Julio/2025 Para Lopera, director de El Observatorio, si la universidad quiere ponerse a tono con las realidades de la investigación, el conocimiento y las expectativas de los estudiantes, debe revisar la duración de sus planes de estudio.
El crédito académico es el término que expresa la unidad mínima de tiempo con la que se mide la dedicación de un estudiante para cumplir los requisitos mínimos para el estudio (presencial, o no, virtual o no, acompañado o independiente, con profesor o en laboratorio…). En Colombia, esa medida equivale a 48 horas por crédito, de tal forma que si una asignatura tiene un crédito, se presume que el estudiante destina 48 horas (en cualquiera de las combinaciones posibles de participación y estudio), y si son 2 créditos, son 96 horas, y si son 3 créditos 144 horas, y así sucesivamente.
Como intención de medir la dedicación y el trabajo, el crédito académico ha servido para diseñar los planes de estudio y establecer comparación entre estos, así como identificar que, por ejemplo, un programa técnico profesional debe tener, alrededor de unos 65 créditos, un tecnólogo 95, un profesional 160 (aunque en medicina son más de 200), una especialización entre 25 y 30, una maestría aproximadamente 45 y un doctorado unos 110. Estos pueden cambiar según el criterio y la autonomía de cada universidad.
Pero más allá de las expresiones técnicas, en la práctica termina siendo una ambigua medida que solo sirve para definir el peso de las asignaturas dentro del plan de estudios, y las horas presenciales o de laboratorio de los estudiantes y las que, efectivamente, se pagan a los docentes (especialmente los de cátedra). Lo demás es un sofisma, pues los tiempos naturales de investigación y de aprendizaje del estudiante varían considerablemente según el alumno y su entorno.
Y todo esto, hasta ahora, ha venido siendo más o menos manejable y comprensible en el sector, pero tras el fortalecimiento del internet, de las aplicaciones móviles, de los softwares de investigación y de enseñanza y, sobre todo, de la Inteligencia Artificial, el concepto de tiempo dedicado al estudio está siendo completamente reevaluado.
Algunos se han escandalizado porque una IES privada de Bogotá promociona títulos profesionales en 12 meses y habla de formación multiprofesional en 2 años, con tres carreras y técnicos en 6 meses y tecnólogos en 9 meses. Pero, tiene sentido, aunque preocupe y no guste a muchos.
Gracias a la tecnología, la búsqueda de información, estructuración, mapas mentales, redacción, resúmenes, presentaciones, exposiciones, confrontación de hipótesis y autores y conocimiento de otros entornos y ejercicios en laboratorios virtuales, han cambiado definitivamente y los tiempos de estudio y de aprendizaje se han acortado, y eso debería ser visto positivamente, pero las universidades se han demorado en reconocerlo.
El sistema (ojalá deje de hablar solo de cobertura y financiamiento, y recuerde el imperativo ejercicio reflexivo en torno del proceso educativo, la calidad, la evaluación y los aprendizajes, entre otros), está en mora de sentarse seriamente a analizar esta que, entre otras, es una de las consecuencias de un nuevo mundo de tecnología, competencia e internet. Tal vez así las universidades puedan recuperar el encanto que, entre los potenciales estudiantes, están perdiendo a manos de plataformas virtuales, entes extranjeros, emprendedores y hasta mercaderes académicos que sí han sabido leer las nuevas tendencias.
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