inspiración cristiana y católica. A veces pareciera que la doctrina católica le incomoda a los jesuitas modernos y plurales; la institución se ha llenado desde hace años de un espíritu que está muy lejos de las verdades del evangelio.
Mi opinión se basa en algunos de los siguientes criterios que expondré de manera muy resumida y sobre los cuales tengo un archivo y bitácora que podría compartir con las autoridades de la universidad. De manera resumida comparto y puedo ampliar con todo gusto mi campo existencial como graduado y exprofesor de la Javeriana. Lo que sigue léase como una respetuosa corrección fraterna que dirijo con firmeza a los jesuitas que ocupan cargos directivos en la Javeriana, espero que alguno de los directivos, especialmente los jesuitas la puedan leer. Lo más seguro es que sean palabras lanzadas en el vacío. Les guste o no les guste, son las palabras de un graduado de la institución.
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Trabajé como profesor asociado en la Universidad Javeriana desde 1992 hasta el año 2005. Cursé mis estudios de maestría en la Facultad de Economía. Obtuve el día de mi grado un reconocimiento escrito por “su espíritu javeriano y altas calificaciones”. Mi tesis de grado entroncó con un proceso de desarrollo regional en la cuenca medía del río Chicamocha, proyecto financiado por la Unión Europea, que tuve la oportunidad de dirigir en tres oportunidades o fases de su implementación. Fue un trabajo apasionante por el cual le agradezco a la institucionalidad javeriana haberme dado la posibilidad de participar y dirigir. Mi propuesta personal de grado como magister en Desarrollo rural tuvo que ver con el estudio de los mecanismos para difundir el cultivo de la quinua en Boyacá. El proyecto de tesis de maestría se organizó con un trabajo comunitario con varias parroquias campesinas en el norte de Boyacá, en concreto en el municipio de Chita, donde implementé, desde procesos de investigación-acción participativa parcelas en las fincas de más de 200 campesinos, que se convirtieron en coinvestigadores. Fue un trabajo pionero en el campo de la extensión agrícola en Colombia y tuvo que ver con la seguridad alimentaria que impulsamos como parte de uno de los proyectos que la Unión Europea presentaba como pionero en su cooperación con países del mundo. El trabajo desde la teología de la Tierra y desde la lectura del paisaje cultural (antropología) de nuestro país, marcó un hito en los estudios ambientales que me otorgaría años después el Primer Premio Iberoamericano en Antropología. Por el trabajo en equipo se nos concedió en dos oportunidades el Primer Premio Enrique Pérez Arbeláez por el Fondo FEN y el Primer Premio Planeta Azul de Ecología por el Banco de Occidente. El proyecto Chicamocha fue un referente en temas ambientales en Colombia. Su historia está aún presente en la memoria de los pobladores de Boyacá. Junto a un equipo de profesionales, coinvestigadores campesinos, y con el apoyo de las alcaldías locales se impulsó una de las propuestas más innovadoras de desarrollo regional en Colombia. La experiencia y el conocimiento nadie nos lo puede quitar.
De manera paralela por aquellos días, y como parte de mi experiencia universitaria, organizamos con un grupo de colegas y amigos, la que denominamos la “Tertulia ignaciana” en los predios de la Universidad Javeriana. Fue un conversatorio mensual que contaba con la participación de unos pocos profesores y administrativos de la universidad. De manera constante iniciamos y mantuvimos durante un par de años este espacio de diálogo. Para el decano de la Facultad, el profesor Francisco González, mi participación era vista como sospechosa, no concebía que su colega, un antropólogo de la Universidad de los Andes, fuera un creyente interesado en profundizar en la espiritualidad ignaciana. Siempre le molestó, una paradoja si nos situamos en una universidad católica, donde curiosamente a muchos de sus estamentos pareciera que les molesta la doctrina católica, y acá me refiero a los jesuitas. En la tertulia nos reuníamos a reflexionar sobre nuestra experiencia de vida a la luz de los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. El grupo nunca pasó de 10 profesores y lo organizaba y coordinaba desde pastoral universitaria en su momento la señora SAS (Ella caería en desgracia pocos años después cuando un jesuita le cogió animadversión, por el hecho de ser mujer y conocer en detalle la historia de vida oculta de tantos jesuitas de la Javeriana).
Nuestro trabajo se caracterizó por la camaradería, el diálogo, la amistad y el encuentro. Se forjaron amistades que se mantienen hasta el día de hoy. Contrastaba nuestra tertulia, cuyo tema era la espiritualidad ignaciana en la vida cotidiana y extraordinaria, con las capillas vacías que marcan la pauta en la universidad, y que como indicios expresan una crisis misional profunda entre los jesuitas de la Javeriana y su pastoral. El viejo padre Hernán Posada, amante incondicional de los caballos, fue el único jesuita que nos acompañó durante los años de inicio y duración de toda la “Tertulia Ignaciana” y hasta pocos años antes de su muerte, que con el paso del tiempo se desintegraría, como consecuencia de las violencias que los jesuitas permiten que sucedan en su claustro y que elimina literalmente a gente cercana al espíritu de su Orden.
Con lo dicho hasta acá, reitero que admiro y respeto la historia, labor y trabajo de los jesuitas en Colombia y en el mundo. Algo de su historia conozco e incluso tengo un texto publicado que habla sobre la espiritualidad ignaciana, y que fue el resultado de mi vivencia con los ejercicios espirituales (La aventura de la oración a la luz de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.” Apuntes Ignacianos. 37, no Enero-Abril (2003): 137-42. http://www.ignaziana.org/biblio-2003.pdf). Considero que la espiritualidad ignaciana es un océano de riquezas espirituales que los jesuitas vienen desparramando, por estar nadando en los pozos de las ideologías más distorsionantes. Y también por hacerle el juego al interior de la Javeriana a muchos actores antiéticos en su forma de proceder, cuyas vidas son un completo anti-testimonio para profesores y estudiantes. Y ese es uno de los principales problemas: los jesuitas se alían con gente de muy dudosa reputación, que los engañan, y desdicen del potente proyecto institucional que es la Javeriana.
Ahora todo mi trabajo, que, de manera resumida anoté al inició de este texto (me faltó recordar que era uno de los profesores con mayores publicaciones y mejores evaluaciones de los estudiantes), se vino abajo, dada la infiltración y contaminación de la Universidad Javeriana por parte de elementos directivos, particularmente los que manejaron durante años a su antojo la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, órgano al que yo pertenecía y que había ayudado a consolidar en los últimos 14 años. Los conflictos empezaron con el decano de la época, un pseudomarxista-materialista cultural, que no entendía, ni le importaba comprender la importancia del reconocimiento de lecturas de paisaje cultural que leyeran los valores religiosos y simbólicos de las sociedades campesina en Colombia. Dada mi formación en el campo de las ciencias religiosas y la antropología, con el tiempo se desencadenó entre él y yo un enfrentamiento ideológico que terminó eliminando al más débil, y configurando la razón sobre las verdades del decano, por encima de los argumentos que yo presenté en su momento en lo referido a mi visión de realidad. Él era el que tenía el poder, yo era un simple profesor, además mucho más joven que él, e interesado en el tema ambiental desde escuelas y visiones que no hacían parte de su campo perceptivo ni de sus intereses profesionales. Esta casuística personal, de manera análoga es similar a lo que vivieron muchos profesores en la universidad.
Yo había descubierto hacía unos años el poder curativo de la homeopatía. Una de mis propias hijas se había curado de una gripe crónica desde nacida que no había podido curar ningún pediatra. Estaba maravillado y desde aquel entonces, hoy ya hace más de 26 años me he dedicado el estudio del llamado fenómeno infinitesimal. ¿Por qué curan los remedios homeopáticos? Quería compartir con el mundo, lo que considero uno de los patrimonios más importantes con los que cuenta la humanidad. Y que se sepa tiene cientos de remedios probados clínicamente y que ayudan en temas de depresión, suicidios, ideas delirantes. No quería esconder ese tesoro. Como buen hijo de una hermosa madre costeña, hablaba del tema (inocencia platónica), y mi jefe, el decano, al que en muchas oportunidades le recomendé remedios homeopáticos que le ayudaron en muchas dolencias que sufría en la época, organizó una reunión con el decano de medicina para que yo expusiera mi propuesta de estudios doctorales en homeopatía. El decano de medicina pensó al iniciar la reunión que mi propuesta iba dirigida a crear una Facultad o carrera de homeopatía en la Javeriana. Estaba alarmado. Y se notaba que, de ser cierto, ejercería su poder académico para fulminar la arrogancia del ingenuo antropólogo-homeópata. Yo tenía sólidos argumentos que además fueron publicados en uno de los portales más importantes de homeopatía a nivel mundial, pero en el fondo mi idea o propuesta era más modesta: sencillamente presentar una proposición personal de estudios de doctorado en homeopatía, que contaba ya con el aval de una universidad internacional muy prestigiosa. De manera ingenua agradecí el gesto, sin captar en mi inocencia, que la decisión estaba sencillamente dirigida a armar un argumento que me descalificara como profesor. Así sucedió, nos reunimos hacia mediados del año 2004; hice la presentación sobre la propuesta de investigación en homeopatía, en el contexto de un símbolo de poder -el decano de medicina-, representaba él el paradigma médico dominante, y que en el caso de la homeopatía, ésta era la ciencia médica particular sin ningún peso académico o científico en el imaginario de la mayoría de los médicos, y que como ciencia médica particular ha sido sistemáticamente ignorada, tanto en Colombia, como en el mundo (Excepción la India y México). Yo era el defensor. Fue de verdad un honor. ¿Qué podía yo esperar? La verdad no importaba, importaba mantener el poder de la medicina, cuyo modelo médico, se justifica desde hace más de 100 años con base en la exclusión sistemática de cualquier otro modelo o sistema médico que no sea el dominante desde una lectura biologicista de la enfermedad, a la que sin duda también le debemos muchos avances y logros. Apelo a esta historia, porque para mí refleja el común denominador de muchos episodios que conozco sobre las arbitrariedades que se viven en la Javeriana. Se imponen de manera arbitraria decisiones sin mediación académica alguna.
Expuse ante el decano de medicina mi propuesta de estudios de doctorado. Fue respetuoso. Hice una presentación sobre el tema de las estructuras de acogida como elemento fundamental en la medicina homeopática. Era una propuesta que dialogaba con la antropología de Lluís Duch y la medicina homeopática orientada a introducir elementos de lectura de lo cotidiano en las formas de ver y leer los procesos de salud-enfermedad. Todavía guardo la presentación. Lógicamente el tema fue descartado, es comprensible, dado que no podemos pensar que todo lo que los profesores desean es realizable. Lo que es curioso es que muchos de los sacerdotes jesuitas que conocía acudían a la formulación homeopática (además de acudir a la adivinación por el I-Ching – Remolina, antes de su posesión como rector consultó el oráculo antes de posesionarse como rector-, como a consultas periódicas al Eneagrama), pero en lo institucional sus decanos de medicina actuaban como inquisidores de este saber médico tan querido por el pueblo colombiano. Todavía creía en la academia javeriana por aquellos días. Creía en la fuerza del debate, en la exposición de argumentos. A los pocos días, dirigí un mensaje en el Congreso de la Republica que ayudó, junto con el trabajo de muchas personas, a sentar las bases y a ser parte de la promulgación de la ley de talento humano en salud en Colombia (Ley 1164 de 2007) en la que yo colaboré a elaborar, junto con miles de otros homeópatas no médicos.
A todo lo anterior, se unieron mis denuncias escritas dirigidas al padre Remolina, advirtiéndolo sobre la expulsión de otros profesores de la Facultad sin justa causa y sin ningún proceso académico. Sencillamente, el decano necesitaba las plantas profesorales para nombrar a sus amigos en cargos de planta, que como se sabe son escasos en todas las universidades, lo que determina conflictos maquiavélicos y pugnas cuyas élites académicas, cuando no tienen ningún control institucional o legal por parte del alto gobierno de las universidades, pueden llegar al linchamiento sin límite moral alguno. Había que deshacerse de todo el que se opusiera al decano o estuviera en contra de sus arbitrariedades. La sensación que recordamos, y que comparten otros profesores que pasamos por la experiencia, fue que el decano y sus aliados estaban dispuestos a engañar y pisotear al que fuera con tal de lograr sus propósitos, marcando claramente su territorio y defendiendo a capa y espada su posición ideológica sobre lo ambiental, que se alimentaba del materialismo más vulgar y empobrecedor de la dignidad humana. No existía la ética. Toda era válido para el círculo de poder que se había incrustado en la Facultad. Cualquiera que se opusiera y criticara sus “verdades” era perseguido; él movilizaba lo que estuviera a su alcance para imponer decisiones, sin importarle la dignidad o las consecuencias morales de sus actos. Se conocieron casos donde los aliados al decano violentaron las oficinas de otros profesores, llevándose material de investigación y destrozando los archivos. Se obligaba a que profesores con título de doctorado tuvieran que darles sus datos a doctorandos afines al decano de la Facultad. Hubo destrucción física de carros y daño a propiedad ajena en los parqueaderos de la universidad, vulneración de oficinas de los profesores en los predios de la universidad. Se despidieron profesionales, cuyo trabajo, títulos y experiencia frenó la maduración del tema ambiental en la Javeriana, desintegrándose toda la memoria institucional sobre el tema y su proyección. Lo más grave se destruyeron vidas de seres y profesionales muy valiosos, los que se encontraron un día para otro en la calle sin protección alguna y sin ninguna indemnización. La Javeriana en general, no paga indemnizaciones cuando despide profesores, son absolutamente neoliberales en el tema. Posición muy contraria a la Doctrina Social de la Iglesia.
A todo esto, el rector Gerardo Remolina, no respondía o se hacia el indiferente. Se le mandaron durante casi dos años, cartas donde se denunciaban las conductas arbitrarias del decano de la época. “Señor rector hay acoso laboral”. “Señor rector, se desvían fondos de los proyectos contratados”. “Señor rector, se vive violencia en esa facultad”, “Señor rector, hay despidos sin justa causa”. “Señor rector, violentan oficinas y se roban los datos de los profesores por parte de algunos doctorandos, que para la época estaban en el extranjero y pedían que otros investigadores les cedieran sus bases de datos”. “Señor rector, el diálogo académico es inexistente, todo el mundo tiene que pensar desde el materialismo cultural o la ecología del paisaje”. “Señor rector, el decano les exige a los investigadores que trabajen en su finca personal”.
Las denuncias no valieron nada. Todo el que se opusiera a las decisiones del faraón, -así lo llamaban sus parientes y viejos conocidos- era irremediablemente despedido. Este personaje tuvo como tío materno, a un sujeto que había sido jesuita, es decir, había ingresado a la Javeriana porque su familia había tenido vínculos con la Compañía de Jesús y su halo lo protegía.
Para profundizar en la crisis institucional de la Javeriana, se tiene que ir a las estructuras de poder que marcan hoy la experiencia de orden de la Compañía de Jesús, Para quienes quieran profundizar sobre el tema, he realizado dos publicaciones, cuyo trasfondo es la crisis universitaria javeriana. La primera es un ensayo publicado que se titula: Los silenciamientos de la ciencia ambiental: una reflexión crítica sobre estructuras de opresión (2006). Expongo en este trabajo, a manera de ensayo, lo que fue mi experiencia universitaria en la Javeriana. Por respeto nunca mencioné en su momento a la Javeriana en dicho texto, pero el actante principal del documento, lo puedo decir hoy, era la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales y los silenciamientos que tuvimos que vivir muchos profesores en esa universidad. En el segundo, texto, una investigación titulada: El Homo academicus en Colombia: Entre la creatividad, el poder y la injusticia epistémica (2020), desarrollé una primera aproximación a elementos y dimensiones donde se configuran condiciones de injusticia epistémica, desbordando los ámbitos propios de lo que se entiende como acoso laboral en la vida universitaria. Condición para la cual hoy los profesores no tienen vías institucionales, estatales o legales claras para su defensa ante conflictos como los que vengo describiendo.
Varias de las experiencias que se narran en este trabajo de investigación se basan en historias de vida de personas que trabajaron como profesores de la Javeriana. Los casos se construyen con base en el ejercicio académico de docentes con altos reconocimientos nacionales e internacionales, con extensas investigaciones y evaluaciones sobresalientes, y para quienes los curas con cargos directivos de la Javeriana se negaron a defender. Sencillamente se lavaron las manos y su discernimiento jesuítico se equivocó, ya que en muchos casos conocidos actuaron como victimarios y/o se aliaron a los victimarios, que silenciaban a los profesores más débiles en toda la estructura de poder. Parece que la tara del llamado jesuitismo en sus instituciones es la defensa del más poderoso, por encima de la verdad o de los intereses de los más débiles, llámense profesores o estudiantes. El texto en mención determina situaciones, causas y afectaciones situadas en la definición de injusticia epistémica, cuyo contexto, está en la base del problema universitario, no solo de la javeriana, sino de muchas universidades del mundo. Se evidencia la existencia de una anomia oculta en la estructura universitaria.
Sí, la crisis de la universidad es misional, las formas narrativas y los métodos de hacer “ciencia” que se han impuesto están lejos de instaurar institucionalidades que respondan y sean coherentes a los marcos institucionales que están en la base del carisma institucional de los jesuitas, cuyo padre fundador, san Ignacio de Loyola, estaría muy lejos de aprobar. Anunciar y denunciar son manifestaciones y prácticas del mensaje cristiano que asumo como persona, intelectual y ciudadano. Han pasado muchos años, y en mi caso, la experiencia me sirvió para conocer de cerca las estructuras del mal que hacen parte de nuestro ser y que alejan a las instituciones de todo ideal virtuoso. Simplemente hay que recordar que, si queremos personas virtuosas, las instituciones y organizaciones deben tratar de serlo también, particularmente si son instituciones educativas.
Resuenan en mi mente las palabras del dominico Fr. Antón Montesino, O.P cuando decía lo siguiente en referencia al ultraje que realizaron los primeros conquistadores en América y que con dolor ha sido la experiencia de muchos profesores de la Javeriana. Lamentablemente sé que son palabras labradas y lanzadas en el viento:
¿Éstos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?
Fr. Antón Montesino, O.P. Isla de La Española Cuarto domingo de Adviento 21 de diciembre de 1511
Nota de El Observatorio de la Universidad Colombiana: El autor de esta columna es un reconocido académico y columnista de este portal. Esta opinión se publica en virtud de su tradicional rigor y reconocimiento entre nuestros lectores.
Las páginas del portal están a disposición de alguna respuesta institucional de la Universidad Javeriana a lo aquí planteado por Cárdenas, si así lo estima.
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