Breve anatomía de la universidad contemporánea: Felipe Cárdenas -agosto/21

El profesor de la maestría en Educación de la U. de La Sabana, Felipe Cárdenas Támara Ph.D, cuestiona la “toma” de la Universidad de parte de la empresa y su discurso y lo que en el fondo refleja un reduccionismo de la universidad por falta de conocimiento sobre la vida e historia de su propia naturaleza.

 

La universidad tradicional ha muerto.

No hay espacio en la universidad de hoy para el conocimiento.

Lo que prima son las llamadas competencias, cuyo hechizo opera como el gran mantra que organiza, amparado e impulsado por políticas públicas que se han impuesto desde el discurso hegemónico impulsado por la OCDE desde la década de los años noventa del siglo XX. 

Se vive en las universidades del mundo un proceso de reingeniería administrativa que desde hace unos 30 años viene transformando la universidad y sus viejos principios meditativos y contemplativos, de origen medieval a la luz de los valores de la empresa capitalista. El proceso ha afectado tanto a la universidad pública como privada. Estamos ante un modelo global marcadamente ideológico que se ha difundido como ejercicio de poder difuminado que se viene consolidando en las universidades del mundo. El poder universitario está básicamente configurado a la luz de los valores de la empresa. La lengua, los conceptos, las funciones y los argumentos de diseño institucional vienen fundamentalmente del mundo de la empresa y de los valores funcionales ideológicos de la organización capitalista. Es un proyecto de orden mundial cuyo impacto ha transformado la fisionomía y anatomía de la universidad, que diversos actores definen como ligada a la experiencia de orden del neoliberalismo. La fascinación por el conocimiento cedió sus banderas a la obsesión por la incorporación de competencias funcionales, cuya prácticas y lógicas lo que buscan en controlar y apropiarse de las mentes de todos los actores de la arena universitaria, en función de los valores del negocio. Ya no hay grandes problemas de transformación social, cultural, científicos o políticos que marcaron buena parte del recorrido y la vida de la universidad comprometida con las grandes transformación sociales y culturales que se pensaban en el campus universitario. La construcción de nación, un tema que se desplazó por la construcción de esquemas pedagógicos funcionales, pasaron a ser el núcleo estructural de la vida universitaria. 

Así, la ruptura con los valores y misión central de la universidad se puede considerar como total. Hay un juego de ruptura asimétrica, donde la formación de patria, de valores culturales y sociales han desaparecido y han sido reemplazados por diseños curriculares homogenizantes sin contacto con la diversidad social, cultural y ambiental de la nación. La construcción de nación se reduce al impulso de un universo de valores que apelan de manera fundamental a las realidades y necesidades de los ideales de la empresa. Todo el sistema escolar se piensa a la luz de las visiones, prácticas y demandas de la empresa. El espíritu y dirección de la universidad contemporánea, sufre de un proceso de homogenización, cuyas alianzas fundamentales se entienden desde lecturas tecnocráticas más que la búsqueda de la verdad científica.

La universidad así, se ha convertido en un instrumento de control y promoción de una nación de emprendedores, fascinados por los valores eurocéntricos y anglosajones, pero sin contacto real y veraz con las ciencias del gobierno etnológico de la diversidad social y cultural de las Américas.

El discurso central de la universidad, se realiza ya no en función de los valores constitucionales, que, en el caso colombiano, se plasmaron en la Constitución de 1991. Así, se torna irrelevante la educación popular, la investigación-acción, y los puentes de contacto con la rica tradición historiográfica de las ciencias sociales, la historia y la política, donde sus grandes aportes y debates simplemente se ignoran y se hacen poco relevantes.  

La universidad contemporánea parece que le cierra las puertas a los ricos debates divergentes sobre el papel del Estado-nación y el papel de ella en la configuración de la nación y de la complejidad de los asuntos sociales, como en la necesidad de miradas sociales que tendrían que tener un espacio central en la formación de ciudadanos e intelectuales interesados en estudiar problemas y formular soluciones desde rigurosos marcos interpretativos que implican  la generación de conocimientos significativos, que para subsistir involucran contacto con tradiciones intelectuales y grupos de investigación sólidos que estén en capacidad de proporcionar marcos interpretativos profundos, variados y de ricos contenidos, aptos para adentrarse en las complejidades de los laberintos del conflicto, la inequidad, la injustica, la pobreza, la exclusión y la violencia.

El ocaso de la universidad implica la muerte de un verdadero compromiso y comprensión intelectual, como con la posibilidad de aportes interpretativo de datos y conocimientos al servicio de la sociedad. Nuestros paraísos culturales y ambientales, sufrirán la ruptura que la universidad a lo largo de todo el siglo XX proporcionó en la comprensión de las dinámicas espaciales y temporales que eran objeto de atención por la rica generación de intelectuales que se formaron en la universidad mundial y latinoamericana. Los efectos: vamos a criar una generación de empresarios, no de intelectuales. Los debates sustantivos, propios de líneas de investigación e intercambios teóricos que deben darse en la universidad, simplemente se desvanecerán a la luz de formulaciones ingenuas y superficiales exclusivamente atadas a la vida de la empresa como única realidad social.

Entonces, estamos ante el nacimiento de una nueva organización, no del potenciamiento de una vieja institución medieval, como expresión de la influencia de la riqueza del espíritu humano en uno de sus más bellos logros: la universidad, organización constructora de instituciones, generadora de conocimientos e interpretaciones. Una universidad que leía y escribía la realidad.

El reduccionismo que vive la universidad se explica por la falta de conocimiento sobre la vida e historia de la naturaleza de la universidad.

El problema fundamental es reducir sus sentidos sociales al de un negocio. Un discurso administrativo que infiltró a la universidad contemporánea, lleno de nudos y de incapacidades para una lectura(as) de la complejidad de la realidad y de la propia historia, naturaleza, como misión ontológica de la universidad. Algunos lo piensan como un momento expansivo, pero esto todo lo contrario, la universidad, ya lo hemos visto en estos tiempos de Pandemia de Covid-19, sus debates son casi inexistentes y esto se explica precisamente por el desplazamiento que se ha dado por una lógica del conocimiento a una lógica de la competencia, cuyo núcleo elimina la importancia de la ciencia, la antropología, sociología, historia… ciencias que no tienen valor para un mundo dominado por la competencia y las necesidades de ejecución de acciones prácticas incapaces de leer de manera profunda la crisis ambiental, cultural y política que vive la humanidad.

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