Junio 9/25 En el ámbito universitario se piensa que tener un doctorado significa mayor reconocimiento académico y mejor salario, pero aunque cada vez hay más doctores, para muchos la inversión en tiempo, dinero y esfuerzos no resultan tan atractivas.
Si bien el doctorado se concibe como el máximo nivel formativo reconocido legalmente que puede alcanzar un profesional, y la consolidación de una carrera, especialmente académica, dedicada a la investigación, y que es un requisito cada vez más obligatorio, y mínimo, en todos los estatutos docentes para alcanzar la mayor categorización académica y salarial, y se valora que es la vía para generar nuevo conocimiento e impulsar nuevas miradas disciplinares, entre otros aspectos, la realidad social, laboral, académica y de nuevas formas de aprendizaje y estudio, han hecho que cada día aparezcan más análisis que pongan en duda la “efectividad” de cursar un doctorado.
Basta con ver la realidad de nuestro sistema y dar un recorrido en Internet y encontrar múltiples artículos que confirman el escepticismo sobre la pertinencia y conveniencia de la formación doctoral. Los más comunes argumentos para fundamentar esta crítica son:
– El mercado laboral no reconoce debidamente el esfuerzo que, en tiempo y dinero, debe hacer un profesional para realizar un doctorado. La relación costo (varios años y una alta inversión) – beneficio (salario) no se compensa, salvo en pocos caos. Si bien los doctorados reciben, en promedio, un poco más que quienes tienen una maestría o una especialización, esto no siempre es así, bien porque el mercado laboral no lo paga, porque los países (especialmente de América Latina) no los reconocen debidamente, porque la industria y el sector productivo no les ven un real valor agregado, o porque los Doctores no saben negociar su salario (incluso, muchos doctores ni siquiera saben dar un clase, ser asertivos, trabajadores en equipo o propositivos. Son personas obsesivas con un tema especializado y algunos se vuelven “vacas sagradas” que, a veces, les hace salirse de contexto).
– La cada vez mayor presencia de doctores se ha dado más por una obligación derivada de los sistemas de autoevaluación y acreditación, pero alejada de un proyecto educativo y de país serio con respecto a las áreas y campos del conocimiento en los que deben formarse doctores. Hoy ya proliferan doctores en algunas áreas y escasean en otras, y los sistemas de reconocimiento laboral y escalafonamiento docente no tienen una explícita diferenciación al respecto.
– Salvo externalidades no consideradas, tener un título doctoral en algunos campos del conocimiento y entornos sociales y laborales, en vez de abrir campos de acción, limita el desarrollo laboral. Se puede ser un profesional con muchos títulos y formación doctoral tan especializada que termina resultando difícil hallar una vacante laboral que satisfaga sus expectativas, que responda a su posible salario o que el candidato se adapta a la realidad institucional.
– Los gestores académicos y los doctores de hace unas décadas se niegan a reconocer que, especialmente con la virtualidad y la tecnología, la dedicación a muchos programas doctorales no necesariamente tiene que ser la misma de antes. Los doctorandos ya no tienen que ser “ratones de biblioteca” física y, por ende, no hay necesidad de estar metidos por varios años tiempo completo haciendo trabajos académicos, cuando con el internet, los simuladores, los softwares y la inteligencia artificial, los tiempos de estudios y de producción de resultados pueden acortarse ampliamente.
– La ausencia de un debate a fondo sobre la naturaleza de la formación doctoral, sus costos económicos, los campos de conocimiento, el aporte de los mismos a la academia y al desarrollo del país, han hecho que, por lo menos en Colombia, IES extranjeras de dudosa calidad estén haciendo un buen negocio en oferta de estos programas, para ellas, con el afán de los académicos colombianos de tener un título doctoral (más por necesidad que por vocación), por un bajo precio.
– La mezcla de los dos puntos anteriores ha generado una barreras innecesarias, clasistas, académicas y de prejuicios entre los tradicionales y los nuevos doctores.
– Fuera del escenario educativo, y salvo en muy pocos ámbitos (especialmente científicos de avanzada y grandes laboratorios), honestamente la formación doctoral difícilmente aporta al crecimiento laboral, profesional y nacional. Prueba de ello es que la mayoría de más reconocidos políticos, empresarios, figuras públicas y emprendedores, carecen de este nivel educativo.
– Para Javier Mejía Cubillos (profesor del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford y Ph.D. en Economía de la Universidad de Los Andes) “el costo de oportunidad es alto. Los años dedicados al doctorado, fuera del mercado laboral, coinciden con el período en que las personas usualmente pasan de roles junior a posiciones de dirección media, con aumentos salariales significativos. Esas ganancias salariales se están dejando en la mesa al hacer un doctorado. Pero esta interrupción laboral además reduce los ahorros y las contribuciones tempranas a pensiones, lo cual tiene un impacto particularmente grande en la acumulación de patrimonio de largo plazo”.
Este último argumento también aplica, inclusive, para quienes buscan aprovechar licencias o becas que les permiten cursar, gratis, el doctorado.
– También, advierte Mejía, en un análisis en Forbes, que “quizá la razón más frecuente para hacer un doctorado, y quizá la más equivocada a mi parecer, es pensar que este es un buen camino hacia la erudición. La inmensa mayoría de personas aspiran a un doctorado por una genuina pasión por el conocimiento. Pero un doctorado no se caracteriza por la exploración libre y amplia del saber. El entrenamiento doctoral es, por definición, altamente especializado y disciplinario. En un doctorado no se forma a generalistas con una cultura intelectual diversa, sino a investigadores que participen activamente en las discusiones internas de una disciplina”.
– Para muchos, el doctorado no satisface su expectativa de demostrar el máximo nivel de conocimiento o dominio de un tema. Se desilusionan cuando ven que el plan de estudios, y hasta la sustentación, en la mayoría de casos, se orientan más a la forma que al fondo, y a la metodología y los tiempos que al debate intelectual y la profundización sobre su hipótesis. El reconocimiento académico por un conocimiento y dominio de tema a veces se encuentra más en seminarios, debates intelectuales y publicaciones de libros, que en tesis doctorales que se quedan archivadas.
– Incluso, difícilmente servirá como motivo de orgullo. “No merece la pena hacer un doctorado solo para tener ese prefijo al principio del nombre. Gran parte de las personas ni se dará cuenta. Y los que lo hagan te juzgarán por tus logros, no por un simple título”, advierte entre broma y seriedad el artículo “Las 8 Peores Razones para Hacer un Doctorado”.
– Finalmente, hay que tener en cuenta que empezar un doctorado no significa graduarse. El mercado laboral está lleno de hojas de vida identificadas como “candidato a Doctor”, que allí se quedan. En el camino se quedan muchos, bien por falta de disciplina, de tiempo o de voluntad. Además, porque hacer la tesis representa un suplicio para muchos candidatos, expertos en una temática, pero fatales para escribir e investigar. “Un doctorado será aún más miserable si leer y escribir te llena de pavor”, indica Annette Raffan, en Por qué un doctorado podría ser una mala idea: 13 razones para no cursar una carrera de investigación
Además, porque “obtener un doctorado lleva una eternidad porque los estudiantes de posgrado son tratados rutinariamente como esclavos. Los estudiantes de posgrado realizan el trabajo pesado que los profesores consideran desagradable, como dar clases a estudiantes de pregrado, calificar trabajos, tener horas de consulta y ser la gallina de los huevos de oro para ellos. Y es difícil negarse a las exigencias irrazonables de un profesor porque los estudiantes de posgrado necesitan el apoyo del profesorado“, señalaba Lynn O’Shaughnessy, en CBS news.
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El tema es polémico, así como los argumentos a favor y en contra, pero claramente amerita un debate al interior de las IES y del propio sistema educativo.
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