El sentido de la vida a través de la educación: Luis Fernando Vargas Cano

El sentido de la vida a través de la educación: Luis Fernando Vargas Cano

Sept/26 En esta ocasión, Vargas Cano (*) muestra cómo la educación es el acto ontológico y evolutivo que permite al cual el ser humano construir sentido de su vida, en un fenómeno que trasciende la mera empleabilidad para fomentar el pensamiento crítico, la ciudadanía responsable y el bienestar colectivo frente a los desafíos contemporáneos.

El interrogante sobre el sentido de la vida ha acompañado a la humanidad desde sus albores, configurando uno de los dilemas filosóficos más profundos de la existencia. Desde una perspectiva existencialista, pensadores como Albert Camus o Jean-Paul Sartre plantearon que la vida carece de un propósito intrínseco o predeterminado; su validez y su significado no están dados de antemano por fuerzas externas, sino que requieren ser construidos por el propio individuo frente al absurdo. En este contexto, la educación emerge no necesariamente como un instrumento de transmisión de conocimientos o de socialización, sino como el acto ontológico fundamental mediante el cual el ser humano se humaniza y otorga validez a su propia existencia. Como postuló el psiquiatra Viktor Frankl, el ser humano está impulsado por una “voluntad de sentido”, una búsqueda incesante de propósito que da coherencia a su vivir y le permite trascender el sufrimiento. La educación, en su esencia más pura, es el espacio privilegiado donde esta voluntad se canaliza, transformando la supervivencia biológica en una vida con sentido, validada a través del aprendizaje, la reflexión crítica y la convivencia.

Esta construcción del sentido vital comienza en los primeros estadios del desarrollo, donde la educación inicial actúa como el primer escenario de validación del “yo” en el mundo. En la primera infancia, el sentido de la vida no se formula como una abstracción verbal o una crisis filosófica, sino que se experimenta de manera visceral a través del asombro, el vínculo y la pertenencia. Lev Vygotsky enfatizó que las funciones psicológicas superiores y la comprensión del mundo se desarrollan primero en un plano social y luego se incorporan a través de la interacción con otros más experimentados. Así, el niño que interactúa, juega y pregunta incansablemente, está validando su existencia y la de su entorno. El juego, lejos de ser una actividad lúdica superficial, constituye la primera y más seria construcción de sentido. Como bien señaló María Montessori, el juego del niño es el medio a través del cual este se adapta y construye su realidad. La seguridad afectiva proporcionada por los educadores y pares en esta etapa es el cimiento indispensable; sin este anclaje emocional y cognitivo, el mundo se percibe como un espacio hostil, y la búsqueda de sentido se ve truncada. La educación inicial, por tanto, enseña de manera implícita que la vida tiene valor en la medida en que es mirada, escuchada y compartida.

A medida que el individuo madura, esta comprensión inicial del mundo y de sí mismo debe trascender la esfera de lo personal para proyectarse hacia lo colectivo y lo estructural. Es aquí donde la educación superior asume un rol crucial, dejando atrás la visión instrumental que la reduce únicamente a una fábrica de empleabilidad para abrazar una perspectiva transformadora. Paulo Freire advirtió contundentemente el contexto de lo que denomino la “educación bancaria” y propuso, en su lugar, una pedagogía de la pregunta y la libertad, donde el estudiante se concibe como un sujeto crítico capaz de leer el mundo antes de leer la palabra, y de intervenir en la realidad. Las instituciones universitarias se convierten así en el laboratorio donde se forja la ciudadanía responsable. Preparar para el mañana no implica simplemente dotar de habilidades técnicas para un mercado laboral volátil, sino proveer las herramientas éticas, históricas y críticas necesarias para reconfigurar el mundo. En esta etapa, el sentido de la vida se entrelaza con el propósito y el legado; el estudiante descubre que su existencia cobra una dimensión trascendente cuando sus conocimientos se ponen al servicio de la resolución de los problemas de su tiempo.

Esta proyección hacia el futuro exige que la educación superior fomente una reflexión constante sobre el impacto de las acciones humanas, especialmente en una era marcada por la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial y las crisis climáticas. Martha Nussbaum ha defendido ardientemente que las humanidades y el pensamiento crítico no son lujos, sino necesidades vitales para mantener una democracia sana y una vida con sentido. Bajo esta premisa, la formación universitaria debe guiar al individuo para que no solo habite el mundo, sino que lo habite con empatía y responsabilidad. John Dewey, sostenía que la educación no es una preparación para la vida, sino que es la vida misma, un proceso continuo de crecimiento y adaptación. El sentido de la vida en la adultez emergente, por ende, en la capacidad de aportar esperanza y soluciones tangibles. La educación superior, al confrontar al estudiante con los dilemas éticos de su profesión, le invita a construir un significado que perdure más allá de sus propios años de vida, consolidando la idea de que el verdadero propósito individual es inseparable del bienestar colectivo.

En última instancia, el recorrido a través de las distintas etapas educativas revela que la búsqueda del sentido de la vida es una trayectoria incesante, un hilo conductor que teje la existencia desde el primer asombro infantil hasta la responsabilidad ética de la adultez. Esta trayectoria no es estática, sino que refleja la propia evolución del ser humano en su incesante búsqueda de equilibrio. A lo largo de la historia y del desarrollo individual, el ser humano ha evolucionado no solo biológicamente, sino cultural y espiritualmente, aspirando a alcanzar una homeostasis existencial: un estado de armonía y balance entre sus aspiraciones internas, sus capacidades y las demandas de su entorno. La educación es el mecanismo evolutivo por excelencia que permite al individuo ajustar sus creencias, valores y acciones para mantener este equilibrio dinámico frente a las adversidades y los cambios de paradigma. Mientras el ser humano siga aprendiendo, siga cuestionando y siga educándose a sí mismo y a las nuevas generaciones, encontrará el equilibrio necesario para sostener su validez vital y evitar la fractura entre el ser y el deber ser. Así, la educación se erige como la brújula definitiva de la existencia: no porque señale un destino final e inamovible, sino porque ilumina el camino, demostrando que el sentido de la vida reside, precisamente, en la eterna y hermosa tarea de seguir aprendiendo a ser.

Referencias

– Camus, A. (2020). El mito de Sísifo. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).
–Dewey, J. (2004). Democracia y educación. Ediciones Morata. (Obra original publicada en 1916).
– Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial. (Obra original publicada en 1946).
– Freire, P. (2020). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1970).
http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20150921033244/pedagogia-del-oprimido.pdf
– Montessori, M. (2018). El secreto de la infancia. Debolsillo. (Obra original publicada en 1936).
– Nussbaum, M. C. (2012). Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita las humanidades. Katz Editores. (Obra original publicada en 2010).
– Sartre, J.-P. (2011). El existencialismo es un humanismo. Ediciones Península. (Obra original publicada en 1946).
– Vygotsky, L. S. (1979). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Editorial Crítica.

—–

(*) Consultor y Conferencista de Tecnología Educativa – https://edutechiacol.odoo.com/

Loading

Compartir en redes