Sept/26 Para Luna (*), la IA transforma educación y el pensamiento crítico, y exige ética, equidad y formar personas capaces de discernir, crear y decidir responsablemente.
Es una realidad que vivimos una época en la cual la inteligencia artificial ha ganado espacios impensables. Hoy escribe, traduce, resume, diseña, programa, orienta decisiones y automatiza tareas que antes requerían tiempo, juicio y presencia humana.
En algunos sectores ha sustituido empleos; en otros, ha transformado la manera de trabajar. Pero quizás uno de sus mayores impactos se vive en la educación, donde muchos estudiantes han empezado a delegarle no solo tareas, sino también una de las capacidades más humanas: pensar críticamente.
La UNESCO advierte que la IA está transformando la forma como aprendemos, enseñamos y comprendemos el mundo, pero lo hace de manera desigual: mientras algunos acceden a modelos avanzados, una tercera parte de la humanidad sigue desconectada. Esta brecha no solo limita el acceso tecnológico, sino que también define qué conocimientos, idiomas y valores dominan los sistemas que empiezan a influir en la educación.
El documento AI and the future of education plantea una tensión central: la IA puede apoyar el aprendizaje, personalizar procesos y ampliar oportunidades, pero también puede debilitar el pensamiento crítico, aumentar la dependencia cognitiva y profundizar desigualdades de acceso, género, lengua y territorio. En otras palabras, no basta con preguntar qué puede hacer la IA por la educación; también debemos preguntar qué le está haciendo la IA a nuestra manera de aprender.
Desde una perspectiva ética, la encíclica Magnifica Humanitas invita a custodiar la dignidad de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. Allí se advierte que la tecnología no es mala en sí misma, pero tampoco es neutral: toma el rostro de quien la diseña, financia, regula y utiliza. Por eso, el desafío no es aceptar o rechazar la IA, sino decidir si la ponemos al servicio del bien común o del poder, la eficiencia y el lucro sin límites.
En el campo educativo, esto exige una reflexión profunda. La escuela y la universidad no pueden convertirse en simples espacios de entrenamiento para usar herramientas digitales. Su misión debe ser formar personas capaces de preguntar, contrastar, crear, argumentar y actuar con responsabilidad. Autores como Paulo Freire recordaron que educar no es llenar la mente de información, sino ayudar a leer críticamente la realidad. Henry Giroux, desde la pedagogía crítica, insiste en que los docentes son intelectuales transformadores, no repetidores de contenidos.
También desde la academia contemporánea hay voces de alerta. Emily Bender, profesora de la Universidad de Washington, cuestiona las narrativas que presentan la IA como si realmente comprendiera, razonara o cuidara. Según esta mirada, los grandes modelos de lenguaje producen textos posibles, pero no poseen intención, conciencia ni responsabilidad. Por eso, reemplazar el juicio humano por respuestas automáticas puede ser cómodo, pero también peligroso.
El verdadero uso de la IA debería estar en acompañar, no en sustituir; en ampliar posibilidades, no en empobrecer capacidades; en apoyar al docente, no en desplazarlo; en fortalecer empresas, no en deshumanizar el trabajo; en mejorar la sociedad, no en convertir a las personas en datos. En educación, su valor no está en hacerle la tarea al estudiante, sino en ayudarlo a pensar mejor.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa, pero nunca debe reemplazar la conciencia, la ética, la sensibilidad ni la responsabilidad humana. Como advierte la encíclica Magnifica Humanitas, el verdadero criterio no es si la IA es más rápida o eficiente, sino si hace la vida humana más digna, más justa y más orientada al bien común.
Por eso, el futuro no dependerá solo de máquinas más inteligentes, sino de seres humanos más sabios, capaces de usar la tecnología con criterio, justicia y sentido ético. La IA debe ayudarnos a pensar mejor, aprender con mayor profundidad y resolver problemas reales, no a renunciar a nuestra capacidad de preguntar, discernir y decidir. Allí está el verdadero desafío educativo: formar personas que no sean reemplazadas por la tecnología, sino fortalecidas por ella.
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(*) Postdoc en educación ciencias sociales e interculturalidad, PhD Gobernabilidad y Gestión Pública, Magíster en Dirección, Especialista en Gerencia en Gestión Humana y Desarrollo Organizacional, Psicólogo, docente universitario de posgrados y consultor.
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