A pesar de todo

Diciembre 2007 / Pablo R. Arango

Es cierto que en la Universidad de Caldas la crítica se ejerce principalmente sobre temas triviales y de forma inadecuada, pero en la mayoría de los casos se pueden expresar libremente las opiniones sin miedo a ser expulsado.  

Ahora que la Universidad de Caldas recibió la acreditación de alta calidad, vale la pena preguntarse por qué. Es obvio que la institución está llena de problemas, y la tentación más fácil en este caso es decir que simplemente se trata de una jugada política. Los múltiples problemas por los que atraviesa la institución, sumados al hecho de que el informe que se presentó para optar a la acreditación es un bodrio insoportable repleto de errores y tonterías, le hacen pensar a uno que detrás del galardón debe haber gato encerrado.

Sin embargo, esta actitud también es muy facilista y quizá después de todo la universidad sí merecía el reconocimiento. Me parece que una buena forma de reconocer las bondades de la institución es compararla con otras instituciones locales que no han logrado ser acreditadas. El caso más notable, en mi humilde opinión, es el de la Universidad de Manizales. Esta universidad solicitó la acreditación en el pasado, y le fue negada. Comparando las dos instituciones, mucho hay para decir a favor de la Universidad de Caldas: una tradición frágil pero en muchos casos genuina de investigación (en las áreas de ciencias agropecuarias y medicina, por ejemplo); proyectos con un apreciable efecto en la región (el programa de cáncer de cérvix seguramente ha salvado a muchas mujeres caldenses de una muerte prematura; ahora el programa de Telesalud lleva los servicios de médicos especialistas a zonas que sin él no podrían siquiera imaginarlos); y, lo más importante y quizá la base que ha hecho posible lo demás, es el ambiente de libertad de expresión. Es un secreto a voces que en universidades privadas como la Universidad de Manizales muchos miembros sienten temor de expresar sus inconformidades o críticas. El estilo de la administración de esa universidad ha sido precisamente el de expulsar o segregar a cualquier profesor o alumno que intente plantear una crítica. Y nadie más político que el Dr. Hugo Salazar, rector, quien hace hasta lo imposible para congraciarse con las autoridades de educación del país y, aún así, no pudo conseguir la acreditación de su universidad. El mismo rector que impone en casa su propio criterio, expulsando a los profesores o directivos que le resultan incómodos. Teniendo en cuenta estas diferencias, ve uno que la Universidad de Caldas, con todos sus defectos, ha logrado por lo menos el clima mental que caracteriza a una universidad genuina.

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Es cierto que en la Universidad de Caldas la crítica se ejerce principalmente sobre temas triviales y de forma inadecuada, pero en la mayoría de los casos se pueden expresar libremente las opiniones sin miedo a ser expulsado. Cualquier estudiante o profesor puede manifestar abiertamente sus desacuerdos con el rector o el consejo superior. No pasa lo mismo en las universidades privadas, y la de Manizales es un muy buen ejemplo. Por eso creo que, a pesar de todos sus problemas y del horrible informe de acreditación, la Universidad de Caldas recibió el reconocimiento nacional. Este país necesita que sus academias le den ejemplo de deliberación y discusión abiertas y civilizadas. La Universidad de Caldas ya ha logrado el clima que hace posible estas cosas. Ahora lo que falta es que deliberemos y discutamos de verdad.

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NOTA: para quien dude de mis afirmaciones sobre el informe de acreditación de la Universidad de Caldas, he aquí el párrafo final de la carta con la que el rector de la época presentó el documento: «En principio surgen dos compromisos: El primero parte de la comunidad universitaria que aportó sus visiones, anhelos, esperanzas y desesperanzas, hacer lectura crítica del documento, reflexionar en torno a sus hallazgos y sembrar, sobre estos nuevas posibilidades de futuro, el segundo, desarrollar nuevas fases de reflexión y consolidar una cultura de calidad integral como expresión de nuestra responsabilidad social». Cosas como ésta dan vergüenza: ¿cómo puede demostrar tal grado de analfabetismo quien dirige los destinos de una institución de educación superior?

 

Por: Pablo R. Arango.

Columna de opinión tomada de La Patria, de Manizales

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