Educación Superior y Calidad

Noviembre 2007

Escrito de Luis Arturo Melo, publicado en el periódico La Opinión, de Cúcuta, relacionada con la necesidad de que las instituciones de educación superior rindan cuentas a la sociedad.

Esta columna puede causar urticaria, pero hay que decir de frente las cosas para mejorar en la región. Que se nos desinflan los globos por las cuatro esquinas, es un decir muy regional de nosotros los norteños. En Cúcuta, en Ocaña, o en Pamplona, si no son los entes territoriales, son algunas instituciones públicas las que se desinflan. La Corte Constitucional se encargó de desinflar la Educación, ésta misma que debe rendir cuentas con o sin pruebas Ecaes, que se extinguirán en diciembre de 2008, a menos que el Congreso reglamente el sistema.

Someter las universidades a la ley en todas las áreas, la académica y la administrativa, es lo que la Corte ha venido revisando. Revisar la mal entendida “autonomía universitaria”, que servía para el bien y para el mal, como si fuera un privilegio intocable. Privilegios que a veces de manera antiacadémica se disfrazan de politiquería, que sigue siendo un mal endémico de Latinoamérica, de la que no ha escapado nuestra región y la academia. ¿O no?

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La ley 30 de 1992, que tanto manoseamos, viene como en la canción de Piero con un caminar lerdo, sin poder dominar algunas de sus falencias y sin proyectos de rectificación de su marco. Por fuera de la misma se viene aceptando la acreditación que asegura la verdadera vigilancia e inspección y fortaleciendo la autoplaneación de las universidades serias. ¿Y es que no hay serias?

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La búsqueda de la calidad, hay que decirlo sin temores, se ha venido enredando en el tráfico de influencias en el Ministerio de Educación. Se estratifica según el grado de cercanía de esas influencias con su alta burocracia o por el grado de impresión en los humores del príncipe y hasta por el grado de servilismo. Y ese no es el camino, pues la calidad es complicada y de múltiples valores.

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Si no se replantea con filtros esa calidad, la oferta de programas universitarios creados a la topa tolondra y que se vienen saliendo de madre, harán caer en la región lo poco que se sostenía con una emulación pública y privada acelerada, pero sana. El todo no es atenuar el sufrido conflicto de los bachilleres que no encontraban cupo en el pregrado, y que es la razón para tolerar la proliferación de universidades de garaje de procedencia y finalidades dudosas. Las que no son serias. El todo es la excelencia y por eso es que hay que rendir cuentas.

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El otro día oí a Juan José García Posada en la universidad de Antioquia y muchos compartimos su opinión, que hasta el momento a nadie le consta que las pruebas de Estado -Icfes o los Ecaes- hayan servido para mejorar la educación en la secundaria y en el pregrado, o que de la misma manera se haya concluido que son inútiles.

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Lo que sí es cierto, es que cuando recibimos en el aula a los muchachos, comprobamos en la mayoría su incompetencia para afrontar la formación profesional. Esto aunado a la falta de políticas en cada departamento y en cada municipio que conecten la secundaria –de los colegios públicos y privados- y las universidades, nos revela un panorama desolador.

Las secretarías de educación al parecer no quieren superar su simplista y tradicional gerenciar de gerenciar el empleo docente en el sector, descuidando sus más importantes funciones misionales de interactuar en el mismo.

 

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