Dic/25 Ardila Patiño (*) llama a que la universidad recupere su espíritu como centro de conocimiento y experimentación, capaz de aprovechar las nuevas tecnologías para potenciar la creatividad y la innovación, sin renunciar a su misión social.
Históricamente, la universidad ha sido reconocida como un espacio de emancipación intelectual, donde el conocimiento se entiende como un proceso interminable de aprendizaje y exploración. A lo largo de los siglos, ha cumplido una función esencial en la formación ciudadana y ética, gracias a la comunidad de maestros y estudiantes dedicada a la búsqueda de la verdad y a la formación integral de ciudadanos capaces de responder a las necesidades sociales. Asimismo, ha desempeñado una función social y humanista, reflejando luchas, resistencias y aspiraciones colectivas que han promovido la democracia, la equidad y la movilidad social. En el plano cultural, la universidad ha sido un espacio de crítica y pensamiento, defendiendo su carácter público y emancipador frente a la mercantilización de la educación.
Diversos autores han reflexionado sobre la misión universitaria:
- José Ortega y Gasset (1930) subrayó la función social de la universidad y su relación con el conocimiento.
- Immanuel Kant (1798) exploró la tensión entre la libertad académica y la autoridad.
- Bill Readings (1996) analizó críticamente la crisis de la universidad moderna y su papel en la sociedad contemporánea.
- Pierre Bourdieu (1984) estudió la producción y reproducción del conocimiento en la universidad desde una perspectiva sociológica.
Desde la perspectiva de la industria, la universidad ha sido incubadora de ideas y motor de avance, transformando la investigación en innovación y transferencia tecnológica con impacto directo en el desarrollo productivo. La relación universidad-empresa ha resultado indispensable para fortalecer la ciencia y la tecnología, siempre que no implique la subordinación de la academia a intereses meramente económicos. La universidad no debe limitarse a formar capital humano especializado para la competitividad, sino garantizar un desarrollo económico con sentido social.
En este sentido, la universidad es, ha sido y debe seguir siendo el lugar donde se cultiva la ciencia, se busca la verdad, se produce el conocimiento, se transmite la cultura, se forma la crítica y se estimula la creatividad. Sin embargo, hoy enfrenta el desafío de leer los cambios tecnológicos y traerlos a sus aulas como herramientas didácticas que faciliten la labor docente y la búsqueda de conocimiento. Debe incorporar los nuevos saberes a sus planes de estudio sin debilitar su misión social ni su compromiso con la formación integral.
La crítica necesaria apunta a que la universidad no puede dejarse envolver por la lógica de los mercados, la oferta y la demanda, pues esa mirada está desviando su esencia y alejando a los jóvenes. Al perder su naturaleza, la universidad se vuelve menos atractiva frente a otras ofertas que prometen bienestar inmediato o entretenimiento seductor. Los estudiantes no siempre encuentran en ella el espacio para saciar su curiosidad, experimentar, equivocarse, proponer y desarrollar ideas.
Por ello, la universidad debe recuperar su espíritu como centro de conocimiento y experimentación, capaz de aprovechar las nuevas tecnologías para potenciar la creatividad y la innovación, sin renunciar a su misión social. Solo así podrá volver a ser el lugar donde los jóvenes encuentren sentido, felicidad intelectual y la posibilidad de transformar la sociedad con pensamiento crítico y propuestas constructivas.
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(*) Licenciado en Educación física, Especialista en Gerencia de Mercadeo, Máster en administración Gerencial. Docente universitario desde 1996, directivo de programas, estudioso de la normativa en educación superior, (registro calificado y acreditación) pedagogía y didácticas para el mismo sector, estructurador de proyectos.
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