Marzo/25 Gómez, docente en la Universidad de Antioquia, analiza el daño que hacen estos personajes a un proyecto formativo. Tomado de Asoprudea.
El profesor “cuchilla”, es decir, el profesor Torquemada que se complace en crear terror, sobre todo en el estudiante “primíparo” atemorizado de verse expulsado de la universidad por bajo rendimiento, es la liendre más dañina de la vida universitaria. El profesor “cuchilla”, que amenaza desde el primer día de clase que con él no se juega y que de cada veinte solo dos le pasan la materia, es simplemente un anti-profesor. Un pobre diablo frustrado, que por obra del azar y que, en razón, de la complacencia del sistema, pavonea su impotencia académica ante un auditorio de jóvenes que lo mira de reojo, le examina su fisonomía de sicario académico y hace malabares entre cancelar la materia lo antes posible (pero ¿cómo si los créditos no se lo permiten?) o refugiarse en la resignación de no quedar fuera pasando las otras asignaturas.
Este profesor “cuchilla” (es un tipo sociocultural) no es otra cosa que un ejemplar revivido de la tradición clerical que, por obra de un sistema educativo universitario caduco, asimila su evaluación arbitraria con el conocimiento científico. El profesor “cuchilla” es el antidocente por excelencia. Una reminiscencia lastimosa de un pasado oscurantista que confunde su autoridad profesoral con su látigo evaluativo. Este espécimen vive, se reproduce, y cree elevar el nivel de sus estudiantes a la altura de su imaginada sabiduría. El profesor “cuchilla” apenas puede comprender, en su cerebro inquisitorial, que hay otras maneras de evaluar, es decir, que la mejor manera de evaluar es enseñar pedagógicamente, inducir al estudiante a la verdadera pasión por la ciencia, al amor por el conocimiento que es el sentido de los estudios universitarios.
Cuando el profesor “cuchilla” pone cero se pone cero al él mismo, rebaja la dignidad del profesor y empobrece el espíritu de la comunidad universitaria. La política de rajar, o expulsar a estudiantes en los primeros semestres, es decir, de podar con la guadaña del cero, es uno de los trucos más malignos, de las tradiciones más pérfidas que todavía subsistente (¡y de que modo!) en nuestras aulas, sin llegar a imaginar (la imaginación del profesor “cuchilla” es nula) que hay otras metodologías, es decir, que existe una propedéutica para hacer del estudiante atemorizado y aun al que llamamos vago, un genuino portavoz de la vida activa de la universidad.
A la universidad se viene a conocer, a hacer de la vocación científica una razón de ser y modo de existencia. El profesor “cuchilla” desinfla esa pasión seminal, ese anhelo que trae nuestro estudiante, sobre todo en el primer semestre, que trata de descifrar un mundo nuevo, que se le presenta con la peor de las caras: con un cero o un uno que le rompe las entrañas, que devalúa su psiquis a la categoría de fracasado. Expulsado sin remedio. El profesor “cuchilla” estimula la astucia más corriente, la baja pasión de triunfo barato por una nota ganada solo y para el profesor “cuchilla”.
El profesor “cuchilla” tiene su sistema de evaluación, su técnica (patentada por la NASA de Egon Musk) que todos conocen ya en segundo semestre de poner “cascarillas” en las preguntas, de hacer “caer” al estudiante primíparo en el foso de la equivocación o el equívoco. El profesor “cuchilla” induce conscientemente al error, su examen es un gancho ciego, una emboscada para lobatos. Obra como el ente director de “juegos del hambre”, que fomenta la insolidaridad grupal, en la que pocos se salvan a costa de la mayoría. De modo que este examen es la trasfiguración de una mente torcida, que es lo contrario de la ética profesoral. No plantea problemas, sencillamente formula un interrogatorio forense (una versión actualizada del Catecismo del padre Astete) que constriñe a un “Sí o sí, como Cristo nos enseña”. Este Astete terrorífico del siglo XXI es el profesor “cuchilla”. Así, el profesor “cuchilla” divide a sus estudiantes en dos: a los elegidos que le supieron coger el truco de una y a los tontos víctimas que pasan por inocentes. A estos: cero y coscorrón.
El profesor “cuchilla” hace saber al estudiante que ese cero, es “por su bien”. Es el pater sádico que no deja de mostrar su compasión. Goza, disimuladamente, con el maltrato al estudiante sacrificado y al tiempo ofrece su cara más amable, lo despide con una palmadita para que cancele definitivamente y vuelva, en el mejor de los casos, a recurrir el próximo semestre al seno de la sabiduría magistral del compasivo profesor. De esta forma el enseña el camino de la verdad y la vida académica. Un modelo acabado de rejo y seda, de pantera negra y oso de peluche.
El profesor “cuchilla” es un tumor universitario. Una grotesca caricatura de profesor, un guasón que actúa bajo la protección de las tinieblas con el infalible puñal de la más baja nota posible. Una rémora institucional, una momia supérstite de la más oscura colonia, truculenta figura que desdibuja nuestra comunidad universitaria. ¿Dónde está pues la Vicerrectoría Académica, las Consejerías académicas de facultad, ¿el Bienestar Universitario? ¿Para qué tanta asamblea estudiantil, tanta asamblea profesoral?
![]()
