Sobre la universidad woke o la ideologización del campus universitario: Felipe Cárdenas Támara

Sobre la universidad woke o la ideologización del campus universitario: Felipe Cárdenas Támara

Mayo/25 A propósito de la polémica entre Trump y Harvard, Cárdenas Támara, director del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, de la U. de La Sabana, advierte cómo las universidades, tanto públicas, como privadas tienen que alzar su voz en defensa de la autonomía universitaria frente a la injerencia del Estado. los riesgos de polarizar y politizar la actividad académica.

Contexto

El reciente conflicto entre el presidente Trump y la Universidad de Harvard, se constituye en un interesante campo de reflexión sobre el sentido misional de las universidades en estos tiempos culturales marcados por la presión de fuerzas ideológicas que contaminan o han infiltrado a muchas universidades del mundo distorsionando sus valores misionales.

La polémica entre Trump y Harvard es un conflicto multifacético que combina acusaciones de antisemitismo, tensiones políticas sobre diversidad e inclusión, y un debate más amplio sobre la autonomía universitaria frente al poder federal. La disputa sigue su curso en los tribunales y en la opinión pública, con consecuencias potencialmente profundas para el sistema de educación superior en Estados Unidos. La confrontación entre la administración del presidente Donald Trump y la Universidad de Harvard es uno los episodios más virulentos entre el gobierno federal y una institución educativa en la historia reciente de Estados Unidos. La universidad de Harvard es considerada como una de las mejores universidades del mundo sino la mejor. Un conflicto entre el poder estatal-gubernamental y el poder académico de una universidad privada, la mejor del mundo para muchos analistas, es un valioso campo de análisis para pensar las tensiones culturales e ideológicas a las que se enfrentan las universidades en el mundo contemporáneo.          

Harvard vs. Trump: ¿Perder la financiación a la libertad de qué y cómo investigar y enseñar?

La ofensiva contra Harvard por parte de Trump, un presidente que podemos decir que ignora la naturaleza misional del conocimiento universitario, se enmarca en una campaña más amplia de la administración Trump dirigida a cuestionar el papel de las universidades de élite en los Estados Unido. Bajo el argumento de combatir el antisemitismo en los campus universitarios, marcado por la solidaridad que muchos estudiantes han expresado hacia el mundo Palestino, dado el conflicto entre Israel y Hamás, el presidente Trump abrió un frente de batalla contra universidades cuya producción intelectual y de conocimiento es sencillamente impresionante en todos los ordenes del saber. El gobierno de Trump designó a un grupo especial del Departamento de Justicia, liderado por Leo Terrell y Stephen Miller, para supervisar y exigir cambios en las políticas universitarias, no solo en Harvard, sino también en otras instituciones como Columbia, Northwestern, Cornell y Michigan.  Una rápida mirada a la producción intelectual, científica y académica de estas y otras universidades estadounidenses nos sorprende y deja abrumados. La universidad latinoamericana, e incluso europea está a años luz de la potencia productiva que realizan las mejores universidades del Imperio. Durante unas semanas que pasé en Boston, asistiendo a una especialidad en estudios ambientales en la Universidad de Tufts, quedé impresionado por las bibliotecas y librerías tanto de Harvard como de Tufts: la inmensidad de sus colecciones, con miles y miles de libros, realmente dejaba a cualquiera boquiabierto. El programa académico que cursé basado en la enseñanza en equipo, estudio de casos, donde íbamos a vivir realmente con pescadores en la costa Este de los Estados Unidos,  fue una experiencia insuperable que trato de compartir y reproducir con mis estudiantes en la Universidad de La Sabana.

Las tensiones a las que me refiero se expresan no solamente a partir de los pronunciamientos belicosos del presidente Trump, las exigencias se han materializado mediante el envió a Harvard de una lista de exigencias, incluyendo la reforma de los procesos de admisión y contratación, auditorías externas en departamentos señalados por supuesta tolerancia al antisemitismo, y la obligación de reportar a las autoridades federales cualquier caso de mala conducta de estudiantes internacionales. La Universidad de Harvard se ha negado a aceptar las exigencias del gobierno de Trump. El presidente Trump en represalia ha congelado más de 2.200 millones de dólares en fondos federales destinados a investigación y programas estudiantiles,  amenazando además con prohibir la inscripción de estudiantes extranjeros en la universidad. El conflicto puede llevar a que Harvard pierda el estatus de exención fiscal de la que goza. Harvard vive no sólo de cobrar matrículas millonarias a sus estudiantes, sino que recibe subsidios millonarios del Estado, como donaciones millonarias de sus graduados. La Facultad de Enfermería de Harvard maneja ella sola un presupuesto mayor que todo lo que destina el departamento de Antioquia en Colombia para la salud de sus habitantes. La realidad de Harvard es muy diferente a la realidad de las universidades privadas de América Latina y de Colombia, donde las universidades privadas viven fundamentalmente del pago de matrículas y cuentan con muy pocos apoyos del Estado. Recordemos que, para Colombia, todas las universidades privadas tienen que pagarle al Ministerio de Educación una cuota para poder renovar los registros calificados cada seis o nueve años. Una universidad como Harvard nunca tiene que acreditarse. Su prestigio y los resultados científicos y académicos de todo orden la colocan más allá del bien y del mal.

La universidad de Harvard ha dado la pelea través de su presidente Alan Garber, quien rechazó las exigencias del gobierno y ha defendido la autonomía y los derechos constitucionales de la institución. Su defensa se ha basado en negar que la universidad no haya tomado medidas que frenen manifestaciones de antisemitismo. Harvard viene dando la batalla en el sentido de defender su autonomía universitaria. Ha sido ejemplar el comportamiento de Harvard:  El 21 de abril de 2025, Harvard presentó una demanda contra la administración Trump, acusando al gobierno de usar el pretexto del antisemitismo para imponer una agenda política y controlar la toma de decisiones académicas, incluyendo la contratación y los contenidos curriculares. La universidad de Harvard sostiene que la suspensión de fondos y las amenazas a su estatus fiscal constituyen una represalia ilegal y un ataque a la libertad académica y la independencia universitaria.

Lecciones del conflicto

La polémica que vive Harvard ilustra la necesidad de reafirmar en el campo de la democracia y de los valores liberales de occidente, la importancia de recordarle a los poderes estatales de cualquier color político sobre el valor de la libertad académica; y los límites del gobierno y del poder de supervisión del Estado frente al quehacer y la vida universitaria y de sus aportes al sentido de la vida civilizada, como de los derechos humanos universales proclamados en el ordenamiento jurídico de occidente. Las universidades, tanto públicas, como privadas tienen que alzar su voz en defensa de la autonomía universitaria frente a la injerencia del Estado. La situación que vive Harvard debe ser vista como un referente de resistencia contra el accionar político que desconoce la naturaleza de la universidad.

La autocrítica también tiene cabida en la vida universitaria. La universidad tiene que ejercer una ardua labor académica que frene sus puertas a todo proyecto de colonización cultural e ideológica. Desde luego que la universidad, a través de la investigación de sus profesores, puede criticar el proyecto ideológico de la modernidad occidental, que aniquilo y colonizó, bajo el supuesto de la racionalidad ilustrada, a miles de pueblos, destrozando su base ecosistémica y dividiendo al mundo para el pillaje de Imperios como el inglés y de otras potencias europeas. Ese tipo de replanteamientos gnoseológicos, políticos y existenciales solo se pueden dar en las mejores universidades del mundo y nos recuerdan que el proyecto imperial también contó con el aval universitario; y también, por ejemplo, la Universidad de Salamanca, se opuso con brillo intelectual al saqueo y aniquilación de las poblaciones aborígenes de América durante la exploración y conquista del continente en el siglo XVI.  La universidad como centro de reflexión tiene que desenmascarar a las ideologías de la violencia que distorsionan universales sobre el comportamiento humano reconocidos en todas las sociedades y culturas del mundo. La universidad no puede ser un gulag para el adoctrinamiento ideológico. Todos tenemos algo de agentes ideológicos, pero en su sentido más pleno la ideología pervierte y corrompe al ser humano y tiene como efecto final la violencia y la corrupción de la sociedad.

Para el sector educativo universitario, la producción intelectual de Harvard, por lo menos en el campo en el que yo me muevo, la antropología, la educación y los estudios ambientales es fuente de inspiración. El lenguaje usado por el presidente Trump para referirse públicamente a Harvard es desafortunado y tiene que ser rechazado. Como parte de una autocrítica universitaria, la universidad mundial también tiene que oponerse a fuerzas ideológicas globalistas que quieren negarles a nuestros pueblos sus tradiciones, sus instituciones, sus sistemas de parentesco y sus formas de ver, expresar y sentir sus sistemas de creencias. El wokismo, y sus ideologías de género, como fuerzas violentas, ajenas a la argumentación, no pueden constituirse en la fuerza dominante en las universidades del mundo civilizado.

La polémica entre Trump y Harvard, como expresión de un conflicto ideológico debe servirnos para reafirmar los valores universales de la universidad. La universidad no puede ser una institución que divida; reconociendo la importancia de la otredad y la diversidad, también ella tiene que proclamar con base en los aportes de la ciencia y la filosofía, valores universales para toda la raza humana que están más allá de los límites parroquiales de la tribu, la secta y del ghetto. La universidad está para responder y plantearse interrogantes en todos los campos del saber. El paisaje universitario identifica átomos, colinas y campos fértiles e infértiles para la vida y la no-vida.  La institución universitaria en su expresión noética de origen socrático está destinada para desenmascarar alienaciones ideológicas que no construyen pueblo, nación, familia, ni identidades saludables. El espíritu formador de la universidad depende de la cosmovisión desde la que opera cada organización universitaria. Algunas tendrán como dios a la ciencia y la tecnología. Otras si bien reconocerán el valor de la ciencia y la tecnología, estarán orientadas por valores trascendentes y metafísicos, cuyas constantes cósmicas serán de mayor aliento e inspiración para sus estudiantes, los padres de familia y para la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, cada universidad en el marco de su libertad e identidad debe ahondar, profundizar y explorar el sentido y consistencia de su proyecto misional, cuyo derrotero tiene que estar en función de la paz, la justicia, la generación de riqueza, la sostenibilidad ambiental y de visiones geopolíticas al servicio del hombre, la patria, la comunidad y de principios trascendentes que desbordan las propias capacidades expresivas del hombre, es decir, en las mejores universidades del mundo siempre ha habido lugar para el misterio, cuya nota particular desborda el gnosticismo como sello particular de la modernidad en todas sus aberraciones, logros y demencias.

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