Ana Sofía, la buena rectora (de Uniatlántico)

Ricardo Plata Cepeda defiende, en El Heraldo, la gestión de Ana Sofía MEsa como rectora de la Universidad del Atlántico.

No parece posible un sistema político que iguale a todos los ciudadanos al final de la maratón de la vida, pero la mayoría de los países desarrollados han logrado en gran medida emparejarlos en la raya de partida gracias a la oportunidad que les brinda una educación pública de calidad con cobertura universal. En contraste, en América Latina la educación pública en casi todos los países es un frustrante fracaso que pasa una cuenta de cobro en términos de desigualdad social y económica porque penaliza a los más pobres al iniciar su vida laboral.

Ni Colombia, ni nuestro departamento escapan a ese sino. El mes pasado se cumplieron siete años de que Ana Sofía Mesa decidiera, sin sospecharlo entonces, entregarle el resto de su vida laboral a la Universidad del Atlántico. La Universidad estaba en Ley 550, debía $180 mil millones, anualmente tenía ingresos por $100 mil millones y gastos por $130 mil millones, debía 15 meses a los pensionados y mes y medio a los funcionarios activos. El espectro del cierre definitivo era real. Ana Sofía, ingeniera de una universidad pública, becada en la prestigiosa Universidad de Stanford para su maestría, pudo apreciar todo lo que estaba en juego. Consiguió $30 mil millones del gobierno nacional, demandó 400 pensiones exorbitantes ilegales o irregulares, depuró las acreencias reduciéndolas a $145 mil millones. En estos siete años el número de estudiantes pasó de 12.500 a 19.500 sin que en todo ese período se haya perdido un solo semestre de clases. ¿Cuánto cuesta a cualquiera perder un año de su vida? o lo que es peor, ¿Cuántos se han visto forzados a renunciar a sus estudios por no poder darse el lujo de seguir perdiendo el tiempo? De los paros solo quedan, deshechas en  el suelo, piedras y esperanzas.

En los próximos meses terminará de pagar todas las acreencias y de ponerse al día con pensionados y docentes. Este mismo año el fallo de una acción popular puede representarle a la Universidad ingresos extraordinarios cercanos a 300 mil millones de pesos. También es precisamente éste el año en el cual, oh casualidad, han aparecido muchos empeñados en sacar a la rectora. El argumento de que ella debe salir por haber cumplido 65 años resulta en este siglo XXI un anacronismo lamentable. Esta semana fuimos testigos en Colombia de la vitalidad de Joe Biden, quien a sus 70 años acaba de ser reelegido como Vicepresidente de los Estados Unidos y cientos de millones de católicos celebran el aire fresco que el espíritu joven del papa Francisco le ha traído al Vaticano a sus 76. No, por favor, que sindicatos y políticos de izquierda, centro o derecha, controlen su apetito desordenado por apropiarse una vez más de lo que no es de ellos. Los demás estamos en mora de hacerle un homenaje a Ana Sofía y de pedirle que se quede. Que los padres de los miles que han podido estudiar ininterrumpidamente estos años se manifiesten contra de la reciente oleada de supuestos estudiantes encapuchados. Que no vuelvan las épocas cuando los muchachos morían por balas asesinas o por explosiones con las manos en la trágica masa. No seamos miopes, no seamos ingenuos. No seamos ingratos con la mente brillante, con la entrega generosa, con la voluntad indeclinable y con el insobornable carácter de la buena rectora. Su lucha no es para ninguno, es para todos. Como debe ser. Como necesitamos que sea.